Columnistas

Politiquería embozada
Autor: Rodrigo Pareja
14 de Junio de 2016


Abierta o solapada, esa detestable costumbre está vedada a todos los funcionarios públicos, sean ellos de la órbita nacional, departamental o municipal, y de hecho la norma restrictiva ha impedido, aunque no en la medida deseable.

Abierta o solapada, esa detestable costumbre está vedada a todos los funcionarios públicos, sean ellos de la órbita nacional, departamental o municipal, y de hecho la norma restrictiva ha impedido, aunque no en la medida deseable, que quienes devengan del Estado puedan abusar de su posición y la conviertan en sucia ventaja frente a sus contrarios.


Claro que en Colombia lo anterior no rige para todos los ciudadanos - como ocurre con la justicia - pues hay algunos que prevalidos de un alto cargo violan la prohibición en forma embozada, sin que nada ni nadie los detenga.


Es el caso del procurador General de la Nación, Alejandro Ordoñez, tan manirroto y dadivoso cuando se trata de aplicar sanciones a algunos integrantes de las nóminas oficiales, por presunta o cierta “intervención en política”, según su socorrido expediente.


Sucede con el recalcitrante jefe del Ministerio Público lo que en buen romance podría denominarse “ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”, ante la indiferencia de muchos o la incompetencia de otros para ponerle freno a su calculada manera de proceder.


Aunque una y otra vez sus aliados y defensores nieguen que el procurador esté en campaña hacia la Presidencia de la República en el 2018, a nadie con dos dedos de frente escapa que esa es la mira hacia la cual orienta todo su ejercicio el retrógrado funcionario.


Si se acepta entonces que tal aspiración es, no solo legítima para él sino una realidad innegable, lo que corresponde en esta nueva época tan propicia hacia la renovación y la apertura en todos los órdenes, es rogarle a la Providencia que no castigue a Colombia con un gobernante de su calaña.


Ahora, si el destino lo que quiere es cobrarle a los colombianos su torpeza por haber permitido en el presente siglo dos nefastas reelecciones, aplicándoles aquello de que “al que no quiere caldo se le dan dos tazas”, ahí sí apagá y vámonos.


Lo que tocaría, dando por hecho que esta espada de Damocles –un supuesto gobierno de Ordoñez- pende ya sobre la cabeza de todos, sería ayudar con algunas sugerencias para que ese cuatrienio que se avecina y se adivina horroroso, no lo sea en grado superlativo.


Insinuarle, por ejemplo, que uno de sus grandes empeños para acrecentar la memoria histórica, sea la de incorporar al museo de la inquisición, en Cartagena, toda la palabrería que ha derrochado al referirse a la comunidad Lgtbi; también sus andanadas contra la legalidad del aborto en casos específicos, y a la adopción de hijos por parejas del mismo sexo. Y si en materia física le da una manita de pintura y remodelación al establecimiento, mucho mejor le queda la tarea.


Otra recomendación podría estar referida a la expedición de su primer decreto en materia educativa; disponer, por ejemplo, que a partir de su vigencia sea obligatoria en todos los colegios la enseñanza del latín, lengua en desuso pero necesaria para entender en las ceremonias a las que acuda el Presidente Ordoñez.


En la misma disposición presidencial podría incluirse algo de este tenor: Desde hoy en adelante el texto para enseñar la historia sagrada será el de G:M: Bruño –un autor inexistente inventado por la Comunidad Lasallista- y para el catecismo, el librito escrito por el jesuita Gaspar Astete. Dos textos incomparables y trascendentales para estas épocas de renovación y apertura que transita el mundo.


Esta semana continuará en el Consejo de Estado el sainete iniciado hace más de dos años, al término del cual – si es que llega a concluir – se decidirá si Ordoñez sigue haciendo campaña para la presidencia desde la Procuraduría, o acepta de una vez el reto de “patos al agua”, lanzado hace varios por el liberal Horacio Serpa a potenciales aspirantes a la primera magistratura.


Entre tanto solo queda rezar para que tanta dicha no nos alcance.