Columnistas


El profeta desterrado (2)
Autor: Sergio De La Torre
19 de Junio de 2016


Hablando de la muerte de Trotsky a manos de Stalin no sobra repasar las vidas de otros iluminados que tambi閚 enfrentaron el status quo y su 閘ite , para sustituirlo por el modelo opuesto.

Hablando de la muerte de Trotsky a manos de Stalin no sobra repasar las vidas de otros iluminados que también enfrentaron el status quo y su élite , para sustituirlo por el modelo opuesto. Y que, ya victoriosos, arrasaron con el viejo “Establecimiento”. Nos encontraremos entonces con un fenómeno curioso y tan recurrente que es casi ley o patrón histórico: aquel que desaloja a otro mediante una revolución (todo lo promisoria y pura que se quiera) acaba pareciéndose al destronado, por malo que haya sido. Y las promesas e ideales del redentor pasan a un segundo plano, pues su principal empeño ya será otro: no permitir que él y su facción corran la misma suerte que ellos le impusieron a sus antecesores. El instinto de conservación obra en la política de una manera tan cruda y animal como en los demás ámbitos de la existencia, donde a la larga pervive no exactamente el más fuerte sino el menos agobiado por cargas tales como la dignidad, el honor, la lealtad etc., que se vuelven estorbos, necias y hasta risibles exigencias, cuando lo que urge es atornillarse en el solio. Para entender esta fatal conversión del apóstol en tirano vitalicio no basta con conocer a Maquiavelo sino hay que consultar también a Darwin, cuyas revelaciones sobre la evolución y selección natural de las especies nos enseñan que en la especie humana, como en todas las demás, quien queda en pie no es siempre el más avisado, noble o apuesto sino el más brutal y desinhibido.


El caso de Maximiliano Robespierre es emblemático: instauró el Terror con tanto esmero que de él no se libraron ni sus mejores corifeos, Dantón, Mirabeau y Saint-just. Y él mismo, sin entenderlo muy bien, acabó sentenciado por sus pares, quienes, todavía en vida, supieron actuar a tiempo, antes de que la guillotina les cayera. Es frecuente en la historia que se devuelva contra su propio inspirador tanta tropelía y excesos, hoy genéricamente catalogados, con razón, de “fundamentalismo”. Pero abonémosle a Maximiliano, en aras de la ecuanimidad, el haber sido víctima también de ese despiste o candor virginal que no falta en los mártires. El hombre deslumbraba a la vez que infundía miedo, como ciertos profetas. El crítico implacable de antes, vigilado y hostigado, una vez coronada la cima e instalado en ella, se transmuta en verdugo, a quien solo le importa conservar el timón. Tal fue la metamorfosis experimentada por el adalid de la revolución francesa para quien, ya gobernando, los principios contaban menos que su ambición o megalomanía, alimentada por la servil obsecuencia de sus coequiperos. Eso que denominamos “culto a la personalidad”, fomentado por el propio Stalin y que le sirvió a otros autócratas contemporáneos suyos, como Mao, el caudillo Franco, Hitler, Mussolini. Hay una concupiscencia del poder que en ciertos dictadores se vuelve vicio tan persistente que acaban por creerse semidioses. Siendo lo más trágico que lo son en efecto.


Pero, además, a partir de Robespierre y su irónico final, todo autócrata sabe que si por confiarse demasiado afloja las riendas, es hombre muerto o, cuando menos, relegado al ostracismo, o desterrado como Trotsky antes de ser liquidado. Y como algunos de sus detractores, a su turno: Beria, Malenkov y Molotov, vasallos todos del “padrecito” Stalin, así apodado más por su talante de fraile, supongo yo, que por su bondad intrínseca, que nadie pudo conocerle, menos su propia esposa, a quien mandó matar. Tal es, mutatis mutandis (sin derivas tan escalofriantes, probablemente ) el destino de todo sátrapa. Aunque hay quienes sobreviven y hasta respiran y siguen gobernando después de fallecidos, como Brezhnev y Chávez. Otros se van extinguiendo, exhibidos en una especie de museo, como el patriarca Fidel. Mas todos terminan imitando a sus predecesores derrocados en su helada crueldad y desparpajo. Pol Pot, por ejemplo. O el mismo Fidel, ante quien, piensan algunos, Fulgencio Batista y Machado eran mansas palomas. Y qué tal la estafa que resultó ser el nicaragüense Daniel Ortega, quien en punto a corrupción, desgreño y gamberrismo es, con mucho, peor que Somoza. Pues bien: ahí, en esa atmósfera enrarecida, llena de celadas, recelo, desconfianza, falsas lealtades, zancadillas y zalemas calculadas, es donde el nuevo adalid que llega como redentor acaba por revelar al bribón que esconde bajo el ropaje de estadista o visionario.


Lo más escandaloso y difícil de asimilar es cuando esos advenedizos, producto de un golpe o revuelta lograda, provienen de la izquierda, que se supone ser la opción humanista y amable de la política, por sus raíces en el pensamiento de Rousseau, mentor de la democracia moderna y denunciador del obscurantismo, la intolerancia y el dogmatismo en su época. En fin, lo dicho atrás aclara en parte el destino inescapable de León Trotsky, un hombre que mal podía caber, y menos acomodarse en ese nido de víboras que a la sazón era el Kremlin.