Palabra y obra

Moyano and a theater with earthy aroma
Moyano y un teatro con aroma a tierra
Autor: Daniel Grajales
27 de Mayo de 2016


El director del Teatro Tierra, Juan Carlos Moyano, en una conversación íntima sobre su vida y su trayectoria artística, a una noche de presentar en Medellín la obra Los cinco entierros de Pessoa.


Todo comenzó con el teatro. 


La dramaturgia le permitió quitarse las ataduras que le habían puesto sus compañeros del colegio, quienes le gritaban en la cara que su aspecto tenía dibujado el campo, que su forma de comportarse y vestirse traducía un aroma a tierra que hoy, a sus 57 años, con orgullo dice jamás quererse quitar. 


Juan Carlos Moyano se inició en el teatro en la infancia, en la década de 1970, cuando, sin pedirle permiso, su realidad se personificó en una puesta en escena que le llegó al colegio, sin que él comprara boleta. 


“La primera obra que yo vi en mi vida fue La ciudad dorada, de La Candelaria, en 1973, en el colegio. Me permitió conocer mi historia. Yo no entendía mi historia, me avergonzaba de mí mismo”, relata, con un sombrero negro en la cabeza, que no tiene pena de lucir en algún café de sociedad de Medellín, en los bajos de un teatro, donde cuatro niños bien vestidos quieren opacar su voz mientras planean cómo montarán allí mismo algún espectáculo. 


Para ellos y para otros que no lo conocen, Moyano se presenta sin miedo, con la certeza de que elegir el nombre de Teatro Tierra para su colectivo, con el cual comenzó hace casi tres decenios fue un acierto, una apología. 


“Soy hijo de una campesina desplazada de la violencia de los años 50, quien vivía en la zona esmeraldífera de Boyacá, fue arrojada al Tolima, que también estaba en una situación complicada, y luego terminó en Bogotá. ¿Mi papá?, por razones de la violencia del país, nunca supimos qué pasó con él. Mi mamá llegó a Bogotá embarazada, yo no lo conocí. Entonces, esa obra La ciudad dorada, que fue la primera creación colectiva del Teatro La Candelaria, cuenta, en ese estilo de crónica y reflexión histórica que ellos hacen, la migración de una familia campesina a la ciudad y resultó que eso se me pareció mucho a la vida mía”.  


En el colegio no la había logrado comprender muy bien, acepta, ya que se sentía “amedrentado por todo el bullying que me hacían, porque yo era un niño de características campesinas. Me decían ‘campero’, que quiere decir campesino, se burlaban de mi peluqueado, de mi ropa, porque mi mamá me vestía como visten a los niños en los pueblitos. Luego, con miradas más detenidas  a esa obra, me di cuenta de qué era lo que había pasado con mi vida, por qué no tenía papá, por qué mi mamá era una campesina”. 


Entonces, la decisión en la adolescencia no fue otra: “Yo a los 15 años comencé a hacer teatro y nunca he parado, me di cuenta de que era mi mundo, mi oficio, mi quehacer, le di prioridad por sobre todas las cosas y nunca he abandonado esta profesión. Lo hice de manera consciente y clara, no me arrepiento de ningún paso que he dado en el teatro, a pesar de que tengo errores y aciertos”, narra, mientras se acomoda el sombrero despacio. 


El paso siguiente de Moyano fue el amor, que en la maleta también traía el teatro. Él compartía la vida con Clara Inés Ariza, la mujer que lo motivó a crear el grupo de Teatro Tierra. 


“Yo había trabajado diez años con el Teatro Taller de Colombia, luego varios que no teníamos grupo nos integramos a un colectivo y a finales de la década de 1980 terminamos en el sur del país, para luego pasar a Quito, Ecuador. Entonces, mientras montábamos La tempestad de Shakespeare, con Clara Inés Ariza, quien en ese momento era mi compañera de vida, ahora somos compañeros de trabajo, pensamos en formar un grupo, necesitábamos un vehículo para decir cosas que habíamos aprendido en más de una década de trasegar con el teatro. Éramos jóvenes, pero ya estábamos en proceso de afirmación interior. Clara fue definitiva, se empecinó en construir un grupo. Dimos el primer paso, creamos la Trilogía del amor y la herejía, cuyas obras todavía presentamos hoy en día, casi treinta años después”. 


Para conocer cuál es el alma de Teatro Tierra, Moyano precisa que desde un comienzo supieron “que la literatura era una de las fuentes que teníamos. Quizás se debe a que me siento poeta, escritor, de hecho mi práctica literaria es parte del asunto teatral. A través de la literatura aprendí a apreciar el mundo. He recorrido el país palmo a palmo, lo he vivido, lo he reconocido. Mi interés por la temática de nuestra historia y nuestra memoria  es el otro ingrediente que compone el rumbo de trabajo que hemos elegido. Al único departamento del país al que no he ido es a Guainía. He hecho funciones, talleres, me he metido con la gente, he desenterrado temas, he hecho formación, en todos los demás”. 


Ante todo, resalta, que de su forma de hacer arte lo trascendental tiene que ver con que hace “teatro independiente, no dependo económicamente ni del Estado, ni de las empresas privadas, ni del gusto público. Buena parte de mi existencia son giras, que con los años hemos aprendido a montar en los lugares más remotos, desde Argentina hasta Estados Unidos, no sólo en Colombia. En Medellín, en la época de los 80, cuando se originó Barrio Comparsa, en el momento del narcotráfico, con El Gordo, estuvimos en las comunas, con la gente, haciendo teatro”. 


Por ello, una mujer en un tendedero, unas seis sábanas azules y naranjas colgadas en un patio, que bien podría ser en la Comuna 13 de Medellín o en San Victorino en Bogotá, y por qué no en algún caserón del barrio El Prado de Barranquilla; constituyen la estética visual que le sirve para contar la realidad del país, como lo hace en la obra Las víctimas de la guerra, de Soledad Acosta de Samper, en la que hay una mujer que está recordando la historia. En 1992, por ejemplo, hicieron la primera versión de Cien años de soledad, llamada Memoria y olvido de Úrsula Iguarán, y la presentaron en la Plaza de Toros La Macarena, en Bogotá, en Manizales, en Cali, en Ciénaga, en la plaza donde ocurrió la Masacre de las Bananeras. También dieron vida al llano en La Vorágine en la selva, con todo el recorrido del joropo. 


“El imaginario de ser colombiano es de raíz. Nosotros somos gente popular. Mi mamá era una campesina, mi padre un albañil, por eso el mundo de la cultura popular lo queremos ver claro, sin la precariedad que a veces se le pone, porque uno puede ser pobre en lo económico pero no en lo estético, uno puede ser subdesarrollado en la industria pero no el alma. El arte tiene que ver con el alma, con la creación, y ahí no hay espacio ni para la mediocridad ni para el desarrollo, si uno es artista”. 


Con todo el respeto que merecen “los maestros dramaturgos importantes que hay en el país: Enrique Buenaventura, José Manuel Freidell, Gilberto Martínez, Henry Díaz”; dice que hay muy “buenos dramaturgos en Colombia, pero no hay ningún dramaturgo que tenga la dimensión de José Eustasio Rivera, Gabriel García Márquez, en la poesía de Álvaro Mutis o Porfirio Barba Jacob. No hay un gran dramaturgo”, y con ello explica por qué sus obras, si bien han buscado afuera (ha montado obras como Los demonios de Fiodor Dostoievski o Nexus de Miller y ahora Pessoa), se han centrado en la literatura y la realidad popular del país.


Otro rasgo que no puede ocultar su Teatro Tierra es el de vivir muchas vidas, el de habitar muchos espacios, siendo uno mismo en estética: “En el trabajo creativo no hay reglas. En el teatro es posible que una persona haga sentir un espacio, un ambiente, una topografía, un estado de ánimo, sin necesidad de replicarlo literalmente, pero yo he sentido la necesidad de untarme del acontecimiento. Si vamos a montar La vorágine, tenemos que ir a conocer la selva, entonces le dije a mis actores que fuéramos a vivir con los indígenas que padecieron el tema de las caucheras, aprender a mambear, a pescar, inclusive perdernos en la selva. Parece un poco exagerado, extremista y no tiene porque ser así, pero a mí me gusta la aventura y si el teatro me lo permite es una respuesta a mi espíritu”. 


Sobre sus búsquedas en la realidad de Colombia, el dramaturgo cree que “lo que más me emparenta con la cultura y con la realidad de este país es la tragedia”. Es por ello que han logrado  su reconocimiento: “(…) Me acojo a los que han dicho del Teatro Tierra que están construyendo un lenguaje que es único en la dramaturgia colombiana”, son las palabras que, entre otros, pronunció sobre Teatro Tierra el dramaturgo y crítico Gilberto Martínez, director de Casa del Teatro de Medellín. 


Carlos José Reyes, historiador e investigador, considerado uno de los académicos teatrales más destacados del país y autor del libro Teatro y violencia en dos siglos de historia de Colombia, precisa que “Juan Carlos Moyano ha abierto con su teatro Tierra una fructífera vía de creación al efectuar singulares lecturas, más que simples adaptaciones de novelas de estilos muy diferentes, para concebir propuestas teatrales ricas en referentes y metáforas”.


“A mí este país me parece muy trágico en el sentido teatral”, vuelve Moyano, para quien “nuestra historia, nuestra memoria, nuestras existencias tienen mucho que ver con el concepto antiguo de los griegos sobre lo trágico: no es la tragedia patética y mediática que manejamos a diario, es la tragedia profunda de los pueblos que no han tenido la segunda oportunidad sobre la tierra. Uno analiza Cien años de soledad y es una tragedia, hay fracaso, mito, una imposibilidad tajante de superar el destino y termina sucediendo lo que está dictado por los dioses y las leyendas, por una realidad que nos desborda”. 


“El gran teatro del mundo de todos los tiempos, el gran teatro clásico griego y el teatro isabelino, son por esencia tragedias. La tragedia en el teatro permite hablar de la historia y del alma, con desenfado y claridad. Son trágicos hasta los dioses y no pueden dejar de ser trágicos los seres humanos. Es un concepto de la vida que no resulta necesariamente fatal, sino más bien inmensamente humano”. 


Finalmente, el director de Teatro Tierra no niega que son “herederos directos del teatro colombiano que comenzó su era moderna hace unos 60 años con Enrique Buenaventura y Santiago García. Sin ellos, el teatro que hoy en día se hace en Colombia no sucedería, ellos son orígenes que logran enlazar tradiciones escénicas del mundo y de Latinoamérica con lo que será posteriormente el teatro colombiano” y cierra con que elogia “la tierra, como objeto de alteraciones”.