Columnistas

Santos le ganó a Maduro
Autor: Rubén Darío Barrientos
2 de Junio de 2016


Ha tenido el presidente Santos en sus dos tramos de gobierno, la friolera de sesenta ministros en su gabinete.

Ha tenido el presidente Santos en sus dos tramos de gobierno, la friolera de sesenta ministros en su gabinete. Entretanto, Maduro, su homólogo de Venezuela, ha designado la también estrambótica cifra de cuarenta y nueve ministros. Es cierto que en tiempo gubernamental, Santos le lleva ventaja en meses a Maduro, pero eso no obsta para entregarle a Juampa la medalla de oro en inestabilidad política y en sumatoria de ministros. Tantos nombramientos eximen a los jefes de las carteras de materializar proyectos serios para sus periodos de gobierno y para ejecutar políticas públicas de relieve, lo que los avienta indefectiblemente contra el muro de la improvisación en sus actos.


Es verdad que a Santos solo le interesa pasar a la posteridad como el presidente que firmó la paz y, en ese sentido, ha desguarnecido el manejo del gobierno central. No ha podido aglutinar un gabinete lustroso y al no tener brújula ha dado suficientes tumbos que la gente ha descifrado con facilidad. Recientemente, Santos designó dos ministros (Clara López y Jorge Eduardo Londoño) contra el respaldo de los propios partidos políticos de los ungidos, pues era inobjetable que lo que buscaba el presidente era acallar algunas voces de la oposición. La joya de Clara López, llegó pidiendo 74 renuncias a importantes funcionarios del ministerio de Trabajo y Seguridad Social. Más de lo mismo.


Como si fuera poco lo anterior, Juampa ha tenido ocho secretarios generales, que son precisamente las personas más cercanas, lo que evidencia que la proximidad con funcionarios claves de su despacho tampoco ha sido afortunada. Sumémosle a ello que en la sola cartera de Minas, ha sentado en la silla a siete ministros. Así nadie solidifica un programa serio ni triunfal. Los ministros se han convertido como en una especie de caramelos para llenar el descolorido álbum de Santos. Da la impresión de que Juampa, de acuerdo con la coyuntura que debe sortear, termina haciéndoles favores a las regiones, para buscar reciprocidad y respaldos (más mermelada). En otras palabras, poco le importa lo que digan de él o los beneficios que reciba la nación de sus buenas ejecutorias o las sonoras rechiflas en Valledupar, Cali o Medellín.


La encuesta polimétrica de Cifras & Conceptos, calificó hace poco la favorabilidad de los ministros, en donde la más alta nota la recibió Gina Parody, ministra de Educación, con un escuálido 38% y la peor se la acuchillaron al ministro de Transporte, Jorge Rojas, con un miserable 10%. Ahí está el reflejo de un enorme desgreño administrativo que va en línea con un 69% de desfavorabilidad de nuestro presidente. Por algo Vargas Lleras, siendo su “vice”, trata de desmarcarse de que lo motejen como segundo de este gobierno y es astuto para opinar de los temas nacionales, por ese mismo temor de que lo asocien negativamente con Juampa, máxime que su intención de ser candidato presidencial está sobre el tapete.


Santos, como obseso por el nobel de Paz, ha dejado al garete los otros asuntos importantes. Él sabe que va mal (pueblo-datos lo confirma), no ignora que le falta liderazgo, entiende que su debilidad lo ha llevado a un deterioro de credibilidad y siente que el electorado lo pilló en sus incumplidas promesas como candidato. No olvidemos que la salida de la superministra, María Lorena Gutiérrez, también lo dejó mal parado y es abominable hacerle fuerza al nombramiento del fiscal, lo que no es tarea ética de un presidente. La alta rotación ministerial no representa un cambio de caras en los despachos: es la tormenta perfecta de la improvisación, de la falta de cohesión, de la pérdida del norte, del desespero y de que firmar la paz es lo único que a Juampa le importa.