Columnistas

Confesi髇 y testimonio personal
Autor: Dario Ruiz G髆ez
30 de Mayo de 2016


Desde hace mucho tiempo se ha hecho evidente lo que desde el punto de vista literario se llama desaparici髇 de fronteras entre los llamados g閚eros, un testimonio personal, una declaraci髇 de fe en la humanidad, un testimonio de vida han sido convertidos en v醠idos textos literarios.

Desde hace mucho tiempo se ha hecho evidente lo que desde el punto de vista literario se llama desaparición de fronteras entre los llamados géneros, un testimonio personal, una declaración de fe en la humanidad, un testimonio de vida han sido convertidos en válidos textos literarios. ¿Qué es sino el Diario de Ana Frank? ¿Por qué, entonces, nuestra bibliografía de testimonios personales sobre los acontecimientos que han desgarrado nuestra sociedad, tan necesarios, no han proliferado bajo la autoría de los ciudadanos y ciudadanas que han sido sus callados y enmudecidos protagonistas? Y respecto a la indispensable reflexión sobre los hechos que acosan a nuestra sociedad, sus heridas abiertas, la necesidad de los verdugos de reconocer sus pecados, la meditación sobre aquello que se nos ha robado como sucede con los valores civiles, sobre aquello que el dolor reclama, no se ha escrito en los últimos años, repito, reflexión alguna, a pesar de estar acusando el proceso de una desestructuración profunda de la sociedad azotada por la delincuencia organizada, por la corrupción administrativa. ¿Cómo podríamos dar un paso hacia la paz sin la previa solución de conflictos que no han sido resueltos? ¿Cuántas veces me he preguntado esto, preocupado por el maniqueísmo de los columnistas, por nuestra inopia intelectual, por el arraigo del mayor peligro para una democracia, tal como Galbraith lo recuerda: la ignorancia. El juez “ignorante” busca que la “ignorancia” sobre los hechos se convierta en el único rasero a la hora de juzgar el pasado inmediato. La  desinformación – tal como vergonzosamente se ha manejado en el secuestro de Salud Hernández y los dos periodistas- constituye una torcida manera de eludir la responsabilidad ante la verdad y ponerse al servicio de una desprestigiada autoridad. En su certero análisis de la sociedad española y lo que supuso la guerra civil, Chávez Nogales, responsabiliza al periodismo frívolo, hábil en la desinformación, a la sordidez de una intelectualidad sumisa, incapaz de ser independiente, a esa apestosa medianía fomentada por la baja política incapaz de darse cuenta de lo que llegará a significar el haber cerrado los ojos ante una catástrofe propiciada por su debilidad moral. A mí me asusta establecer el paralelo entre estas consideraciones del gran Chávez Nogales y la destrucción de la República en Colombia. ¿Quiénes son acaso los que, detrás de bambalinas, están impulsando la caída de este país en el abismo de la desestitunalización? ¿Quiénes están auspiciando una abierta dictadura informativa? ¿Quiénes están hoy embozados bajo el rostro de la Paz mientras debajo de la mesa están urdiendo una trama de revanchas contra la firmeza moral de quienes han querido reflexionar objetivamente sobre lo que está aconteciendo, para que no se repitan los errores de otros fracasos en los cuales se terminó por desatar las irracionalidades de una sociedad que terminó matándose al hacerse sorda a los llamados de la razón a la cordura? ¿Por qué mientras la legislación española considera el secuestro político como constitutivo del delito de terrorismo – Artículo 573 del Código Penal- nuestros jueces se atienen al sofisma de las Farc de que sus infames secuestros son una simple “retención de tipo económico” tal como, igualmente, lo argumentó Carlos Gaviria? La crítica puede ser destructiva, perniciosa, disimular lo peor con su maniqueísmo cuando no es racional e implacable éticamente y logra analizar una situación peligrosa como a la que nos están abocando personajes sin altura moral alguna, desconectados de la tragedia de nuestro pueblo, de la esperanza en que lograremos vencer aquello que hoy nos divide abierta y peligrosamente y que algunos medios de comunicación, ajenos al secuestro de las libertades, están alentando, o sea la recuperación de la confianza en la democracia.