Columnistas

Consumatum est
Autor: José Alvear Sanin
18 de Mayo de 2016


Ambas “altas partes” conjuradas han llegado finalmente a un entendimiento completo. Apelando a una arriesgada analogía con el derecho internacional, dicen haber celebrado un “acuerdo especial humanitario”.

Ambas “altas partes” conjuradas han llegado finalmente a un entendimiento completo. Apelando a una arriesgada analogía con el derecho internacional, dicen haber celebrado un “acuerdo especial humanitario”. En cierto modo así es, porque se suscribe entre un grupo armado al servicio del gobierno cubano y el Estado colombiano, y porque fue redactado por un chapetón picapleitos (Enrique Santiago) y una raposa jurídica bogotana (Álvaro Leyva)…


Ese “acuerdo”, inmodificable y perpetuo, redactado por los grandes y bien remunerados rábulas de las Farc y aceptado íntegramente por el gobierno colombiano, contenido en varios centenares de puntos ambiguos por obra y gracia de las firmas igualmente eficaces de un presidente y un narcoterrorista, dizque ingresa automáticamente al “bloque de constitucionalidad”. 


Nadie sabe a ciencia cierta lo que es tal bloque, de límites en continua expansión, que en nada se parece al elemento rígido, pétreo, de concreto o de mampostería, porque como trapisonda jurídica lo que verdaderamente significa es el chorro fétido de albañal con que la Corte Constitucional lava todo, para legitimar y estimular la drogadicción, la eliminación de la vida inocente, el matrimonio gay, y para establecer conexidad entre el narcotráfico y los delitos de lesa humanidad con el llamado “delito político”, con la finalidad de asegurar la impunidad de la cúpula narcoterrorista (al fin y al cabo cursa el proyecto de ley de honores para erigir la estatua de Carlos Gaviria, numen tutelar de la Corte Constitucional). 


Con ese “acuerdo” las Farc aceptan recibir el Estado y el gobierno acepta entregarlo. Solo falta la inmunda ceremonia final, ya ensayada con el encuentro entre Santos y Timochenko confundidos en estrecho y triple abrazo con Raúl Castro. 


El presidente Santos, en su mendaz explicación del blindaje, afirma que finalmente las Farc, después de cincuenta años, han reconocido la legitimidad del Estado colombiano. Cómo no van a “aceptarla”, si el presidente es un infiltrado; si su dócil mayoría en el Congreso está envilecida por dulces cupos indicativos y amordazada por la inmoral ley de bancadas; si el Legislativo aprobará los plenos poderes habilitantes para refundar el Estado de conformidad con lo impuesto por las Farc; si la Corte Constitucional ya prevaricó admitiendo el solapado memorial de Montealegre e invitando a las Farc a opinar en materia constitucional…


Dos siglos de constitucionalismo colombiano, afortunada amalgama de cristianismo, Ilustración y democracia liberal, desaparecen con dos firmas, un Congreso cómplice y una Corte proterva.  Y si finalmente se celebra un plebiscito amañado e incompetente para la refrendación de la entrega del país y su conversión en un narcoestado comunista, el gobierno tendrá suficiente tiempo y dinero para desorientar al país y conseguir un raquítico 13% para la aprobación del engendro. 


Hasta la firma, las Farc asesinaron, extorsionaron y narcotraficaron, y después de ella continuarán haciéndolo y además ingresarán al organismo suprajudicial omnipotente, a través de la inconcebible “justicia especial de paz”.


Y en 2018, cualquiera que llegue a la presidencia estará inevitablemente atado, sea Vargas Lleras, el mudo; sea Humberto, el cómplice; sea Petro, el inepto; a menos que los dos que mueven los hilos nos receten como títere a uno de los más recientes aspirantes: el aparente bobo de Juan Manuel Galán o la reencauchada Loca Margarita.


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Poco convincentes los ataques de quien alega su propia virtud contra los pecados que atribuye a sus contradictores. La traición a sus promesas electorales; la vinculación, jamás desmentida, con las redes cubanas; el hermano guerrillero del Chicó, y el otro, contertulio de los Rodríguez Orejuela, no son propiamente motivos para jactarse como paradigma, para no hablar de la sustitución de cierto testamento…