Columnistas

La salud y la registradora
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
10 de Mayo de 2016


No ha sido posible hasta ahora una definición universalmente aceptada del concepto “salud”.

No ha sido posible hasta ahora una definición universalmente aceptada del concepto “salud”. Por infinidad de razones ideológicas, por una red de intereses e implicaciones económicas y políticas, quienes se atreven a estudiar el tema ponen en el escenario varias discrepancias y enfoques. Algún autor contemporáneo se refiere a la salud como un bien tan misterioso y difícil de definir que sólo se tiene conciencia del mismo cuando se pierde. Quizás esta aguda observación esté en consonancia con el comentario del cirujano francés René Leriche: “…la salud está en el silencio de los órganos”. 


Muchos, con diversos argumentos, se han aproximado al concepto. Pocos de modo tan preciso como Alcmeón -quien unos cuantos siglos antes de nuestra era la entendió como “equilibrio de las potencias”-. De acuerdo al pensamiento contemporáneo, aquella idea clásica se acerca al sentido biográfico de la realidad del enfermar y morir, tal como lo entienden estudiosos de la talla de Pedro Laín Entralgo, y entre nosotros, el profesor Ramón Córdoba Palacio; coherentemente con su aporte de ideas puede afirmarse que la salud es “un hábito psico-orgánico puesto al servicio de la vida y la libertad de la persona”. Este enfoque reafirma la importancia individual, concreta y existencial de las aristas que toca el problema de la definición.    


La salud es, en todo caso, algo diferente a atención médica, y a disponibilidad de tecnologías médicas. Son conocidos los efectos negativos de los procesos de comercialización de determinadas técnicas, las consecuencias de la medicalización de la vida y la sociedad, las realidades no desdeñables de la iatrogenia y del elevadísimo crecimiento de los costos económicos del funcionamiento de los sistemas sanitarios. Hace casi 50 años se expresó la ley de Hart o Ley de los cuidados inversos: “La disponibilidad de la buena atención médica tiende a variar inversamente a la necesidad de la población; más intensamente donde la atención médica está más expuesta a las fuerzas del mercado”. 


Esto señala un hecho: la disponibilidad de servicios y tecnologías aplicables en el sistema administrativo es algo diferente al propio concepto de salud. De mismo modo que la “cobertura en salud” dispuesta por las normas es algo intrínsecamente diferente a la salud. Políticos, legisladores, funcionarios, comerciantes, publicistas, expendedores de fármacos y tecnologías, habrán de defender sus determinados intereses y compromisos, no “la salud”. Y los intereses comerciales incluyen –es otra realidad conocida- la compra venta de servicios y técnicas. Ello no necesariamente indica una mejoría en salud. Indica, eso sí, el cierre y apertura en millones de ocasiones de cajas registradoras que ingresan y egresan montos monetarios y facturas. Este es uno de los hechos que ponen de manifiesto las desviaciones a que han llegado las discusiones sobre temas sanitarios, cuando por décadas, se han delegado en tecnócratas y economistas que se consideran idóneos para imponer sus preferencias ideológicas a una nación.


Aparentemente hemos olvidado aquellos determinantes resumidos por Marc Lalonde: el estilo de vida -modificable, tal como es realmente una dieta: un modo de vivir-, la biología humana, -determinada en parte por nuestra carga genética-; el sistema sanitario -que no es “la salud” sino uno de sus aspectos-; y el entorno ecológico. Como se expresó en la carta de Ottawa, no hay salud si no hay: alimentación, educación, renta, paz, vivienda, justicia social y medio ambiente favorable.  


Recientemente algunos autores, acercándose al peligroso borde de pretender cuantificar la salud, al menos amplían las consideraciones adicionales que le son propias: la capacidad de auto-gestión, el auto-control, la adaptación, y la consideración de aspectos físicos, sociales, emocionales en este ejercicio dinámico del existir (Huber y otros, BMJ 2011;343 d:4163).


Cualquiera sea la definición, la salud es un bien que se degrada y deforma si es entendido meramente como la explotación comercial de logros y artefactos derivados de la tecno-ciencia; imaginando que aquellos medios se ponen al servicio del ser humano puede obtenerse el resultado contrario a su original razón de ser. La aplicación abusiva y carente de un genuino contexto humano de la tecnología se vuelve contra el propio hombre, tal como se relata en bella metáfora en la obra “2001: una odisea espacial” de Arthur C. Clarke, convertida con el apoyo del autor en inolvidable película por Stanley Kubrick: la omnipresente computadora, HAL 9000, pretende tomar el control de la misión y consigue aniquilar a la mayoría de los astronautas, quienes se convierten en una amenaza contra los objetivos incrustados en la programación inicial del cerebro electrónico. Solamente un ser humano, valiente y consciente de sus más elevados fines, es capaz de poner la nave en el rumbo correcto, desconectando cuando es necesario las tarjetas claves del ordenador. Es el último sobreviviente.