Columnistas

El profeta desarmado
Autor: Sergio De La Torre
12 de Junio de 2016


El libro de Leonardo Padura sobre Trotsky, aunque excedido en quisicosas y detalles que poco agregan al retrato del personaje, es una buena representaci髇 del magnicidio como herramienta pol韙ica.

El libro de Leonardo Padura sobre Trotsky, aunque excedido en quisicosas y detalles que poco agregan al retrato del personaje, es una buena representación del magnicidio como herramienta política. Sobre todo del magnicidio inútil. Pues nada hay más triste y patético en la vida que la maldad estéril. A menudo en la historia se acude a este medio extremo para resolver crisis, desatar el nudo de una disputa insoluble, deshacerse de alguien que estorba y, creciéndose más de lo debido, amaga con interponerse, prevenir un peligro potencial, real o imaginario (como sucediera aquí con Gaitán y Galán, cuyo inminente arribo al poder había que conjurar a tiempo), salir de un rival difícil, cumplir una mezquina venganza o cobrar una deuda de honor (que también las hay en política, dependiendo del narcisismo del acreedor). Tareas todas que, contra lo que parecen, a veces son dictadas por la urgencia o apremio político de un colectivo, asociación o partido, más que por la veleidad o capricho de quien las concibe.


En el caso de Trotsky a mi juicio su muerte sobraba, en el sentido de que no respondía a una necesidad política crucial de la dirigencia soviética. Quienes todavía lo seguían en su país, Europa o América ya estaban diezmados, o bien porque, como él, habían sido arrojados de la cúpula (purgados, como se decía entonces, en el lenguaje de la feligresía más fiel), o bien porque habían sido desterrados a las frías estepas siberianas. Agreguemos la amenaza de la invasión alemana a la Urss, latente y cercana pese al pacto de no agresión (inaudito e inexplicable, dado el antagonismo ideológico esencial entre ambas potencias) celebrado entre los cancilleres Von Ribentrop y Molotov en medio de una recíproca y bien fundada desconfianza. Tal amenaza tuvo el efecto de desarmar las quejas y reclamos de buena parte de los militantes trotskistas, devolviéndolos a la disciplina y saneando así las fisuras causadas en la sagrada unidad del partido.


En el talante leninista hay mandatos y deberes inescapables: la lealtad sin reservas a la causa, la fe en los principios, la compactación de las filas, en razón de la cual tanto se hablaba entonces del “monolito”, aludiendo al aparato soviético, la obediencia ciega, maquinal, a la jerarquía. Y la disciplina, también para perros, como la practicaban en sectas de las antípodas, como el laureanismo nuestro, de opuesto credo pero similar vocación eclesial.


De ese talante y sus atributos, arriba enumerados, viene la “autocrítica” (más inducida que espontánea y tan amplia siempre como fuere menester, así empañe la inocencia del compareciente y comporte un castigo injusto o exagerado, pero ejemplarizante y escarmentador para quienes se atrevan a dudar sobre cualquier cosa, o a preguntar siquiera). De ahí que los partidos comunistas, que según ellos mismos son partidos de “cuadros”, o de iniciados, mas no de masas, en los tiempos modernos sean réplica fiel de las herméticas, crípticas congregaciones religiosas del medioevo, con igual cerrazón, prácticas y rituales. La confesión, por ejemplo, equivalente a la autocrítica que hoy precede a la degradación, caída en desgracia o purga. Y esa autocrítica, a su vez, es la misma autoflagelación, penitencia o silicio de otrora.


El asesinato de Trotsky, implementado por Stalin, fue obra de la “nomenklatura” o gran burocracia moscovita y sus corifeos en Europa y Méjico. A todos les incomodaba sobremanera su prédica insobornable, y la dimensión del personaje, cuyo vuelo no podían seguir. En otras palabras, dicho acto fue la conjura de la mediocridad contra el genio que la eclipsaba, asustaba y cubría de íntima vergüenza. De ello y otros tópicos, como sus pasmosas, certeras elucubraciones sobre arte y estética, y de sus incursiones, de gran calado, en la crítica literaria, tan ajenas al anodino y rutinario quehacer político, hablaremos en próxima ocasión.