Columnistas


¿Por qué marchamos ése sábado?
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
12 de Abril de 2016


Sucedieron en efecto las marchas del pasado 2 de abril, en Medellín y en otras ciudades importantes.

Sucedieron en efecto las marchas del pasado 2 de abril, en Medellín y en otras ciudades importantes. Aunque el asunto pareció no recibir la atención  correspondiente por los medios impresos de la capital y por los noticieros televisivos, las marchas sí sucedieron. No fueron unos cuantos miles de manifestantes, fuimos a las calles centenares de miles de manifestantes. Determinados sectores de la prensa nacional omitieron el cubrimiento de los hechos concentrándose en lo de siempre: el fútbol, las anécdotas de crónicas judiciales consuetudinarias, las interminables frivolidades de los protagonistas de la farándula, las sabidas repeticiones los titulares de la prensa internacional sobre los dramas que en las últimas semanas la ocupan, en fin…  De las marchas se habló poco: las fotografías de las muchedumbres salieron en formatos pequeños. El desequilibrio informativo en el cual se pretendió minimizar o dejar en un segundo plano algo también ha sido puesto en evidencia en este caso. Para algunos medios masivos de comunicación esta sería una ocasión para sentarse a reflexionar acerca de lo que es el ejercicio real de la objetividad e independencia como valores periodísticos. Quizás en esta materia habría que dar algunos timonazos. Para quienes aún revisamos –con escepticismo- ciertos medios escritos, especialmente los de la capital,  los silencios selectivos se convierten en una estruendosa voz de alarma. 


En fin, volviendo a la pregunta inicial, “¿por qué marchamos?” es necesario  recapitular un poco y señalar diferencias: podría, de modo más justo y ponderado, plantearse la pregunta en modo singular: “¿por qué marché?” Así se evitarían algunos sesgos en un entorno de opinión que se encuentra fuertemente matizado por afectos y desafectos, por simpatías y antipatías, por intereses políticos variados, por muy diferentes vectores de fuerzas. Muchos de los miles que marchamos ése sábado pudimos haber tenido diferentes razones para hacerlo. Me ocuparé, particularmente, en destacar algunas de las razones – tres de ellas- que fueron compartidas por alto número de ésos miles de ciudadanos quienes prefirieron dedicar la mañana a hacer presencia en las calles, en un intento de manifestación  masiva y popular de significados importantes.


Razón 1. Expresar una general inconformidad con el modo como el presidente ha ejercido su función. El dato documentado de los deplorables niveles de credibilidad y de aceptación en las encuestas habla de un general hastío y desaprobación de una cuestionable gestión, que por fortuna, llega a las últimas fases.


Razón 2. La “paz de Santos” no es un proyecto justo, no es un proyecto aceptable, no es coherente con la misión que se le encomendó a quien encarna la dirección y el liderazgo en el cumplimiento del orden institucional del país. La cesión de lo que no es suyo es inaceptable. La entrega de la institucionalidad y del ordenamiento jurídico vigente en condiciones de inequidad es cuestionada por quienes no compartimos el desacierto de la sumisión de Colombia a los propósitos de la izquierda latinoamericana contenidos en el foro de Sao Paulo.


Razón 3. La guerrilla marxista colombiana por decenios ha acudido al terror como modus operandi. Sus delitos son reiteradamente conocidos y padecidos por los colombianos. Es incoherente que por los mismos días en los que Obama da su espaldarazo demagógico a lo que se conversa en la isla prisión del Caribe, se apresure al mismo tiempo a descalificar como enemigos y terroristas a los fanáticos de estado islámico que ejecutan acciones de locura en Europa. ¿Por qué a unos se descalifica y a otros se apoya simultáneamente? No convence el bizarro argumento de que los locales tienen status de estado en el derecho internacional. 


Muchos de los manifestantes, expresándolo o no, compartimos estas tres razones para hacer constancia de nuestra inconformidad con un presidente que no ha ejercido el liderazgo con la coherencia y prudencia que le son exigibles. Si él continúa sordo, sin escuchar un colectivo llamado de atención para hacer algo por corregir sus erráticas decisiones, queda la masiva e histórica prueba de que muchos miles de colombianos aún conservan la capacidad de discernimiento requerida para distinguir lo que está bien de lo que está mal. Y las cosas están mal.