Editorial

La huella de un demócrata
20 de Abril de 2016


Reconocemos en el expresidente Aylwin un faro que puede guiar a los pueblos de América Latina que buscan un nuevo amanecer para su historia.

El mundo despide al abogado Patricio Aylwin, presidente de Chile en el período 1990-1994, que marcó la superación de treinta años de las aventuras totalitarias lideradas por Allende y Pinochet. Formado en la Democracia Cristiana por Eduardo Frei Montalvo, como líder político buscó que sus predecesores eludieran las trampas de los extremismos en que anidaban; impulsó el acuerdo que dio vida a la Concertación Democrática y sus cinco gobiernos, y puso los cimientos de la que llamó “una sociedad abierta”, producto de su convicción de que “la política consiste en ensanchar los límites de lo posible, en un diálogo entre los principios y valores que se profesan, con la realidad”. 


Su silencio político de los últimos años ha sido roto con el tributo a su vida y obra. Con los homenajes, su legado trasmuta en fuente de lecciones para los políticos y sociedades que, como la brasileña o la venezolana, buscan caminos para salir de errores y oscuridades del totalitarismo de izquierda, procesos en los que necesitan conjurar la amenaza de aventuras reactivas a los abusos de los extremistas. La dimensión de su equilibrio como gobernante y lo que significó en la refundación de la democracia chilena lo da la socialista Michelle Bachelet, dos veces presidente de su país, cuando lo destaca asegurando que “su medida de lo posible es lo que nos hace estar hoy donde estamos”.


Como senador y jefe de la Democracia Cristiana fue consejero que procuró que Salvador Allende rectificara decisiones “para salvar a Chile del quiebre institucional y el desastre económico” y luego lamentó no haber sido escuchado por el presidente. Aunque en sus primeros años consideró que la dictadura de Pinochet daba la posibilidad de superar las polarizaciones creadas por la izquierda, desde los primeros años ochenta denunció que “la mayor tragedia de Chile fueron las violaciones a los derechos humanos”. Como opositor fue partícipe del acuerdo de convocatoria al plebiscito reformatorio de la Constitución, en el que la coalición que lideraba consiguió la victoria que luego obligó a la convocatoria a elecciones en las que, una vez más, la Concertación formada por las agrupaciones centristas y el Partido Socialista, conquistó el poder. 


Como presidente de la transición a la democracia y pilar del gran acuerdo político en el que convergieron las opciones de centro y centro-izquierda, Aylwin definió como objetivos del Estado chileno la democracia, que conlleva el respeto a los derechos humanos; el desarrollo social, con énfasis en la consolidación de la clase media, y un crecimiento guiado por las políticas económicas de libre mercado, campo en el que ese país tuvo madurez para recoger y afianzar el legado por el que reconoce al dictador Pinochet.


Aunque en la transición se determinó que el general Pinochet permaneciera como jefe de las Fuerzas Armadas y senador, su Gobierno garantizó la obediencia del exdictador al orden jurídico. Al decidir conformar la Comisión Rettig, de verdad histórica, dio un osado paso que permitió atender las heridas de las víctimas de la dictadura. Con la convicción de que “no es posible una transición exitosa sin reconstrucción de la verdad”, el presidente acompañó el trabajo de los investigadores y legitimó sus hallazgos sobre el asesinato de 2.296 ciudadanos a manos de la dictadura. Los actos de solicitud de perdón a las víctimas y el compromiso de que tales hechos no se repetirían “por motivo alguno”, permitieron la estabilidad de un país amenazado por los extremistas que habían aclimatado las aventuras totalitarias. Con vigor y gracias a la confianza que mereció de los gobiernos del mundo, el presidente Aylwin lideró transformaciones sociales que hicieron que en sus cuatro años de mandato la pobreza retrocediera en 16 puntos porcentuales, aunque se le critica no derrotar la desigualdad; por tales logros fue designado como asesor de la Cepal en política social. En forma paralela, impulsó el crecimiento económico, que tuvo un promedio de 7% anual durante el cuatrienio, guarismo adornado con el impresionante pico de 10,2% alcanzado en 1992.


Solidarios, saludamos al pueblo de Chile, con el que tenemos múltiples lazos de amistad. Reconocemos en el expresidente Aylwin un faro que puede guiar a los pueblos de América Latina que buscan un nuevo amanecer para su historia.