Columnistas

La paz del Papa
16 de Mayo de 2016


Me sumo a la paz. A la paz que le propuso el Papa Francisco a los colombianos, en carta fechada el 31 de marzo de 2015.

Diana Sofía Giraldo


Me sumo a la paz. A la paz que le propuso el Papa Francisco a los colombianos, en carta fechada el 31 de marzo de 2015. “Una paz desde la perspectiva de las víctimas, con un compromiso para que se restaure su dignidad, se reconozca su dolor y se reparare el daño sufrido”. El escenario para esta sanación son los Hospitales de Campo.


¿Y qué es un Hospital de Campo? En palabras del Pontífice, “el lugar seguro donde se pueden reencontrar quienes experimentaron atrocidades y quienes actuaron desde la orilla de la violencia. Que en la iglesia todos hallen sanación y oportunidades para recuperar la dignidad perdida o arrebatada. Que allí se haga posible el arrepentimiento, el perdón y la decisión de no reproducir nuevamente la cadena de violencia”.


Frente al proceso de paz que se adelanta en Colombia con las Farc, se pueden tener grandes y profundas diferencias en cuanto al cómo, lo que no podemos hacer es quedarnos cruzados de brazos frente a la posibilidad de contribuir a la paz verdadera, la que es posible tejer, precisamente, en las periferias del dolor.


¿Es posible poner en práctica este modelo de sanación que nos propone Francisco? Sí. Un grupo de más de 100 personas, entre las que se encontraban víctimas del Eln, las Farc y las Auc, y victimarios, en proceso de reinserción de estos mismos grupos armados ilegales, acompañados de sacerdotes y laicos comprometidos. Nos sumergimos en un retiro espiritual, en un “Hospital de Campo”. Animados por el Cardenal Rubén Salazar y el Nuncio Apostólico Ettore Balestrero, asumimos el riesgo de mirarnos a los ojos, de dignidad de hijo de Dios a dignidad de hijo de Dios, y aplicar los primeros auxilios espirituales, mediante el “apostolado de la oreja” y tomando la medicina que lo cura todo: La Misericordia…


Frente a una niña que perteneció a las Farc, que fue arrebatada del calor del hogar a los 14 años, cuya mirada denota el profundo vacío de vida, de vida que no pudo ser, de desesperanza y desolación, la única opción posible fue abrazarla.


Nadie nos dijo que fuera fácil. Frente a las continuas interpelaciones del Papa, lo único que no podemos hacer es quedarnos cruzados de brazos, frente a la posibilidad que tenemos de empezar a construir la paz verdadera.


Perdonar es un acto individual, y no se puede exigir por decreto. Y perdonar no significa renuncia de los derechos de las víctimas. Pero como la vocación de perdón de las víctimas colombianas es tan grande, es posible pedir la gracia divina de perdonar y pedir perdón, con el perdón de Dios. El gesto precede al sentimiento de abrazar y reconocer a otro y el proceso mental es posterior.


Es tan sanador escuchar la historia de vida de un ex victimario en proceso de conversión, conocer sus dolores más profundos, sus miedos, sus inseguridades, y verlo pedir perdón, asistido por “la gracia de sentir vergüenza” que hasta el corazón más duro queda estremecido. Y es quizás mucho más purificador, para propiciar ese encuentro, que quiénes ocasionaron el  horror, como sucedió en Machuca, escuchen durante horas el relato presente y demoledor que se conserva intacto en la memoria de María Cecilia Mosquera, quien jamás pudo olvidar cómo perdió incinerados frente a ella a su esposo y tres hijos. Las lágrimas del victimario nos devuelven la esperanza… es la dignidad de hijo de Dios que empieza a ser rescatada para el cielo.