Columnistas

SIC: sombras de los carteles
Autor: Rubén Darío Barrientos
19 de Mayo de 2016


Hablar en Colombia de los carteles de pañales, cuadernos e higiénicos, es llover sobre mojado. Referirse a las prácticas aviesas y a fijaciones de precios non sanctas, es volver sobre lo mismo.

Hablar en Colombia de los carteles de pañales, cuadernos e higiénicos, es llover sobre mojado. Referirse a las prácticas aviesas y a fijaciones de precios non sanctas, es volver sobre lo mismo. Aludir estructuras torcidas que causan rabia entre los colombianos, es repetir un trillado discurso. Sin embargo, en medio del show de la actuación de la Superintendencia de Industria y Comercio, tan desafortunada como olímpica en no pocos aspectos, quedan atarugadas algunas situaciones que no son de dominio público y que bien la pena examinar.


Una primera, tiene que ver con que la SIC se ha llevado los aplausos y ha recogido laureles por su profunda, insondable e histórica tarea investigativa. Ello no es cierto. Si aquí no hubiera ocurrido una delación (sapeo), las cosas estarían iguales. Todo comenzó porque un exfuncionario de una de las empresas enjuiciadas, fue y habló. Y luego Kimberly confesó, delató y entregó el material que respaldaba su admisión. La Delegatura de la protección para la competencia lo que hizo fue lo fácil: leer 700 correos electrónicos, mirar las pruebas de unas 20 reuniones celebradas, nutrir los medios de ésto y llamar a las personas a que ratificaran sus actuaciones dolosas. 


Todo, pues, se le entregó en bandeja de plata. Pero nunca una superintendencia había hallado nada al respecto, no obstante la práctica desleal de varias décadas. Y esta entidad tampoco lo había hecho, lo que pasa es que Robledo tuvo la suerte de que le llegó en paracaídas todo. No estoy diciendo que se minimiza la gravedad de las faltas, sino que estoy aseverando que la chiripa acompañó al Superintendente, al que le hicieron el trabajo desde la propia base de la cartelización. Por eso, tanta zalamería con la SIC no tiene razón de ser en la medida en que nunca hizo pesquisas para encontrar la existencia de estos carteles. 


Una segunda, es la actitud populista e irresponsable del superintendente Robledo, quien estando crudo en el inicio de los pliegos de cargos, divulgó ruidosamente listados de funcionarios de las empresas implicadas en un número superior a 40 personas, sin llegar a constatar actuaciones ilegales en el marco individual. Las consecuencias fueron funestas: despidos, vetos para llegar a enganches con otras compañías, señalamiento público de corruptos, vergüenza para salir a la calle, etc. Ahora, de manera olímpica, Pablo Felipe Robledo dice que va a sancionar solo a la tercera parte de esa especie de “lista Clinton”, cuando ya el daño está hecho. Incluso, muchas personas del listado macabro, ni siquiera han sido oídas (indebido proceso y ausencia del derecho de defensa). 


Y una tercera, se refiere a que quienes sean absueltos, después de semejante temeridad, pero ya tengan el “inri” de ser unos corruptos, demandarán por los perjuicios materiales y morales causados con cifras llenas de ceros. Y que se sepa que los abogados que tienen no son cualquier perita en dulce: están en el gran ranking de los poderosos. Y allí Robledo será crucificado por su afán veleidoso de mostrar gestión, pero del bolsillo de los colombianos saldrán las sanciones pecuniarias que tendrá que asumir el Estado.


¿Por qué será que el protagonismo supera la sensatez? ¿Qué le costaba a Robledo no dar nombres inicialmente y decir a secas que esto estaba en su fase de investigación preliminar? El lunes, el funcionario dijo que “se correrá traslado por 20 días hábiles a todos los investigados a fin de que presenten sus observaciones en ejercicio del derecho de defensa. Y luego se tomará la decisión”. Se juntaron el morbo periodístico, el juicio apriorístico de la ciudadanía y el populismo de Robledo quien quiere pasar a la historia como el más de los más, igual que su jefe Juampa.