Columnistas

El Putumayo y El Bronx
Autor: Dario Ruiz Gómez
6 de Junio de 2016


Hace veinte años en el neoyorquino barrio Bronx se llegó a calcular que cada cinco minutos sucedía un asesinato.

Hace veinte años en el neoyorquino barrio Bronx se llegó a calcular que cada cinco minutos sucedía un asesinato. Hacinados en edificios llenos de ratas y cucarachas miles de habitantes en situación de miseria caían en el crimen desarrollando una violencia extrema. Los testimonios sobre este inframundo son escalofriantes y mostraban que al lado de la Nueva York opulenta se daba esta forma de vida en un alucinante escenario urbano. Con humor alguien bautizó como Bronx a este sector de Bogotá donde la droga envilece a niños, ancianos prematuros que habitaban en cuevas malolientes dominados por depravadas organizaciones delincuenciales. Casas de pique, cárceles, prostitución de niños y niñas bajo castigos horrendos, exasperadas nuevas formas de esclavitud que es lo importante a considerar: la excrecencia urbana o sea el espacio público anulado, el infierno en vida para los perdedores, los extraviados, que al no encontrar un espacio amable en la ciudad decente han descendido de la mendicidad, último peldaño de la dignidad humana, a la de la total abyección. Aquellos que no logran ser incorporados a la oferta laboral, a las condiciones que establece la economía caen, inevitablemente, en las fauces de una maquinaria que los destroza y los convierte en anomalías que deben ser borradas del escenario de la ciudad por un urbanismo maquillado. El Putumayo es una periferia geográfica inexistente, un lugar perdido en cualquier mapa, tácitamente determinado por el narcotráfico para ser un territorio sin leyes, tal como sucede con los territorios conquistados por los carteles mexicanos. Abandonada a su suerte por parte del Estado esa periferia quedó en manos de las Bacrim, de los grupos insurgentes que fueron cayendo en la delincuencia, abandonando sus antiguas ideologías revolucionarias para deslizarse como en este caso hacia el narcotráfico, importándoles más los mares de coca sembrados que las condiciones de vida de los campesinos que dicen defender en los discursos de sus teóricos. Si revisamos uno a uno los territorios dominados por las Farc veremos de qué manera se destruyó el hábitat, el medio ambiente, las culturas y terminaron convertidos por el abandono de la justicia en Bronx rurales sólo que aquí se fusila, se decapita, se recluta a los niños. La paz comienza con el reconocimiento pleno del derecho de las poblaciones campesinas a vivir bajo sus propios principios, a ser reconocidos por la justicia como ciudadanos deliberantes de una democracia participativa y no como sucede hoy con el Eln, a que, pasando abusivamente por encima de los derechos de la comunidad, el gobierno sólo concede la categoría de interlocutor a un grupo de comprobados malhechores. Que hay gentes de bien en esta región está fuera de duda, que estos campesinos oprimidos quieren la paz esta así mismo fuera de duda, pero, ¿quién defiende su derecho a transitar libremente por cualquier territorio, derecho consagrado por la Carta de los Derechos Humanos? ¿A que no los esclavicen en una Granja Colectiva? Es claro el craso error de convertir en interlocutor al asesino, de escribirle cartas a “Pablito” para que no siga matando inocentes, en vez de ponerse abiertamente del lado de los oprimidos, de esa silenciosa comunidad capaz de resistir la barbarie y no dejarse convertir en una excrecencia, en un homúnculo. ¿Del lado de quién se colocó Cristo? ¿Del lado de quién se colocaron los jueces?


¿Miseria al lado de las impúdicas extravagancias sexuales, de las orgías de un Mono Jojoy o de un Megateo? ¿Quién es el causante de esta situación de extrema opresión social, del infame deterioro de ríos y selvas? ¿Quién desaloja de las escuelas a niños y maestros y utiliza la ignorancia y el analfabetismo para mantener sus dominios?