Columnistas


Culpable ceguera diplomática
Autor: José Alvear Sanin
23 de Marzo de 2016


Múltiples son las funciones de los embajadores: Informan a sus cancillerías. Representan a sus gobiernos.

Múltiples son las funciones de los embajadores: Informan a sus cancillerías. Representan a sus gobiernos. Negocian convenios. Protegen a sus compatriotas.  Promueven negocios…y, desde tiempos inmemoriales, participan activamente en las labores de espionaje en el país donde están acreditados. 


La lista anterior se refiere, claro está, a los embajadores de las grandes potencias, porque en la mayoría de los casos el servicio exterior solo sirve para premiar políticos. Me explico: cuando entre dos países no existe comercio o intereses comunes, los embajadores apenas se ocupan de asistir a recepciones y saraos. ¿Qué hacen los embajadores de Colombia, por ejemplo, en Nueva Zelanda, Kenia, Bulgaria y varias docenas más de países con los cuales ni comerciamos  ni tenemos intercambios culturales ni defendemos iguales intereses geopolíticos?


Que a los representantes de esos países no les preocupen nuestros asuntos es comprensible. De igual manera, a nuestros embajadores en esos exóticos destinos les importa un pito lo que allí suceda. Such is life…


En Bogotá funcionan decenas de embajadas de ese tipo, pero hay otras que podemos dividir así: 


1. Las de los países orientados por Cuba, que desde luego siguen al embajador de ese país, quien, además, participa en el grupo estratégico secreto que está detrás de la entrega de Colombia al comunismo.


2. Los representantes de los países del G-7 (USA, UK, Francia, Alemania, Canadá, Italia, Japón), que padecen de la más extraña ceguera culpable colectiva. No ven ni oyen ni entienden lo que pasa en Colombia, y por tanto, se limitan a transmitir a sus cancilleres las versiones del gobierno colombiano, de manera que no falte apoyo exterior para el tal “proceso de paz”. 


De este segundo grupo podemos decir que, faltando a su deber, nunca informan del creciente rechazo (más del 80% de los colombianos) a la entrega del país a un grupo narcoterrorista que gozará de impunidad, contrariando todos los tratados que esas potencias han promovido. No comunican a sus gobiernos que las Farc solo cuentan con la simpatía del presidente y que su favorabilidad apenas alcanza el 4% de los encuestados.


A ninguno de esos países conviene que el nuestro se convierta en otra Venezuela. Si no les interesa la vigencia en Colombia de los derechos humanos, la democracia y la libre empresa, deberían preocuparse, al menos, por el destino de sus inversiones y la posibilidad de seguir comerciando con un país viable. 


Quizá por falta de información de sus embajadores, ineptos e indolentes, las grandes cancillerías siguen apoyando entonces los convenios intolerables y letales que van a acabar con la democracia colombiana. 


¿Qué saben de Colombia, por ejemplo, Herr Koenigs o Mr. Gilmore, enviados especiales de Alemania y la UE, para que sus gobiernos sigan actuando como cómplices del proceso habanero? 


En este grupo, lamentablemente, se encuentra la Nunciatura Apostólica, que transmite al Vaticano únicamente los planteamientos de una Conferencia Episcopal crédula en lo referente a La Habana y las retorcidas opiniones de varios sacerdotes de la teología de la liberación, especialmente si pertenecen a la Compañía de Jesús. 


Desde luego, de Noruega no puede esperarse nada. Pero lo más alarmante es la colaboración de la diplomacia gringa con la entrega de Colombia a los peores enemigos de USA.  Esta desviación no se debe únicamente a los falaces consejos de Mr. Aronson, empresario petrolero temeroso de más acciones de Farc-Eln, en detrimento de sus intereses económicos, tal como lo viene denunciando Lia Fowler. (http://periodicodebate.com/index.php/welcome/item/11133-cnews-2016-03-14-2). La responsabilidad de la condescendencia del State Department con la política de Santos y Timochenko no puede separarse de la pérfida política de Mr. Obama, de complaciente zalamería con la dictadura infame, vitalicia y hereditaria de Cuba, mientras que su nuevo mejor amigo no fue siquiera a recibirlo al aeropuerto.