Columnistas

Correr
Autor: Juliana González Rivera
2 de Junio de 2016


Intentaré mi primera maratón este fin de semana. Y dos días antes de amarrarme los cordones me pregunto, como cada vez que salgo a entrenar, qué es lo que me hace embarcarme en el sufrimiento que supone correr largas distancias.

Intentaré mi primera maratón este fin de semana. Y dos días antes de amarrarme los cordones me pregunto, como cada vez que salgo a entrenar, qué es lo que me hace embarcarme en el sufrimiento que supone correr largas distancias. 


Hace décadas que correr está de moda. En los años 90 lo llamaban footing. Luego jogging. Ahora, running. Unos dicen hacerlo por deporte y otros por salud, pero yo creo que se trata, sobre todo, de una especie de autoayuda, de terapia. Porque correr por puro disfrute, en realidad, es lo raro. Sí, existe la satisfacción de completar una carrera, pero lo cierto es que uno llega a la meta –si es que lo consigue– con el cuerpo adolorido, las piernas en llamas, ampollas en los pies y el corazón en la garganta. 


En parques, por la calle, en el gimnasio, corremos, en realidad, por otros motivos: controla la ansiedad y porque canaliza nuestras peleas cotidianas. También por la necesidad del movimiento que todos tenemos y porque da fuerza, concentración y constancia. Correr es una actividad que nos recuerda que la pelea es sólo contra nuestras marcas. 


Entrenar todos los días tiene poco que ver con el deporte. Corren famosos, presidentes, ejecutivos, gente común y corriente, amas de casa. Todos tenemos en común un talante voraz y ambicioso. Un corredor es, básicamente, un individualista. Y la mayoría –antes de serlo y si lo dejamos– somos personas ansiosas, un poco perturbadas. De hecho, correr es todo menos altruista. Lo hacemos en busca de beneficio: unos para dejar de fumar, otros para bajar de peso y todos para mantener la salud física y mental, el equilibrio. Se trata menos del cuerpo y más de la cabeza, de emociones y fobias: hay dolor, miedo, ansiedad y amor propio. Es, de hecho, un impulso primario: corremos asustados o en éxtasis. Y casi siempre huimos de algo, así sea, momentáneamente, de la rutina o los problemas.


 En un reportaje que escribí hace un tiempo sobre el auge de correr, recuerdo que mencionaba el placer casi erótico que hay en ello. Christopher McDougall, periodista norteamericano y corredor, explica en su libro Nacidos para correr que “en términos de liberación de estrés y placer sensual, correr es lo que tienes en tu vida antes de conocer el sexo”. Se trata de algo tan químico como las endorfinas: mientras más corremos, más endorfinas producimos. Y las endorfinas son opioides, “moléculas de la felicidad” que se originan el sistema nervioso durante el ejercicio, las mismas que libera cualquier estado de excitación o de dolor, igual que comer chocolates, el enamoramiento y el sexo. Por eso correr es antidepresivo y puede causar adicción.


Para mí, en tanto que aspiración al movimiento y a la libertad, correr tiene que ver, también, con el viaje y la escritura. Al correr, escribo ciudades: vi los barcos navegar el Danubio a mi paso en Budapest y en Praga crucé de madrugada el puente de Carlos, ganando una vieja pelea contra una frontera. Al ritmo de canciones que niego en voz alta completé el anillo que encierra ese museo al aire libre que es la Viena de María Teresa y estuve a punto de tener un accidente en Venecia por la marea alta. He salido con lluvia en Medellín, con mucho sol en Figueira y en Cascais, con dolor de estómago en Galicia, con montañas nevadas al fondo en Lucerna y con fascitis plantar en un pueblo que quiero en La Mancha. Madrid es una ciudad que he escrito también con los pies. He recorrido la Diagonal en para hacer mía también esa casa. Y corro enamorada en Estocolmo, donde intentaré completar mi primera maratón este fin de semana. 


Cuenta Herodoto en su Historia que en el año 490 a. C. el soldado Filípides fue enviado a Esparta a pedir refuerzos para el ejército ateniense en la batalla contra los persas. Pero otras versiones aseguran que el soldado murió de fatiga tras recorrer los 40 km que separan el pueblo de Maratón y Atenas, para anunciar el triunfo de Grecia. 


Quizá en el fondo toda carrera es siempre eso: una llamada de auxilio o, aunque se muera en el intento, también un canto de victoria, o al menos el fin de otra batalla.