Columnistas


Transfugismo superior
Autor: Sergio De La Torre
1 de Mayo de 2016


Son inherentes a la pol韙ica colombiana el contrasentido y la incoherencia. En ella casi todo es contrapuesto, invertido, al rev閟.

Son inherentes a la política colombiana el contrasentido y la incoherencia. En ella casi todo es contrapuesto, invertido, al revés. Como, verbigracia, en los días de la Patria Boba, cuando nuestros antepasados pugnaban por abrirse un horizonte forjando su propia identidad, sin la tutela de España. Pero ignorando qué tipo de sociedad querían, confundiendo sus propias apetencias, mezclando modelos dispares Y, entre bandazos y cabriolas, sumidos en el caos más disparatado, que con sus insensateces ellos mismos alimentaban, lo peor era que nadie, entre propios o extraños, entendía lo que sucedía en torno. Tampoco olvidemos la peculiar solemnidad que nos legaron y que nunca nos abandonó, cuya más patética, pertinaz demostración es el santanderismo, que ya afloraba, aún antes de que el prócer irrumpiera como la gran figura del país naciente, la más conspicua al lado de Bolívar. Toda empresa o ensayo que el gobierno, o cualquiera de los bandos en liza acometiera, terminaba mal, y envuelta en el ridículo. Hacer lo opuesto a lo que se predicaba era la regla. Muy merecidamente entonces la llamaron “boba”, por ser una patria a la deriva. Aunque, en rigor, la boba, por su miopía y costosa irresponsabilidad era la élite que nos dejaron más o menos instalada las Cortes. Elite criolla, portadora de sus mañas, su beatería y su inocultable provincianismo, que en la propia península enfrentaba los vientos renovadores que a la sazón soplaban por Europa.


Y hablando del santanderismo, este no es más que la disposición nativa a sacrificar la lógica, la sindéresis, y a veces la misma normalidad y el bienestar, en aras de las normas escritas, rimbombantes, improvisadas, inocuas, petrificadas y que por lo común no responden a ninguna necesidad institucional o social, ni a nuestra propia índole, todavía en gestación o primera maduración, vale decir impúber cuando en ese momento germinal adoptábamos esa pomposa normatividad primigenia que nos rigió. ¡Cuánto daño nos ha causado por un lado el fetichismo de la ley, entendida en cualquiera de sus rangos, y por el otro el rastacuerismo, o sea la imitación maquinal y servil de lo foráneo, sólo por serlo!


De todo lo anterior deriva la comedia a que quedó reducida la acción política nuestra, que se decide en el altiplano pero compromete a la nación entera, incluida su inestable, decreciente periferia. Desde los tiempos del inefable Frente Nacional el gobierno central suele ser incompetente, errático, censurable. Pero la oposición es peor. De la crónica inconsistencia de la política sobran pruebas. Al mismo Santander, por ejemplo, viciosamente apegado a la letra de la ley en desmedro de su espíritu, cauto y puntilloso siempre, lento y parsimonioso con las correcciones y enmendaduras que demandaba la primavera de la Independencia, se le tenía por liberal. En cambio a Bolívar, librepensador, jacobino y hasta subversivo si fuera el caso, cuestionador de los cánones establecidos y las ideas dominantes, nada religioso por principio y, según cuentas, agnóstico, lo clasifican como el primer gran conservador que hubimos. Tal clasificación (contraria a los dichos y hechos de su vida pública y privada, en tiempos tan arrevesados como los suyos) vista en perspectiva es todo un contrasentido.


Otro ejemplo de incoherencia en nuestra política es Núñez, quien iniciado en el Olimpo Radical anticlerical que promulgara la Constitución laica y federalista del 63, acabó dando una voltereta de 180 grados en ancas de la Regeneración, traicionando su ideario hasta parir la Carta ultramontana, conservadora y centralista del 86, con el Concordato añadido. Además montó la más larga hegemonía azul de nuestra historia.


Pero como corolario a este accidentado, tortuoso siempre (en lo ya cumplido y en lo que nos falta por cumplir de él) e impredecible recorrido ¿qué tal el espectáculo que ahora da el Polo con su caudilla dejándose cooptar en el gabinete del presidente Santos, mientras su partido la desautoriza clamorosamente, olvidándose de que él mismo ayudó a reelegirlo hace 2 años? Para cerrar estas notas algo diremos la próxima vez sobre éste, el último episodio de nuestra sempiterna comedia.