Columnistas

Títulos académicos
Autor: Pedro Juan González Carvajal
3 de Mayo de 2016


Por estos días se cuestiona en la prensa capitalina el hecho de que el alcalde de Bogotá, Peñalosa, y el exalcalde Petro presentan credenciales académicas como doctores, sin serlo, lo cual no deja de ser una estafa.

Por estos días se cuestiona en la prensa capitalina el hecho de que el alcalde de Bogotá, Peñalosa, y el exalcalde Petro presentan credenciales académicas como doctores, sin serlo, lo cual no deja de ser una estafa. Una cosa es comenzar un estudio de cualquier nivel académico y otra es obtener el título. 


Partiendo de la buena fe y con la idea de promover la investigación en Colombia, el Ministerio de Educación Nacional y Colciencias, han impulsado una agresiva campaña para que las Instituciones de Educación Superior, vinculen docentes con el título de Doctor dentro de su nómina, para fomentar la investigación dentro de sus diferentes programas con Registro Calificado y a nivel institucional.


Lo anterior, que suena lógico y loable, lamentablemente no garantiza los resultados esperados, primero, porque no todos los doctores quieren trabajar en la investigación, sino en alguna de las actividades requeridas en el proceso de formación, y segundo, porque no por ser doctor, se es investigador.


El impacto más severo se ve en la rapiña interinstitucional por lograr contratar los doctores que todavía, en número, son bajos en Colombia, privilegiando la cantidad sobre la calidad.


Esto ha llevado también a cierta perversión en el sistema educativo, ya que el exceso de demanda, aunado a la escasez de oferta, ha generado que en el sistema se “produzcan” posgraduados en un menor tiempo, con los impactos de calidad que ellos generan. De manera simple recordemos que una Especialización sirve para profundizar en un área de conocimiento. En mi época como estudiante, una Especialización duraba entre 1.5 y 2 años: Hoy se hace en uno. Ahora bien, las Especializaciones como posgrado son reconocidas únicamente en Colombia. En otros países son Cursos de Extensión, equivalentes a un Diplomado más largo.


En una Maestría se estudian las teorías vigentes. Como estudiante, una Maestría duraba entre 3 y 4 años. Hoy se hace en dos. Y el Doctorado, que pretende aportar nuevas teorías o demostrar alguna hipótesis, duraba mínimo 5 años y hoy se hace entre tres y cuatro años.


A todo lo anterior hay que añadir que hoy se ofrecen estos programas como cursos virtuales a nivel internacional, donde todos estos tiempos se reducen a la mitad, lo cual no deja de ser llamativo, ya que de un día para otro, un profesional comienza a ostentar su título de Magister o Doctor, muchas veces sin ser reconocido por el Ministerio de Educación Nacional. 


Para colmo de males, la mayoría de los profesionales hacemos nuestros posgrados mientras trabajamos, es decir, no los hacemos de tiempo completo o dedicación exclusiva como debería hacerse y como solo lo pueden hacer aquellos que trabajan en universidades o acceden a becas. Si no hay dedicación exclusiva, la real posibilidad de investigación, que es la esencia de un posgrado, no se cumple.


Mientras todo lo anterior sucede, seguimos obsesionados con el tema de la cobertura y apenas recientemente se habla de la calidad, sin que tampoco esté claro este atributo qué alcance tiene y cuáles son las condiciones básicas para lograrlo. Antes nos encantaban los espejitos, hoy nos dejamos descrestar por la Doctoritis.


Imposible dejar pasar los 400 años de la muerte de Cervantes. Rescatemos del olvido un fragmento de poema de algún admirador del Manco de Lepanto: “La emblemática palabra / tan contundente e hirsuta / la inventó un célebre manco / y es la palabra “Hideputa””.