Columnistas

La política como servicio
Autor: Jorge Alberto Velásquez Betancur
28 de Abril de 2016


La vida cotidiana de los ciudadanos está marcada por la política, así la mayoría quiera darle la espalda y algunos ni siquiera lo sospechen.

La vida cotidiana de los ciudadanos está marcada por la política, así la mayoría quiera darle la espalda y algunos ni siquiera lo sospechen. Para construir y fortalecer un sistema democrático, les corresponde a las instituciones sociales, como la familia, la escuela y el Estado, promover la conciencia de lo público para que la vida en común sea lo menos tormentosa posible y, en cambio, las acciones de cada día ayuden a robustecer los lazos de relacionamiento y la convivencia sea un propósito colectivo. Lograr la satisfacción de las necesidades básicas puede ser mejor si vivimos bien con nuestros vecinos y con la naturaleza.


Bajo la premisa de que la política nos afecta a todos, por activa o por pasiva, no se entiende el desinterés de la ciudadanía hacia lo político. El desprestigio de la política crece en los diferentes países causando el rechazo generalizado de la población hacia las instituciones propias del Estado de Derecho, aunque en muchos casos el desprestigio de partidos y personas es bien ganado, bien porque los gobiernos incumplen sus promesas electorales o porque confunden el ejercicio de lo público con un privilegio privado y no como lo que es: un servicio público.


La política es un servicio, que se vive desde la convergencia, desde la búsqueda de consensos y acercamientos para el logro de propósitos comunes que beneficien al conjunto de la sociedad. Sabemos, sin embargo, que no faltan quienes la sienten y la practican desde el rencor y desde la confrontación imparable, con discursos de odio que dividen a la sociedad y la distraen de sus objetivos comunes, mientras disfrutan de los rumores, las descalificaciones y las afrentas, para ganar audiencia en los medios y en los tribunales de la opinión pública, siempre tan dúctil, esquiva y pasajera.


La política del servicio es duradera. La política de la soberbia, la descalificación y la confrontación se marchita pronto. Y cuando no hay ideas, hay que buscar enemigos en quienes somatizar estas carencias. Cuando se quiere ganar prestigio mediante el ataque continuo, la guerra verbal y la descalificación, la vigencia pública no es propia sino prestada: depende de cuánto dure el debate público o de la intensidad de la guerra verbal. Los políticos que viven del veneno se envejecen rápido, la gente los hace a un lado porque no tienen nada bueno para mostrar y, en cambio, por donde pasan solo dejan odio y cizaña. Siembran esterilidad. Como Atila, de quien se dice que por donde pasaba no volvía a crecer la hierba.


Para la ciudadanía, la política debe ser una voz de esperanza, un impulso permanente, un punto de apoyo en la lucha diaria por el sustento. No hay un propósito mejor qué trabajar por el beneficio colectivo, entendiendo la política como un servicio. Si así se viviera por todos los servidores públicos y por la comunidad, la convivencia no sería una utopía, sino una realidad amable.