Palabra y obra

Is the new generation of Antioquia’s entrepreneurs indifferent to culture?
¿Es la nueva generación de empresarios antioqueños indiferente a la cultura?
27 de Mayo de 2016


Gestores, directores de entidades culturales, intelectuales y expertos analizan por qué actualmente el sector privado parece alejarse del apoyo a las artes y la cultura.


Foto: Archivo El Mundo 

Además de los recuerdos, las anécdotas y los artistas que impulsaron, las Bienales de Coltejer están vivas en el Museo de Antioquia, donde el pasado 2014 fue inaugurada una sala dedicada a exhibir su colección.

Félix Ángel


Artista y curador


Washington (EE.UU.)


Aunque es evidente el apoyo que en Medellín algunas empresas brindan a la comunidad, en particular a instituciones emblemáticas como el Museo de Antioquia y otras que participan de una fuerte ayuda oficial, en otras se ha vuelto  una queja generalizada la indiferencia y el desinterés que el relevo generacional en la industria y la banca privada manifiesta por la cultura.


Tres generaciones atrás el apoyo  era  evidente: patrocinio de eventos internacionales, contratación de artistas para ejecutar murales en sedes de bancos (muchos de ellos ahora en peligro de ser destruidos), grupos musicales, danza y revistas. El impacto se detectaba.  Los artistas plásticos (en una gran diversidad, pintores, escultores, ceramistas, grabadores),  músicos, actores, tenían espacio para la controversia y apoyo aceptable de la ciudadanía. Muchos vivían de su trabajo, aparte de enseñar. Existía una incipiente interacción con otras comunidades del país.


Hace dos generaciones el sector artístico todavía se beneficiaba, por ejemplo, de la ley que obligaba a los constructores a designar un mínimo porcentaje del costo de un edificio para la inclusión de una obra de arte, porcentaje que se extendió a todas las ramas de las artes, como la música.  Algunas corporaciones crearon colecciones de arte (invirtiendo para el efecto).  La responsabilidad social se sostenía como valor empresarial y no como estrategia de relaciones públicas. Si  bien no es función del Estado  ni del sector privado subsidiar los artistas, sí lo es  crear incentivos para que la sociedad se eduque, avance diversificando las ocupaciones, y aprecie expresiones cuya apropiación define  logros humanos y sociales.


Gilberto Arango Escobar, profesor emérito de la Universidad Nacional, arquitecto especialista en hábitat opina: “Cuando fui gerente del proyecto de mejoramiento de Moravia, después de haber llevado a la zona cinco embajadores europeos para que apoyaran el componente cultural del proyecto, sin éxito más allá de la promesa, encontré una fundación antioqueña que pagó por el diseño de Rogelio Salmona  y buena parte de la construcción del Centro de Desarrollo Cultural de Moravia, que ha sido exitoso y ejemplo para la ciudad. Igualmente fui testigo de una bolsa de recursos creada por viejos dirigentes industriales antioqueños (Proantioquia), destinada a ese proyecto;  el trato era que no se supiera el nombre de los aportantes ni la suma aportada... demostrando un genuino espíritu de solidaridad. Cabe preguntarse: ¿Qué pasa con la nueva dirigencia de profesionales (algunos) formados en USA y Europa que cuando están en Medellín no salen de El Poblado, Llano Grande y la Milla de Oro?”


Naturalmente hay una explicación para el retroceso. El abogado, artista y gestor Aníbal Vallejo lo explica así: “La vieja clase empresarial, aun cuando no estaba acuñado eso de la ‘responsabilidad social’, revertía en valores culturales parte de sus utilidades. De la ciudad conocida como industrial  gracias a esos emprendedores; la tacita de plata por la labor cívica de esa clase; de las flores por el apoyo a los ancestros; de la eterna primavera por el manejo equilibrado del medio, no queda el nombre. Cuando todo esto se acabó, a la nueva clase dirigente (que no empresarial) le dio por la internacionalización, olvidando la identidad. Apareció financiada por las administraciones una arquitectura de concurso, de ejercicio, apabullante, brutalista, de revista, que ahora se está cayendo, diseñada sin contenido, por no tener con qué llenarla ni sostenerla, y no convoca al turista que no la viene a buscar por ser impuesta. 


El desarticulador de esta ciudad ha sido el transporte: la avenida Oriental que destruyó la escala humana en el cruce con la avenida La Playa, para llenarla de buses; el metro, que tiene una deuda moral cuando fragmentó el viejo Centro; el tranvía bala que borró la histórica calle Ayacucho. En todo esto hay una soberbia politiquera que pretende perdurar escalando puestos, cada vez más altos, olvidando el sentido del servicio social de la política bien entendida, que ignora la academia, creyendo ser los constructores del futuro preparando el desastre para las generaciones futuras. Con solo tres planos levantados a mano el belga Agustín Govaerts concibió el inconcluso edificio de la antigua Gobernación, el que la rapiña burocrática no le dejó terminar. ¿Pero a quién le importa?”.


Gustavo Restrepo, director de la Corporación Otraparte, afirma con base en su experiencia al frente de la organización desde sus inicios que “la generación de empresarios antioqueños anterior a la actual fue más receptiva aunque no necesariamente consecuente. En nuestro caso particular, el apoyo y la falta tienen un mismo origen, la fi-gura de Fernando González.  Por un lado, miembros lejanos de su familia nos colaboraron, sobre todo para el establecimiento de El Café de Otraparte;  otros, sin que sea  un secreto, rehusaron hacerlo por la forma como el maestro sistemáticamente criticó a los grupos empresariales, ofendiendo muchas familias. ‘La generación actual’”, continúa Restrepo, “no tiene sentido de sociedad,  no le interesa compartir, es muy ignorante y su interés fundamental  es hacer más dinero. Uno se pregunta para qué”. 


El escritor y especialista en temas urbanos, Darío Ruiz Gómez, no se cansa en sus columnas de llamar la atención sobre los problemas que las continuas intervenciones promovidas por los gobiernos de turno crean en lugar de solucionar. En Medellín no se puede caminar, y por lo tanto la vida de la urbe como ente citadino es imposible de consumar, problema mayor que no se arregla con “el día del centro” y  “el día de la playa”, y estupideces por el estilo, que no alcanzan para reformular una solución efectiva que revitalice la economía, y menos recuperar para la vida espacios urbanos que requieren de drásticas medidas que nadie se atreve a tomar, como por ejemplo, acabar la invasión incontrolada del espacio público, regular la construcción,  respetar la urbanidad de las circulaciones, penalizar el uso bastardo del suelo, etc. etc.  Mientras nada de ello se adopte las librerías cierran, los cines serán de tercera, y los teatros que apenas sobreviven se ven forzados a presentar espectáculos que complacen la vulgaridad. La gente, aquella que no pertenece a una “barra brava” lo piensa dos veces antes de ir a un espectáculo cultural, y si lo hace queda sujeta a innumerables problemas de movilidad, orden funcional, y público. ¿Cómo pueden las instituciones culturales sobrevivir por sí solas cuando son las autoridades de la ciudad las que han creado esos problemas, por falta de liderazgo?


Ese “liderazgo” es el mismo que, después de acabar con la ciudad desde La Alpujarra y  la Avenida del Río, se escapa los fines de semana para destruir Rionegro, La Ceja, y El Retiro en la misma forma como tugurizó a Medellín, es decir, con la codicia e insensibilidad que la especulación sa-crifica la calidad de vida de los demás, improvisando, excluyendo, creando insolubles problemas de desplazamiento e ignorando el medio ambiente. El derrame  está por todos lados. Mirar el Valle de Aburrá desde las lomas de Las Palmas, o la carretera a Guarne (mal llamada Autopista Medellín- Bogotá) es contemplar un Tsunami incontenible que no sabe dónde va ir a parar, en medio del cual, francamente, es un infierno vivir.


La visión de Sergio Restrepo, director del Teatro Pablo Tobón Uribe, responde a la realidad empresarial contemporánea: “Las empresas antioqueñas ya no pueden considerarse como tales. Son conglomerados con el centro de operación a veces desplazado de Medellín.  Muchas  tienen  sus propias fundaciones para aliviar obligaciones tributarias, y sus intereses son económicos, de lugar, y de marca. Les resulta conveniente asociarse con las mega-obras  que los gobiernos han venido financiando generando obligaciones de todo tipo que las hacen cada vez insostenibles, por lo que deben recurrir al sector privado. Las organizaciones independientes, como resultado, están compitiendo con el Gobierno por los recursos.  La oferta educativa en Colombia, además, es poco pertinente, porque responde a la rentabilidad, y no está en relación con la demanda y necesidad reales,  sino con el mercadeo y el sentido de oportunidad a que el individuo aspira para elevarse en el escalafón social, muchas veces a costa de su verdadera vocación”.


Para muchas organizaciones de la ciudad con objetivos que no caen en las macroagendas de las empresas multinacionales,  y no se  alinean con las del Gobierno  resulta extremadamente difícil dialogar con la generación actual de empresarios  antioqueños (de nuevo, hay excepciones),  con el fin de obtener  apoyo económico. Se invitan y no asisten a las reuniones, no se excusan, no pasan al teléfono, y no responden los correos.  Masivos recursos oficiales se destinan a proyectos de difícil auto sostenibilidad,  de corte social, lo cual no está mal en una ciudad de carencias tan profundas con la nuestra,  pero sí está mal cuando se cree que “sobar la cabeza” es suficiente para cumplir con la obligación de estimular la investi-gación y la creatividad, y crear oportunidades para ejercitarlas  como prerrogativa de todos, cosas que ya no es necesario demostrar benefician el desarrollo y la transformación (intelectual y material) de toda comunidad.


La ciudad ha crecido, física y demográficamente, y con ella, otras actividades que, desafortunadamente no se traducen en una mejor ciudad, y agravan exponencialmente los problemas porque las soluciones, cuando se proponen, no están diseñadas en relación a la magnitud de los conflictos. ¿Cómo explicar tantas facultades de arte, historia, sociología, psicología, antropología, comunicación, si no responden a una verdadera  necesidad para el enriquecimiento de la demanda y la corrección del comportamiento? ¿Cómo explicar el desembolso de recursos para obras multimillonarias que a los dos o tres años comienzan a desintegrarse y se convierten en esqueletos inoperantes, una vez se han conseguido los votos?  Nunca ha sido tan elemental el nivel intelectual de nuestros empresarios y dirigentes (otra vez, con algunas excepciones), y en relación directa nunca tan precaria la capacidad del “obrero cultural” para sobrevivir de su trabajo en un medio que sistemáticamente se desentiende de su contribución por considerar que está desprovista de valor agregado, rebaja los estándares de  excelencia en todas las actividades que caracterizan la formación íntegra del individuo,  y le descalifica para aportar su conocimiento a los demás. Medellín parece una ciudad manejada y habitada por retrasados mentales, -por última vez-, con algunas excepciones.