Editorial

Alianza para la apertura
2 de Mayo de 2016


Con apoyo del país, esa costa está llamada a una historia escrita en la defensa de la vida, la equidad y la sostenibilidad.

Con la desgravación arancelaria del 92% de los bienes y servicios que hoy son objeto de intercambio entre Chile, México, Perú y Colombia, así como el compromiso de lograr la liberalización de los mercados en 2030, la Alianza del Pacífico ha dado un paso definitivo hacia su maduración como proyecto de integración regional entre países latinoamericanos abiertos al diálogo con los grupos de naciones del Pacífico, y con el mundo.


A la fecha, los países de la Alianza del Pacífico siguen avanzando para consolidar los proyectos hacia la integración ya acordados. Como pionero del proceso, el Mercado integrado latinoamericano, Mila, tiene ya 712 emisores de títulos valor para el grupo de países y doce fondos de inversión que realizan sus negocios a través de las bolsas integradas, y el volumen de sus transacciones crece mes tras mes. El exitoso acuerdo bursátil ha aclimatado el fortalecimiento del Consejo Empresarial, y ha inspirado el avance en los acuerdos de educación, cooperación y migración. Quedando todavía muchas decisiones pendientes en materia de integración de ciudadanos y laboral, hay cumplimiento de cronogramas en el proceso que inició consultas en 2010 y sumó voluntades en abril 2011, cuando los jefes de Estado reunidos en Lima acordaron “avanzar progresivamente hacia la libre circulación de bienes, servicios, capitales y personas”. 


Es justa la satisfacción de los gobiernos, entre ellos el colombiano, por los avances sin declive del bloque de países latinoamericanos con costa en el Pacífico, economías complementarias y firme vocación de respeto a las libertades democráticas. Estos pasos pueden ser el aliciente que Colombia ha necesitado para reconocerse como país con costa en los dos océanos con mayor desarrollo y potencialidades: el Atlántico, al que se viene integrando, y el Pacífico, que nos abriría las puertas de un hemisferio que aún no conocemos.


Con cuatro departamentos vinculados, entre ellos el tercero más próspero del país; el principal puerto marítimo en sus aguas, y una extensión de 1.300 kilómetros, la costa Pacífica colombiana está llamada a romper con su historia de abandono, corrupción y preeminencia de grupos criminales, encabezados por las Farc. Con apoyo del país, esa costa está llamada a una historia escrita en la defensa de la vida, la equidad y la sostenibilidad. En marzo de 2014, llamamos a reconocer el potencial de Buenaventura en la Alianza; cuando se discutía que Cali se hubiera omitido como sede de la reunión de jefes de Estado del bloque reclamamos mirar al puerto del Pacífico y llamamos a “que Colombia trate a esa ciudad del Valle del Cauca no como sede de una cumbre de presidentes sino como la capital de la Alianza del Pacífico”. Transcurridos dos años, el puerto sigue padeciendo la incidencia del narcotráfico, las dificultades de acceso y la criminalidad enseñoreada de sus calles.


Dotar a las ciudades vecinas al Pacífico con las capacidades que les permitirán participar del proceso de integración que avanza, abrirá posibilidades de aprovecharlas como puntales hacia el proceso de globalización que Colombia podrá emprender gracias al mejor aprovechamiento de su membresía en esta Alianza. La posibilidad de aprovechar la Alianza como mecanismo de diálogo con el resto del mundo es defendida por los jefes de Estado, que en su comunicado sobre este último paso reconocieron que “uno de los objetivos de esta nueva etapa será insertarse en las cadenas regionales y globales de valor (…) De esta manera exportar productos más competitivos a los mercados internacionales, con especial énfasis al Asia-Pacífico”. En este camino, guardamos las mejores esperanzas por el intercambio comercial que se anuncia como fruto de este diálogo con los vecinos y del bloque con el Foro de Cooperación Asia Pacífico -Apec-, con el que iniciaron diálogos informales. Pero también tenemos las mejores expectativas por las lecciones que podremos aprender de sociedades que han logrado desarrollo económico pleno, consolidación de la identidad cultural, además de ejemplares procesos de reconstrucción y reconciliación, tras los horrores de la peor de las guerras de la humanidad, entre ellas la japonesa.