Editorial

Obama en Hiroshima
29 de Mayo de 2016


Obama reafirma a Estados Unidos como aliado de los pa韘es comprometidos con los principios de m醩 diplomacia y di醠ogo por los que propende.

Levantada sobre los valores democráticos de los norteamericanos y el rico acervo cultural y espiritual de los asiáticos, la pragmática y respetuosa alianza forjada por Estados Unidos y Japón en los últimos 71 años recibe admiración de los pueblos del mundo. El encuentro de Barack Obama y Shinzo Abe en Hiroshima ha revitalizado los principios de confianza en la capacidad de perdón de los pueblos y de diplomacia de los estados, exaltada en gestos comunes y en el llamado del presidente Obama a “cambiar nuestro pensamiento sobre la guerra misma, para prevenir conflictos con diplomacia y esforzarnos por terminar los conflictos iniciados. Reconocer nuestra creciente interdependencia como motivación para la cooperación pacífica y la emulación noviolenta. Definir nuestras naciones no por su capacidad de destrucción, sino por lo que construimos”. 


El avanzado proceso forjado por las naciones y la visión de los gobernantes prevaleció sobre presiones conflictivas, aupadas por medios de comunicación incapaces de comprender la resignación no agresiva de los hibakusha, que ha contagiado a Hiroshima, Nagasaki y el pueblo japonés, o afanes por reducir las reuniones bilaterales, así como la agenda del G7, a su impacto en las elecciones estadounidenses. Obama y Abe se pusieron por encima de las expectativas puntuales para renovar su alianza en perspectiva de nuevos retos para la paz actual y futura del mundo. Tanto como los organismos multilaterales, estos aliados, a los que por necesidad han sido sumados Vietnam y Birmania, reconocen la necesidad de hacer prevalecer sus razones de unidad para sumar capacidades en la contención de la criminal carrera armamentista de Corea del Norte y del agresivo expansionismo de China, que hoy hace mella en las áreas marítimas al sur y el este del Mar de China.


Involucrados en esta carrera armamentista, sus antiguos enemigos ponen a Japón en una encrucijada que el primer ministro Abe ha identificado y frente a la que busca amigos que lo respalden en su deseo de dinamizar la política de autodefensa de su país. Concluida la II Guerra Mundial, en la que tributó miles de vidas inocentes, muchas de sus hijos, esa nación renunció a construir o acumular armas de destrucción masiva o nucleares. Cuatro son los pilares de esa decisión: el uso de energía atómica sólo con fines pacíficos (30% de su energía eléctrica proviene de plantas nucleares); los tres principios que prohíben fabricar, tener o admitir la ubicación en suelo japonés de armas nucleares; consecuente con este principio, el país adhirió, y es activo promotor, al Tratado de no proliferación de armas nucleares, prohijado por Naciones Unidas; y por último, el país está acogido al proyecto estadounidense de Disuasión nuclear ampliada (US Extended Nuclear Deterrence), que le ofrece el amparo de países con armas nucleares, cuando se encuentra amenazado y no tiene capacidad de respuesta.


Con el reconocimiento a la posición de Japón y el compromiso de garantizar el apoyo que el país requiriera para superar la amenaza de que está haciendo objeto, el presidente Obama reafirma a Estados Unidos como aliado de los países comprometidos con los principios de más diplomacia y diálogo por los que propende. Asimismo, pone pica en Flandes para recordar que la acción diplomática preventiva de la guerra y la coacción a sus decididos impulsores tiene como pilares la ampliación de alianzas, como lo hizo al levantar el embargo de venta de armas a Vietnam; la confirmación de compromisos con los tradicionales aliados, como los miembros del G7, y el recuerdo de que, a su pesar porque considera moralmente relevante renunciar al armamentismo, las armas nucleares perviven como medios disuasivos para garantizar la seguridad de naciones que han renunciado a la violencia como método de supervivencia.