Columnistas

Entre el paraíso y el infierno
Autor: Omaira Martínez Cardona
7 de Junio de 2016


En un país en el que sus ciudadanos cada vez son menos conscientes de la realidad en la que subsisten y la evaden dedicándose a cosas menos trascendentales para el desarrollo de la nación pero que generan algo de identidad y esperanza.

En un país en el que sus ciudadanos cada vez son menos conscientes de la realidad en la que subsisten y la evaden dedicándose a cosas menos trascendentales para el desarrollo de la nación pero que generan algo de identidad y esperanza, convertir en un espectáculo la degradación a la que se puede llegar, es un esfuerzo innecesario si se quiere generar un golpe de opinión, sensibilizar, llamar la atención o reprender sobre un problema social. 


A quien más vergüenza debería darle la situación visibilizada en las dos cuadras que conforman la llamada zona del “Bronx” en el centro de Bogotá, es al Estado. La divulgación propiciada por las mismas autoridades como un logro para desmontar una zona de delincuencia, es una evidencia más de la falta de gobernabilidad y la ineficiencia de un sistema corrupto que no tiene la voluntad política ni la capacidad de atender las necesidades básicas de su pueblo. 


Los problemas sociales allí o en las comunas de Medellín, en los asentamientos considerados marginales de otros países como las favelas en Brasil, el verdadero Bronx neoyorquino, las pandillas de la calle Mara en El Salvador o en otras naciones del mundo no son nuevos, ni se transforman en poco tiempo, requieren de acciones constantes que no dependan de gobiernos de turno. Se necesitan procesos de transformación cultural orientados por ciudadanos conscientes de la necesidad de cogestionar su propio bienestar y desarrollo, que se pellizquen,  que sepan identificar y aprovechar sus fortalezas en medio de las necesidades.


Sólo quien tiene la capacidad de reconocerse a sí mismo puede compararse con otros pero como culturalmente nos acostumbraron a mirar la paja del ojo ajeno y no la viga del propio, quienes no están directamente involucrados en las necesidades de las zonas marginales o no las conocen,  siguen viéndolas a distancia,  con lástima y nada de compasión como cuando se asiste a una obra teatral que una vez termina su representación, baja el telón. 


Que no sea necesario asistir sólo como espectadores a más representaciones de películas como la Ciudad de Dios, la Ciudad del Pecado, la Vendedora de Rosas, a exposiciones pictóricas como la de Los desastres de la guerra de Goya,  o leer El Paraíso Perdido de Jhon Milton, para darse cuenta de la realidad que por mucho que se quiera dramatizar, está ahí, en cada uno, en cada consciencia, en cada actitud y acción; y es cada quien el único responsable de darle el desenlace que quiera.


Cada persona así como cada nación vive en su propio paraíso o infierno y por mucho que se quiera negarlo o representarlo, la miseria y la degradación no son condiciones exclusivas de ciertas zonas que han sido estigmatizadas. Hay quienes tardan más en comprender que como en la Divina Comedia de Dante, la vida es una dramatización en la que el bien y el mal así como el paraíso y el infierno no son representaciones físicas, geográficas, materiales o tangibles, con ángeles o demonios, son estados de ánimo inseparables y condiciones inherentes al ser humano que es la más imperfecta y diversa de las creaciones. Cada uno tiene una escenificación diferente del paraíso o el infierno en el que vive, quiere vivir o convive y debe asumirlo con plena consciencia y responsabilidad.