Columnistas


Incultura ciudadana
Autor: Omaira Martínez Cardona
22 de Marzo de 2016


Un error involuntario del periódico en el montaje de mi última columna sobre la estupidez y sus caprichos, sirve de pretexto para reflexionar sobre la diversidad situaciones cotidianas que se deben afrontar en entornos de convivencia.

Un error involuntario del periódico en el montaje de mi última columna sobre la estupidez y sus caprichos, sirve de pretexto para reflexionar sobre la diversidad situaciones cotidianas que se deben afrontar en entornos de convivencia. 


Aunque hablar y practicar la cultura ciudadana parece fácil, es un proceso complejo en sociedades individualistas como las actuales que carecen del verdadero sentido de lo que significa ser ciudadano.


Ejercer la ciudadanía es mucho más que esperar a la mayoría de edad para reclamar ciertos derechos que muchos desconocen y no se interesan en hacer respetar y cumplir sólo hasta que los sienten vulnerados en carne propia. Comunidades que se ufanan ante otras de ser solidarias y justas, promoviendo causas sociales, predican pero no practican. 


El sentido de la cultura ciudadana está en el compromiso consciente y voluntario de ejercer la ciudadanía para el beneficio común, muchas veces en detrimento de los intereses propios, sin presiones, chantajes o manipulaciones disfrazadas de buenas acciones y de un asistencialismo forzado. No hay otra forma de generar cultura ciudadana de manera responsable que no sea dando ejemplo, con congruencia, coherencia y convicción. 


Sólo un Estado, cultura, organización, comunidad o grupo social  que aplica de manera concertada sus principios, normas y acuerdos en igualdad de condiciones para todos, genera credibilidad y confianza para trascender hacia procesos de transformación cultural y social que le den un nuevo sentido a las relaciones, sin violencia, individualismo y egoísmo. Las sociedades más productivas y competentes, son las que posibilitan oportunidades para que sus ciudadanos sean cada vez más críticos, activos y responsables, con un verdadero sentido de pertenencia hacia su nación, sus comunidades y los principios que las identifican, más allá de los simbolismos; personas que den ejemplo en sus familias, entornos laborales y sociales.


Muchas veces hemos reiterado y se nos dice en voces de otros que el principio básico de toda relación de convivencia es no hacer a otro lo que no nos gusta que nos hagan; eso es dar ejemplo y generar cultura hasta que las adecuadas acciones de unos pocos se propaguen y conviertan en costumbre y no al contrario, como ocurre en sociedades como la colombiana, que sean los malos hábitos de convivencia los que prevalezcan y terminen siendo lo que todo el mundo hace. 


Aunque hay algunos ejemplos de procesos de cultura ciudadana exitosos, falta aún un largo trecho por recorrer. Por eso, el asunto de las competencias ciudadanas para generar cultura, más que una moda o una imposición normativa, es una necesidad si se aspira a mejorar la calidad de vida y el progreso de una sociedad que por hábito, se ha sumido en niveles de incultura, en la que nada importa y en donde sus ciudadanos se limitan a seguir la corriente de manera solapada. No es necesario invertir grandes presupuestos para inducir a la gente a que se comporte como debe ser o para que se apropie y cuide lo propio cuando el respeto es el derecho natural individual y colectivo sobre el que se fundamenta toda relación de convivencia.


La incultura ciudadana no sólo es  evidencia de ignorancia y retraso, sino también de la estupidez y la farsa en la que se convierten muchas sociedades y sus ciudadanos que mientras reclaman derechos, no dan ejemplo respetándolos.