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El emotivismo en el “chat”: portazo a la inteligencia
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
7 de Junio de 2016


Hace pocos días alguien comentaba entre risas que en su grupo de “chat” se permitían toda clase de participaciones: todo lo que cause risa, todo lo que divierta.

Hace pocos días alguien comentaba entre risas que en su grupo de “chat” se permitían toda clase de participaciones: todo lo que cause risa, todo lo que divierta. Pero eso sí –aclaraba con un entusiasmo que no admitía réplica- no se reciben comentarios sobre dos temas: política o religión. El uso del medio de comunicación se limita a lo divertido, a lo que suscite risas, a lo que genere sensaciones, en fin, a las emociones; lo serio se prohíbe, sencillamente.


Esta estereotipada actitud de cierre de puertas, de veto selectivo, es un portazo a la inteligencia y también, una manifestación de brutal depreciación del uso y práctica de los medios de comunicación. Pero sugiere también una reflexión sobre el defecto del ‘emotivismo’ como escenario de deterioro de las relaciones interpersonales en la época de la conectividad .


El ser humano, en su unidad cerebro-corazón, normalmente vive en medio de otros seres humanos compartiendo con ellos razonamientos y emociones, ninguno es un robot. Esto ha sido aceptado por mentes que han participado de manera decisiva en el enriquecimiento y en la historia de los conocimientos en diversas disciplinas: Pasteur, Planck, Carrel, Lemaitre, Lejeune, Frankl: todos ellos han respetado la importancia de la metafísica, la seriedad de las preguntas que van más allá de lo inmediato. Existen inquietudes ante las cuales la cuantificación objetiva de los fenómenos físicos y las ciencias experimentales tienen poco que decir. Son hechos que van más allá del consumismo pragmático y “light” al uso. Sobre ellos es necesario compartir. Ante las cuestiones serias –política y religión incluidas- todos estamos enfrentados y todos, por supuesto, ante las emociones que despiertan. También a los prejuicios y generalizaciones injustas que suelen aparecer en estas materias. Esto vale para los ambientes familiar, laboral, académico, e incluso, en lo público, en los medios de comunicación. Lo político y lo religioso tiene que ver con lo que inevitablemente exige afrontamiento. 


Cuando la emoción es lo que impregna el intento de formación de un criterio, se dificulta la conversación. Escuchar, hacer silencio, abrir el espacio de la inteligencia para que el interlocutor se sienta acogido y halle ambiente favorable para indagar, aclarar y expresar sus propias ideas, exige autocontrol y voluntad de escucha. El diálogo se interrumpe cuando llegan el aumento del volumen, el lugar común, la descalificación acalorada y en ocasiones injusta. Lo que sigue de allí es el silencio que distancia y que también alimenta tristeza o resentimiento. 


Con el emotivismo se llega a creer que la realidad se limita a lo que uno opina, siente, o le parece; se obstruye la posibilidad de la comunicación inteligente. No tiene sentido racional la citada afirmación de esta época de intromisión de los medios de comunicación en la vida personal: “En este chat se aceptan todos los temas, excepto política o religión”, o la simpleza explícita o tácita: “sólo vale lo divertido”. 


 ¡Lástima del emotivismo que nos inunda! Cómo confundimos opiniones con saberes, pareceres con hechos, gustos y preferencias personales con datos de la realidad. Cuando quienes dialogamos introducimos prohibiciones que suponen esfuerzo mutuo, cerramos insensatamente puertas. Se dificulta el funcionamiento de los canales de comunicación, se diluye la posibilidad de la autenticidad en la expresión de inquietudes y pensamientos que a todos nos acompañan en las cuestiones más críticas.


Las preguntas últimas, el problema del sentido, lo político y, más importante, lo metafísico y lo trascendente, no pueden ser relegados a un resbaladizo plano de gustos personales que excluya el enriquecimiento que nos regala el diálogo sensato y pausado con quien quiere y puede compartir su conocimiento, su experiencia, sus vivencias. No solo se conversa para enunciar o expresar emociones o gustos. También lo hacemos para transmitir y recibir saberes, para contrastar conocimientos, para enriquecer nuestros espíritus que no dejarán de tener inquietudes.


Por el emotivismo voluntariamente se cierran las compuertas a las consideraciones que realmente importan: las preguntas por el sentido, las preguntas últimas. La conversación inteligente sobre temas de religión y de política hace parte de lo más esencialmente humano, de lo que nos constituye de modo íntimo y radical. ¿Cómo es posible que al mismo tiempo que se promulgan los valores positivos de la tecno-ciencia, el pluralismo y el progreso, deliberadamente se cierren las puertas a aquellos aspectos de la realidad?