Columnistas


Un año sin Carlos Gaviria
Autor: Jorge Arango Mejía
3 de Abril de 2016


“Fue un liberal en el más alto sentido de la palabra. Defendía sus ideas y las exponía con elocuencia, y respetaba las ajenas”.

Ha pasado un año desde cuando la muerte nos arrebató a Carlos Gaviria. ¡Cuánta falta nos ha hecho! Cómo hemos recordado sus palabras llenas de sabiduría,  su honradez, su bondad y todas las demás virtudes que hicieron de él un hombre excepcional.


Gaviria fue ante todo y por sobre todo un educador. Enseñaba con sus palabras, pero también con su ejemplo. El estudio de la filosofía, unido a su inteligencia, lo hizo un razonador formidable. Para él las ideas eran como las fichas de un rompecabezas que armaba con destreza, con naturalidad, con la misma sencillez con que respiramos.


Tenía dos cualidades que no siempre andan juntas: hacerse entender y entender a los otros. Ambas implican paciencia y él la tenía. Por eso podía participar en un debate sin alterarse, sin perder las buenas maneras y sin caer en la ira que es enemiga de la lógica.


Carlos Gaviria era generoso. Reconocía los méritos ajenos y no escatimaba los elogios. Como se distinguía por su franqueza, quien los recibía los agradecía más, porque sabía que eran sinceros.


Su memoria era privilegiada. Podía repetir párrafos  completos de sus libros preferidos. Sin embargo, en la conversación corriente no daba muestras de su memoria sino en contadas ocasiones. No correspondía a su manera de ser el presumir de sus conocimientos. 


Como escritor, se caracterizaba por la claridad de su prosa y por su poder de síntesis. Él sabía que en un escrito las palabras que sobran oscurecen, del mismo modo que los árboles en los bosques. Por esto, tampoco incurría en el pecado, en que muchos caen, de repetir el mismo argumento con diferentes ropajes, método que no convence al lector pero sí lo fatiga. 


Era un pacifista de verdad: jamás aceptó que el uso de la fuerza  se considerara como un camino para conquistar el poder o para mantenerse en él. Esta manera de pensar hacía parte de sus ideas liberales.


Fue un liberal en el más alto sentido de la palabra. Defendía sus ideas y las exponía con elocuencia, y respetaba las ajenas. Jamás fue comunista y era imposible  que lo fuera, porque para él el hombre era un fin en sí mismo. No habría aceptado que la comunidad, personificada en el Estado, fuera el fin y el individuo un medio. Y por lo mismo, le habría sido imposible soportar la disciplina de un partido totalitario.


Lo estremecían los padecimientos de los demás, porque los sentía como propios. Por eso nunca transigió con las injusticias  y desigualdades de nuestra sociedad.


¿Cómo olvidar el humor ácido que enriquecía sus charlas? Nadie ni nada se libraba de él: con una frase o con una sola palabra convertía lo solemne en risible. Pero no usaba ese don para ofender, sino para alegrar, y en algunos casos para restar seriedad a temas que generaban controversia.   


Tuvo una participación fugaz en la política, que le permitió conquistar la votación más alta que ha conseguido un candidato de la izquierda democrática en Colombia. Lamentablemente, presentó su nombre respaldado por un movimiento que no tenía coherencia y cuyos integrantes ni siquiera compartían unas ideas. Era un grupo heterogéneo, que reunía personas de la extrema derecha con antiguos guerrilleros. En resumen, una colcha de retazos. Obtuvo más de dos millones y medio de sufragios, y tengo la certeza de que más del noventa por ciento votamos por él, porque estábamos convencidos de que su llegada al poder habría significado un cambio profundo, real, en la vida  de la nación.


El paso de los años va dejando enseñanzas. Una de ellas es ésta: con cada amigo que muere, desaparece una parte de parte de uno mismo. Para el ser humano, la vida no es sino un conjunto de relaciones. Cuanto más cercanas, más duele su ruptura. Y solamente nos quedan los recuerdos, una región de niebla habitada por sombras. Algunas amables, como la de Carlos, que cuando regresan iluminan, fortalecen la fe en el destino del hombre y traen nuevas esperanzas.


Es muy difícil encontrar gentes como él. Con su capacidad para comprender, con su ingenuidad que le hacía creer que los demás actuaban como él, sin mezquindad ni malicia. Y con su carencia de prejuicios, que le permitía dar a las personas y a las cosas su verdadero valor.