Columnistas

Herencias fatales
Autor: Sergio De La Torre
22 de Mayo de 2016


No es exceso sino sobresaturaci髇 de normas y reglamentos lo que hay en Colombia. Y lo peor es el placer que derivamos en cultivarlas.

No es exceso sino sobresaturación de normas y reglamentos lo que hay en Colombia. Y lo peor es el placer que derivamos en cultivarlas. Al lado de su proverbial rudeza e insania, el morbo del santanderismo es la peor herencia que recibimos de los chapetones. En España creían que el derecho por su propia virtud bastaba para resolver los problemas de una nación rota desde sus orígenes y mal avenida entre pueblos que la integran a disgusto.


En esta edad moderna, que ya ajusta varios siglos, nuestros parientes peninsulares han vivido enredados en tan grande mentira o ilusión: la de que el derecho precede al hecho y por tanto la realidad social, maleable e impredecible por lo común, siempre se sujeta a la norma que quiere regularla. Pretensión vana como ninguna: allá la razón lógica y la experiencia milenaria demuestran que el orden de las cosas es exactamente el inverso. Los peninsulares son muy dados a engalanarse con vistosos atavíos y superestructuras jurídicas, impecables en el papel, que terminan estrellándose contra una realidad que no se deja domesticar. Después del Quijote y sus quimeras, el más patético y frustrante ejemplo de su viciosa propensión a erigir castillos en el aire fue la Constitución de Cádiz, que en su momento solo sirvió (hay que abonárselo) para sembrar la semilla de la discordia y despertar la tentación emancipadora en las colonias latinoamericanas. Ante la deslumbrante novedad de Cádiz, se contagiaron del germen libertario y, envalentonadas, se alzaron contra la Metrópoli en pos de la independencia.


Dicha Carta fue emitida en un arrebato de entusiasmo, bajo la influencia de la revolución francesa y de la invasión napoleónica que la siguió. Invasión que destronó a una monarquía ya desgastada, para remozar a España transplantándole de Francia instituciones y valores inspirados en la Ilustración. Mas a la larga todo se redujo a la utopía fugaz que no alcanzó a florecer porque los poderes que sustentaban al antiguo régimen todavía respiraban, resistiéndose al desalojó que les prescribió el Emperador, cuyo hermano José , con todo y los desacuerdos seculares de una nación tan dispar como España, no contó con el arrojo de sus regiones y comunidades más ariscas y levantiscas . Ni contó con la Iglesia Católica, socia de la monarquía, la cual pronto pudo recuperar el cetro y reconquistar, así fuera por breve tiempo y a medias, los dominios de ultramar recién perdidos.


Ya libres de la coyunda de los chapetones, perdimos algunas de sus virtudes pero conservamos intactas y mejoradas sus dos grandes taras, arriba citadas. En particular la manía abogadil, el culto por los incisos, la expedición o deyección continua de códigos y leyes que no se aplican, la masoquista afición por el papeleo estéril, por los requisitos inoficiosos y repetidos. Tan pernicioso todo ello como la gratuita belicosidad atrás señalada, que nos diferencia del resto en el vecindario. Recordemos que fue un pequeño pleito por la propiedad de un florerito, el de Llorente, lo que desencadenó el Grito de Independencia. Nadie nos supera en el mundo en cantidad y ubicuidad de abogados, jurisperitos y jurisconsultos. Y sin embargo peor librados que nosotros en las querellas limítrofes no hay nadie en el planeta. ¿Cuántas fracturas y guerras civiles no nos habríamos ahorrado aquí si no nos hubiéramos dejado llevar por los exégetas, intérpretes y descifradores de parágrafos que proliferan en la capital ¿Y ahora que tenemos la paz a la vuelta de la esquina nos da por enfrascarnos en una faena llena de rabuleo, de danzas y contradanzas cuyo ritmo y secuencia no captan ni sus propios promotores? Juzgando por los resultados hasta ahora, diríase que los iletrados comandantes guerrilleros resultaron mejores abogados que nuestros delegados en La Habana. Lo más simpático, lo más colombiano del tortuoso recorrido en comento es que, como corolario final (valga la redundancia) el Presidente deberá viajar a Nueva York a pedirle al Secretario de la ONU que le dé la bienvenida al acuerdo, para que quede en firme. Fieles a nuestra sempiterna tradición todo lo rematamos con extrañas ceremonias. Pues lo que importa siempre  es la prevalencia de lo formal sobre lo real y sustantivo.