Palabra y obra

The Virgin of Flames burns again
La Virgen de las Candelas arde de nuevo
18 de Marzo de 2016


Sol Astrid Giraldo comparte una reflexión sobre la patrona de Medellín de su libro Medellín, cuerpo a cuerpo, ganador de la Beca a la Creación Ensayos en Arte y Cultura de la Secretaría de Cultura de Medellín 2014.


Foto: Jhon Alexander Chica Yara 

La imagen de la Virgen de la Candelaria, un óleo de autor anónimo del siglo XVII.

El primer cuerpo simbólico que llegó al Parque Berrío fue el de la Virgen de la Candelaria. Es ella la figura religiosa que presidió el establecimiento de la ciudad, con cuya historia siempre estuvo mezclada. Poner un territorio bajo la protección de una figura divina fue un procedimiento de la Colonia. Así, a Medellín, la parió el icono de la Virgen de la Candelaria, traído desde España. Una imagen religiosa y política. Un cuerpo de mujer, también. Porque los iconos religiosos eran modelos ejemplares a seguir.


El relato de La Candelaria está atravesado por una narrativa particular. Según la ley mosaica, la corporalidad femenina queda contaminada después de parir a sus hijos, por eso deben apartarse durante cuarenta días para purificarse (¿o para expiar su pecado de ser demasiado corporales?). Después tienen que visitar el templo y en un acto de contrición ofrecer pichones a la divinidad y encender el fuego purificador. (¿De qué se arrepienten? ¿De haber dado a luz, de ser demasiado carnales, de ser sangre, vísceras y fábricas de vida?).


Por su doble carácter de figura sacra y política, se celebraban el 2 de febrero tanto las festividades de la Virgen de la Candelaria como la conmemoración de la fundación de Medellín. La Candelaria es la patrona del buen nacer y hoy en día todavía llegan a sus pies mujeres embarazadas con velas encendidas.


Las madres de los cuerpos ausentes


En la actualidad, sin embargo, es una ausencia de cuerpos la que se arropa bajo sus mantos. Se trata de la reunión semanal de las Madres de la Candelaria, quienes desde hace quince años han reclamado su lugar en el parque de los rituales ciudadanos al lado de la Virgen, de Pedro Justo, del jinete optimista de Arenas Betancur, de La Gorda, buscando que el Estado, la ciudad, el país no olviden a sus hijos desaparecidos en un conflicto que se traga a los cuerpos y ni siquiera escupe sus huesos. Ellas no son esculturas, no son de piedra, no son la plastilina de ningún poder, nadie las inventó, no adornan. 


Debray ha dicho del monumento que “nace de la muerte y contra ella, materializa la ausencia con el fin de tornarla visible y significativa, atrapa lo fluido en lo duro” (1989). Pues a su manera estas madres que se paran en el atrio de La Candelaria con las fotos de sus hijos desaparecidos sobre el pecho también han nacido de la muerte y pelean contra ella. Buscan materializar la ausencia de unos hijos que sólo a ellas les duele. Quieren atrapar entre sus manos a un ser que se ha evaporado. Y si los de sus hijos no están, tienen sus propios cuerpos para concretar sus presencias. A falta de piedra, bronce, mármol, tienen su carne como soporte material para hablar de la que ya no está. Por todo ello, estas madres son en sí mismas unos cuerpos-monumentos.


Sus ceremonias en el atrio dialogan a través de la historia y de los símbolos con esa otra mujer con su hijo en brazos que se agazapa en el interior de la iglesia. Si a la Virgen de la Candelaria se le ha pedido ancestralmente que sea la patrona de los buenos partos, ellas la han convertido en la garante de las buenas muertes. Porque tal vez no aspiran más a la vida, sino al derecho a enterrar un cuerpo que ya no está. Mientras esto sucede, se instauran así mismas como mujeres-recuerdo, como cuerpos-memoriales. Medio vivas en el lugar de las inertes piedras monumentales, medio muertas en el lugar de los vivos que pasan afanados sin tiempo para la memoria. No son cuerpos ejemplares propuestos por los poderes de ningún tipo, sino cuerpos periféricos que se levantan precisamente contra esos poderes. 


Las Madres de la Candelaria encarnan el ideal de la Virgen tutelar, pero aunque han sido hechas a su imagen y semejanza han transgredido su mandato de ser pura carne y útero. Se han convertido en figuras políticas, aun cuando su lugar asignado por la mitología mariana haya sido el doméstico. Han convertido su historia privada en una colectiva. Se han opuesto al poder que decidió borrar los cuerpos de sus hijos, y después las quiso moldear como pasivas figuras plañideras. Si todavía les falta rescatar el cuerpo de sus hijos, han recuperado el propio en cuanto se han apropiado de su destino y sus actuaciones. No se han dejado congelar en el formato de una escultura de piedra para ser olvidadas. En cambio, se proponen ellas como esculturas de carne emplazadas en el centro de los debates ciudadanos. Han constituido en sus cuerpos parlantes la figura inédita de una maternidad política.



Tres iglesias y tres parques del Centro para visitar en Semana Santa