Columnistas

Más allá de la agresión escolar
17 de Junio de 2016


Todos los días los medios de comunicación nos informan sobre diversas situaciones de agresión y violencia que se presentan dentro de los colegios.

Natalia Linares Valderrama


Todos los días los medios de comunicación nos informan sobre diversas situaciones de agresión y violencia que se presentan dentro de los colegios. Desde peleas en los pasillos y aulas de clase, pasando por golpes e insultos, hasta llegar en casos extremos a los intentos de suicidio o la muerte. Y son muchas las iniciativas y esfuerzos que se llevan a cabo en los colegios para superar esta preocupante situación. Campañas sobre la no agresión, semanas por la paz, “el valor del mes”, entre otros, son proyectos puestos en marcha buscando que haya una convivencia pacífica entre los estudiantes y fomentando la tolerancia y el respeto.


Sin embargo, lo que muchas de estas acciones no han tenido en cuenta es que, tal como lo manifiestan investigadores del Crea (centro de investigación en teorías y prácticas superadoras de desigualdades) de la Universidad de Barcelona, la agresión escolar es “la punta del iceberg”. Entonces ¿qué es lo que está en la base de este fenómeno? 


Lo que diferentes estudios (Flecha, A., Puigvert, L., & Redondo G, 2005; Gómez, J, 2004) han mostrado es que el asunto de fondo radica en la forma en que aprendemos a ser hombres y mujeres. En esta cultura patriarcal, que nos enseña que sólo hay una manera válida de ser hombre (rudo, imponente, fuerte, dominante, etc.) se generan dos cosas. La primera, es que todos aquellos que se “salen del molde” son el blanco de burlas e intimidación. Esto es evidente cuando se analizan las situaciones de acoso escolar, pues en el caso de los hombres, las víctimas suelen ser los chicos que no cumplen con ese modelo de masculinidad hegemónica, es decir, los que no hablan fuerte, los que prefieren el arte o las manualidades que los deportes, los que no participan en juegos rudos a la hora de descanso, los que tienen más contacto con sus emociones y expresan el afecto y, por supuesto, los que se enamoran de otros hombres. 


El segundo efecto es que, para el caso de las mujeres, los modelos amorosos (es decir el tipo de hombres) que se consideran deseables son justo los que siguen este patrón. No en vano siempre “el más patán del curso” es el que tiene más seguidoras. Esto sucede porque sistemáticamente se ha promovido una asociación entre lo atractivo y lo violento. Así nos lo muestran los comerciales de televisión, las canciones y las telenovelas que una y otra vez señalan que ese tipo de hombre “guache”, fuerte y mujeriego es a la vez osado, inteligente y astuto.


Con este panorama, los desafíos que tienen los programas que buscan que las escuelas sean lugares para la convivencia, donde se resuelven pacíficamente los conflictos, están relacionados con la necesidad de fomentar el pensamiento crítico y de reconocer como legítimas otras masculinidades, aquellas que no se rigen por la lógica de la dominación y la fuerza, sino de la cooperación y la sensibilidad. Los jóvenes tienen derecho a saber que hay diferentes formas de ser hombre y así dejar de ver como natural el hecho de recurrir a la violencia para lograr los propios objetivos. Las jóvenes necesitan comprender que no hace falta estar al lado de un hombre agresivo para ganarse el respeto y valoración de los demás.


Una educación así es urgente en un país que intenta sanar las heridas de una guerra tan dolorosa y patriarcal como la que hemos padecido. 


* Gerente del proyecto Comunidades de Aprendizaje en la Fundación Empresarios por la Educación, una organización de la sociedad civil que conecta sueños, proyectos, actores y recursos para contribuir al mejoramiento de la calidad educativa.