Columnistas

Del maquillaje a la realidad
Autor: Jorge Alberto Velásquez Betancur
31 de Marzo de 2016


“Lo que sigue es un esfuerzo de racionalización de recursos humanos, técnicos y financieros para que la inversión en ladrillo, cemento y diseño no se pierda”.

Como resultado de la fiebre por el cemento y las placas, los últimos gobernantes construyeron más edificios de los que se pueden sostener. Lo suyo era “autocomplacencia escenográfica”.


Muchos gobernantes creen que las placas de mármol o granito dan más beneficios políticos que los diplomas. Quizás por ello los últimos mandatarios de Antioquia y Medellín, en afán de legitimación y vanagloria, se dedicaron a construir edificios sin reparar en los costos que acarrea su mantenimiento y sostenibilidad. Más que preocupación por las necesidades reales de las comunidades afectadas, lo suyo era “autocomplacencia escenográfica”, como lo señala Carlos Monsiváis .  


Desde la campaña política, el actual alcalde de Medellín fue reiterativo en sostener que el Municipio de Medellín tiene más edificios de los que puede sostener. Ahora tenemos Instituciones educativas sin profesores, parques biblioteca sin lectores, uvas y unos cuantos edificios más que en poco tiempo pueden convertirse en vistosos elefantes blancos si no se apropian los recursos suficientes para llenarlos de vida en movimiento. Los directivos de EPM dicen que a la empresa la tienen administrando parques, museos y uvas, lo que está por fuera de su objeto social. 


Quienes construyen edificios públicos corren felices a ponerles la plaquita (materia prima para los ladrones) con su nombre. Y hasta allí llega todo su esfuerzo, aunque siguen a la espera del premio internacional (siempre habrá alguien dispuesto a ofrecerlo, en esta globalización de los egos). Pero lo importante es llenar de contenido valioso y pertinente estas edificaciones, que es lo que realmente impacta a la sociedad y vale para el futuro. Pero en este punto aparecen las dificultades presupuestales que no previeron los alegres adoradores del cemento.


Algo similar puede suceder con los parques educativos si no se reforman a tiempo sus estructuras legales. Entre otras cosas, porque la anterior gobernación dejó los muros pero no asumió los costos de la programación diaria. El gobernador anterior se ganó los méritos pero les dejó la pesada herencia del sostenimiento a los alcaldes municipales.


Las nuevas edificaciones no pueden irrumpir en la historia de las poblaciones como un meteorito caído del cielo. Tienen que significar un aporte estético y ético a las comunidades, que deben tener incentivos para apropiárselas e integrarlas a su patrimonio urbanístico y cultural. Y esto no se logra con fotos llamativas ni con eslóganes vacíos sino con contenidos, con prácticas cotidianas que señalen hitos, con clases para niños, jóvenes y adultos, con programación de conferencias, obras de teatro, películas, con conciertos y recitales, con bailes y actos culturales de toda índole, que despierten el sentido de pertenencia y contribuyan al reconocimiento de los valores humanos de cada comunidad. Y para ello se necesitan recursos económicos y técnicos, programas y personas que los administren.


Ahora hay que hacer compatibles los parques educativos con el funcionamiento de las instituciones educativas municipales, las bibliotecas públicas y las casas de la cultura, porque tienen un público común y se deben nutrir del mismo presupuesto. Lo que sigue es un esfuerzo de racionalización de recursos humanos, técnicos y financieros para que la inversión en ladrillo, cemento y diseño no se pierda y para que las comunidades puedan obtener beneficios concretos en programas pedagógicos y culturales, en acercarse al mundo a través de Internet, en las prácticas culturales compartidas. Se trata, en suma, de pasar del maquillaje a la realidad.


1 Monsiváis, Carlos. “Sobre la defensa del centro histórico”. México: Unomásuno, suplemento de Sábado. 3 de diciembre de 1983, p. 3