Columnistas


Rostros, rastros y restos de la guerra
Autor: Álvaro González Uribe
23 de Abril de 2016


El rostro humano con los rasgos del momento o la época vivida es el relato del alma de cada uno, del cúmulo de sentimientos: dolores, alegrías, esperanzas, desconsuelos, miedos, frialdad, maldad, indiferencia.

El rostro humano con los rasgos del momento o la época vivida es el relato del alma de cada uno, del cúmulo de sentimientos: dolores, alegrías, esperanzas, desconsuelos, miedos, frialdad, maldad, indiferencia.


La guerra tiene varios rostros, tantos cuantos modos de participar en ella existen que son muchos. Es que la guerra no es solo la de los campos de batalla. Esta es su faceta más atroz, sí, pero la guerra es una sucesión larga de hechos diversos, es un camino que empieza un día a formarse y sigue su curso, no siempre de sangre y destrucción pero sí con estas incubándose y latiendo.


Se habla mucho, y con razón, de que el proceso de paz con las Farc ha carecido de una mayor y mejor comunicación y pedagogía para que los ciudadanos conozcan y comprendan el contenido de los acuerdos. Además, en tanto tiempo de proceso la comunicación y la pedagogía han sido perturbadas por las hábiles diatribas de la guerrilla, por la parquedad y a veces torpeza del Gobierno y por la confusión creada por la oposición al proceso. Es que también la información, la desinformación, la mentira, las promesas, las amenazas, la exageración, la calumnia y hasta las palabras de esperanza son armas de la guerra y modos de negociación. El lenguaje y los silencios son herramientas de guerra.


La guerra también se hace en las oficinas y recintos donde se reúnen los políticos, con leyes y decretos, con el diseño de políticas, con frases, con declaraciones y reportajes. También se hace la guerra en las discusiones privadas de amigos y familiares. Con las marchas y en las redes sociales. La guerra es un monstruo grande tanto por su tamaño como por sus mil caras.


Yo vi rostros de guerra en la pasada marcha del dos de abril. He visto rostros de guerra en las caras congestionadas de quienes discuten, en sus palabras que son como balas y hasta en sus silencios de desprecio como cañones. Incluso, algunas risas sardónicas son esquirlas que penetran con más profundidad que las de las granadas.


Y esa guerra sin el estruendo de los fusiles ni la sangre, la de las palabras, frases, titulares y discusiones, esa guerra no es otra, es la misma porque la guerra es una sola, porque el odio es uno solo, porque son los mismos dos o tres bandos. Cambia el campo de batalla, cambian sus consecuencias inmediatas, pero la guerra es general de todo el país.


Uno ve guerra en los foros de los periódicos, en los debates radiales, en columnas de prensa, en los titulares amañados, en las sesiones del Congreso, en editoriales, en caricaturas, en noticias sesgadas, en las marchas, en los plantones, en las llamadas a los programas de radio, en los almuerzos familiares, en las reuniones de amigos, en el taxista que nos conversa. Uno ve esa guerra expandida por todo el país. Quizá para algunos sea exagerado llamar guerra a tantas manifestaciones, pero esa esencia, el odio, está en ellas al igual que en los campos de batalla.


Es eso. Colombia padece hoy una enfermedad llamada odio. Odio que nace de muchas causas: venganzas, ambición, codicia, ideas, ignorancia. Son causas humanas y entendibles pero que aquí no sabemos tramitar civilizadamente y por eso llega la guerra, el ánimo de destruir y acallar al enemigo, al diferente, al opositor.


Qué gran dolor ver ese odio entre los guerreros, pero qué gran irresponsabilidad es ese odio visceral entre quienes no van a la guerra de los estruendos y de la sangre, entre quienes el odio se manifiesta solo en palabras, entre quienes nunca dispararán un arma o recibirán un balazo ni verán un muerto que no sea por televisión o prensa. Guerreros de papel y de poltronas ya sea por cierta civilidad que aún queda o por una cobardía que por fortuna existe para la vida. Qué gran irresponsabilidad, sí, porque estos no cargan el pesado fardo de la guerra del ruido, no la huelen, no se difuminan en su humo ni se tropiezan con sus escombros.


Los rostros de la guerra tatuados por los rastros de la guerra son los restos de la guerra.