Columnistas


Javier de Colombia
Autor: Manuel Manrique Castro
6 de Abril de 2016


Dedicó el tramo más importante de su vida a la niñez colombiana y hace algunos días murió en la tierra que adoptó como propia desde muy joven. Nacido en Bari, Italia, el padre Javier de Nicoló, llegó a Colombia en 1948, con 20 años.

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Dedicó el tramo más importante de su vida a la niñez colombiana y hace algunos días murió en la tierra que adoptó como propia desde muy joven. 


Nacido en Bari, Italia, el padre Javier de Nicoló, llegó a Colombia en 1948, con 20 años.  Aquí se ordenó Salesiano y desde los inicios de su vida religiosa abrazó realidades sociales que recibían poca o ninguna atención del Estado. 


No sólo puso las dos manos en esa llaga social de apariencia incurable en los años 70 y 80, que fue la niñez pobre volcada a los centros de las principales ciudades del país, sino también encontró en la educación con afecto y respeto, el remedio para devolver la dignidad a niños con el alma y el cuerpo perdidos, poniéndolos en el camino de vuelta a una vida con pronóstico positivo. Gracias a él,  80,000 niños jóvenes, en alto riesgo, han salido de las calles en Colombia y, desde luego de las de Medellín. 


Los gobiernos ni las entidades especializadas sabían cómo responder a la aparición de grupos de niños dedicados al asalto y robo, que atemorizaban a la población e indignaban a los comerciantes.  La primera reacción del Estado, frente  a los gamines colombianos, pirañitas peruanos, meninos de Rua brasileños o niños de las alcantarillas de la Ciudad de México, fue usar la fuerza policial, siendo uno de los saldos más lamentables de aquella respuesta equivocada, la masacre de la Candelaria en Rio de Janeiro, ocurrida en julio de 1995, cuando cerca de 50 niños y jóvenes que dormían cerca de la iglesia del mismo nombre, despertaron con los tiros de la policía militar que se disponía a exterminarlos. Ocho asesinados y varios heridos fue el resultado de aquella incursión. 


Mientras en las esferas gubernamentales y académicas se discutía hasta la saciedad qué hacer, el padre Javier, dotado de un singular espíritu práctico, encontró la vía.  La encontró entendiendo que, además de la pobreza,  la presencia de la niñez en las calles tenía como trasfondo las fracturas familiares y que era indispensable adecuar la educación, haciéndola atractiva, entretenida, impregnada de afecto y siendo eficaz herramienta de formación para el trabajo. Aunque creó una fundación propia, supo siempre que era indispensable involucrar al Estado y su persistencia fue clave en la creación de la entidad bogotana dedicada a la protección de la niñez y la juventud (Idipron) 


Poco después de mi llegada a Colombia para hacerme cargo de Unicef, invitado por el Padre pasé un intenso y revelador sábado en su compañía. Me sugirió que fuera una visita con el tiempo necesario para conocer el trabajo de Bosconia, su institución. Empezamos  por la calle del Cartucho donde aún había niños tendidos en la calle, luego visitamos el patio protegido donde podían pasar la noche, posteriormente al área en que desarrollaban hábitos de cuidado e higiene, hasta que, finalmente, producto del trato y la sensibilización que recibían, se animaban por el estudio.   Esa tarde fuimos al moderno y espacioso colegio de La Florida que la Fundación del padre había  creado en el norte de Bogotá. Nos recibió el alcalde, un niño que procedía de cualquier calle bogotana y destacaba en el estudio. El momento más emocionante fue cuando, sin anuncio previo, abrió las puertas del auditorio y en ese instante la banda sinfónica de Bosconia, empezó a interpretar: Colombia, tierra querida, ejecutada por quienes no hacía mucho deambulaban sin arraigo por céntricas calles bogotanas. 


Su temple y determinación fueron decisivos cuando se trató de juntar voluntades y conseguir recursos, siempre escurridizos, para construir la obra física y educativa que dejó.  Javier de Nicoló se fue a los 88 años y a sus funerales acudieron cientos de aquellos desterrados que hallaron en él la vuelta a la vida, seguramente recordando lo que les repetía con frecuencia: “La palabra mágica es saber acoger”




Comentarios
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Luis
2016/04/06 10:16:58 am
Siempre iluminarán, en medio de las sombras que padecemos en Latinoamérica, los esfuerzos como los de Javier (de Colombia). Excelente difundirlos pues inspiran y nos animan a la acción!