Palabra y obra

It all started from film
Todo comenzó por el cine
Autor: Daniel Grajales
8 de Abril de 2016


Luis Ospina protagoniza un relato sobre su vida. Actuación especial de Andrés Caicedo y Carlos Mayolo. Así es Todo comenzó por el fin, la película del director caleño que hoy se estrena en el país.



Fotografía: Sergio I. Rodríguez.

Luis Ospina primero fue actor que director. Pero no era para nada un profesional, era un actor que no sabía ni una línea de su libreto, que no había aprendido a llorar de forma artificial y cuya timidez apenas lo dejaba mostrar una sonrisa infantil, para adornar el rostro de un niño rubio, de ojos claros. Esas escenas las grababa en Cali, Colombia, en la década de 1950.


Era la película de su infancia, de su vida normal, que iba enfocando, sin saberlo, cuál sería su destino.


Hoy, Ospina acepta que fue el actor natural de su padre, para quien el plano detalle fue la intimidad de la familia y la grabó en decenas de películas caseras. Entonces, los enfoques de su padre se hacían ignorando que con ello sembraba la semilla del cine en quien es considerado actualmente como uno de los más importantes documentalistas colombianos, símbolo del cine experimental y del séptimo arte contemporáneo en este lado del mundo. 


“En mi infancia, mi papá hacía videos familiares, pequeñas películas, además de que tenía una colección de cine de dibujos animados, de vampiros, de viajes, y entonces ahora veo que estuve con él cine desde muy pequeño. Recuerdo que cuando tenía 14 años tomé esa cámara de mi padre para hacer una pequeña película, una fantasía de grabar lo que veía”, relata.


Todo comenzó por el cine, una religión a la que le ha rezado por medio siglo, pasando por etapas tan determinantes como la cofundación del Cine Club de Cali, de la Revista Ojo al Cine y demás aventuras no animadas que protagonizó junto a Andrés Caicedo y Carlos Mayolo, memorias a las que responde su nueva película Todo comenzó por el fin, obra cinematográfica, de tres horas y media de duración, que llega a las carteleras del país para decir sí a la irreverencia, pero también sí a la reflexión.


Es la historia de los tres, que comienza con imágenes de un edificio que se viene abajo, propicio para mencionar que un cáncer casi no le permite a Luis Ospina terminar la obra, y que en ella se filma entrando a cirugía, enfermo, en sus peores momentos. Se decanta, como nunca lo pensó.


“En un momento pensé que iba a hacer la última película que yo hacía, siempre tuve la conciencia de que fuera una película que no terminara. Estaba directamente hacia la muerte, casi me voy para el otro lado. Uno cuando está joven cree que es inmortal, toma todos los riesgos. La película un poco también trata de los procesos de autodestrucción que hubo en el grupo: a corto plazo el caso de Andrés que se suicidó, y luego Mayolo y yo”, explica.


Julián David Correa, director de la Cinemateca Distrital de Bogotá, define esta película como “el resumen de su vida en el Grupo de Cali, y de las raíces del aporte de este grupo a la historia del arte en Colombia. Todo comenzó por el fin es muy importante para un país que lo olvida todo, que vive al borde de la muerte y que no tienen en cuenta el valor de sus propias expresiones artísticas”. 


El eje argumentativo de la historia, que parece ser el mismo de la vida de los tres de Cali, es el cine, pero uno visto desde tres miradas en las que las fronteras parecían no marcarse, miradas de un cine sin fin.


“Nosotros siempre nos consideramos unos ‘outsiders’, no nos identificábamos con el poco cine que se estaba haciendo en ese tiempo, que eran unas comedias de El Gordo Benjumea, se hacían muy pocos largometrajes en esa época. Sí se hicieron como 600 largometrajes, pero de ahí denominamos ese cine como de ‘pornomiseria’”, cuenta Ospina, quien recuerda que su primer encuentro cinematográfico con Carlos Mayolo fue producto de su inquietud, gracias a una cámara que “tomamos prestada”.


Mayolo trabaja como publicista y usó, sin que se supiera, una cámara de su trabajo para grabar una de sus primeras producciones. Ambos coincidían a una mirada crítica a la sociedad del momento, a la que después se uniría Andrés Caicedo, entre otros miembros del Grupo de Cali, su movimiento cultural.


“Todos pertenecíamos a una clase privilegiada, pero abandonamos nuestras familias y buscamos formas alternativas de vivir, porque sentíamos que era una forma fácil de vivir. Entonces, al desplazarnos, creamos como una familia. Lo que más nos unió fue el cine mismo, ese era nuestro denominador común. También teníamos otras inquietudes, teníamos amigos que eran artistas plásticos, fotógrafos, grabaditas. La experiencia de Ciudad Solar, un centro cultural al que todos pertenecimos, fue una experiencia multidisciplinaria”.


Fotografía: Sergio I. Rodríguez.


Erase una vez el cine de Caliwood


Aunque la historia del cine colombiano tiene antecedentes que ponen en luchas ideológicas a los historiadores y críticos, lo cierto es que Cali es un territorio fundamental, ya que fue epicentro, desde los años 50, o quizás desde antes, de un movimiento cinematográfico que rompió los esquemas de lo que se hacía en el país, tanto así que se le comparó con Hollywood, se le comenzó a decir “Caliwood”.


Sin embargo, el panorama no era tan alentador, no había recursos para el cine, grabar era toda una utopía.


Así lo relata Luis Ospina.


“Cuando nosotros comenzamos a hacer cine no había ningún apoyo estatal al cine. Hacíamos las películas muy baratas. A veces hacíamos una vaca entre los amigos para financiar las películas. Todo el mundo trabajaba gratis, Fernel Franco nos prestaba la grabadora de sonido, los artistas plásticos nos regalaban obras que nosotros vendíamos para financiar las películas, amigos que eran publicistas metían por debajo de cuerda en el laboratorio lo que habíamos filmado con sus comerciales de Coca-Cola y esas cosas. Nos la teníamos que jugar así y también con nuestro propio bolsillo. Mayolo hacía publicidad también para poder financiarlas. Con esa forma de gestionar nuestra producciones hicimos películas como Oiga/vea (1973), Asunción (1975) y Agarrando pueblo (1978), en Cali de película, contamos con apoyos de la empresa de licores”. 


En palabras de Julián David Correa, su lucha se debía también a que “no eran artistas que creían en discursos de otros, lo que los hacía un poco anarquistas”, conscientes de luchar por su causa. 


El Estado promovió entonces la Ley de sobreprecio, pero, “por apología del delito o qué se yo, no nos beneficiamos eso. Toda una mala experiencia. Fue cuando se fundó la Compañía de Comercio Cinematográfico que hicimos los primeros largometrajes del Grupo de Cali: Pura sangre (1982) y La mansión de Araucaíma (1986). Después quebró la Compañía y el cine quedó abandonado durante diez años, durante los gobiernos de Barco y Gaviria, hasta que llegó la Ley de cine”, precisa.


Fotografía: Sergio I. Rodríguez.


En busca del “plano suramericano”


Sí hubo consumo de drogas, sí hubo sexo y bohemia, también hubo irreverencia en el Grupo de Cali, “claro que fue nuestro rasgo, eso nunca lo vamos a negar”, acepta Ospina. 


Aun así, las reflexiones no se alejaron de su trabajo. 


Denunciaron las carencias de una Cali en donde, durante los VI Juegos Panamericanos, los ciudadanos ni siquiera pudieron entrar a los estadios, ya que la economía y la realidad social tenían problemas, argumento de su obra Oiga/Vea. En Agarrando pueblo simularon hacer un documental, poniendo en evidencia cómo “los cineastas explotaban la miseria con fines mercantilistas”.


Y más: cine queer, reflexiones sobre el dominio de los empresarios millonarios del Valle sobre sus empleados, la memoria de la obra María de Jorge Isaacs, entre otras. 


“De esta primera parte de su carrera destacaría la autoconciencia del cine, su humor y escepticismo crítico y la forma como en sus películas leyó la realidad regional y la de su propia clase social pero al mismo tiempo tomando prestado, canibalizando tradiciones extranjeras con plena libertad”, apunta Pedro Adrián Zuluaga, crítico de cine y estudioso de la obra del Grupo de Cali.


Luis Ospina define su búsqueda como el encuentro de un “plano suramericano”, un chiste que sintetiza sus intenciones: “El plano americano es el que se refería a filmar a la gente de la rodilla hacia arriba y yo he dicho que hay que buscar el ‘plano suramericano’, cada cine, cada país tiene que buscar la forma de mostrar a su gente. Cada cinematografía va buscando su forma particular de expresarse”. 


“Luis tiene la más grande filmografía de cine queer de Colombia sin ser gay, - vuelve Julián David Correa-, demuestra que para pensar desde las orillas y reflejar las contradicciones sociales y humanas no hay que ser comunista, pobre o gay, hay que ser un artista sensible como lo es él”. 


Se trataba de convicciones. En voz de Luis Ospina “lo que queríamos era hacer el cine que nos gustaba ver, llegar a ese punto en el que pudiéramos hacer películas de autor. Mi generación se educó con lo que se llamó la política de los autores, teoría promovida por la revista francesa Cahiers du Cinéma, que dice que cada director tiene un sello, un autor y que los que no son autores son simplemente artesanos. Un cine más introductorio”.


Y así fue hasta “cuando abandonó Cali y se dedicó a construir parte de la memoria cultural del país, lo que yo diría es menos interesante temáticamente, pero consolidó un estilo visual y una forma de montaje muy virtuosa para mezclar materiales diversos: texto, testimonio, archivo”.


La vara que se puso para medir su cine fue el subdesarrollo, que hoy, sentado en su casa, después de desafiar a la muerte y muy al estilo de García Márquez “vivir para contarla”, ve que su decisión fue la de un arte político: “Seguimos siendo subdesarrollados, seguimos siendo un país que está en guerra, que a veces creo que está de mal en peor. Nos impactó mucho incluir en nuestras películas el horror, el canibalismo desde una metáfora política”.


El fin para Luis Ospina estuvo cerca, pero ahí su historia se parece mucho a la del cine, que acepta que “ha tenido muchos fines”. 


“Es como el ave fénix, renace y muere. Vino el cine mudo, se acabó, cambió de blanco y negro al color; después vino la televisión, que creyeron que iba a acabar con el cine… Más bien se ha tenido que adaptar a temas como el mercado, eso pasó después de los años 70 con Tiburón y La guerra de las galaxias, un modelo que se repite y se repite hasta la saciedad, que es el cine que a mí no me interesa. Por eso siempre me interesó más el documental, que hoy en día está haciendo grandes cosas”. 


Con un adiós y las muchas gracias, Luis Ospina se despide diciendo que no tiene miedo al fin, al fin y al cabo: “Nunca me imaginé que iba a vivir más de 40 años, todo esto es ganancia. Llega un momento en la vida del hombre en el que uno no sabe qué es peor, la cercanía de la muerte o la lejanía de la muerte. Pues sí, que pereza uno morirse hoy, pero también qué pereza vivir 100 años”.



Filmografía