Columnistas


Los peligros de la historia única
Autor: José Hilario López A.
16 de Marzo de 2016


Gracias a la Revista Arcadia, que en su última edición incluye una reseña de la novelista nigeriana Cimananda Ngozi Adichie pude conocer su interesante conferencia que con el mismo título de esta columna dictó en 2009 en Londres.

Gracias a la Revista Arcadia, que en su última edición incluye una reseña de la novelista nigeriana Cimananda Ngozi Adichie pude conocer su interesante conferencia que con el mismo título de esta columna dictó en 2009 en Londres, así como la obra “La Imaginación Moral” del escritor norteamericano experto en transformación de conflictos John Paul Lederach. Ambos textos, en mi opinión, son de gran valor para entender la violencia en nuestro país y los retos del posconflicto.


Empecemos con coincidir con la nigeriana cuando afirma que “contar una sola historia de las cosas, un sólo punto de vista, una sola idea de una sociedad o personas nos lleva a crear estereotipos de ellas que no reflejan la realidad, e incluso pueden ser causantes de exclusión o marginación de ciertos tipos sociales”. Así como cuando muestra como el poder impone la historia única, ya que tiene la capacidad no sólo de contar la historia única de los hechos y de las personas, sino de hacer que esa sea la historia definitiva. La historia la escriben los triunfadores, y eso bien los sabemos con la Conquista de América por los españoles y con las guerras partidistas de Colombia de los siglos XIX y XX.


Con Gaston Bachelard, el gran filósofo francés del Siglo XX, coincidimos en que no hay una única historia, sino múltiples historias. Las historias pueden ser utilizadas para despojar y calumniar, pero las historias también pueden ser usadas para empoderar la identidad de los pueblos.


Ahora centrémonos en el caso nuestro conflicto interno con el apoyo de Lederach, cuando a su interrogante “¿Cómo conseguimos realmente que sociedades enteras, envueltas en historias de violencia que se remontan a generaciones (como Colombia), vayan hacia un nuevo horizonte?”. Su respuesta es contundente: El quid de esta cuestión es el cambio social sostenido, que implica evolucionar de “modelos de relaciones definidas por el temor, la recriminación mutua y la violencia a otros caracterizados por el amor, el respeto mutuo y el compromiso respetuoso”.


El compromiso de todos después de los esperados acuerdos de La Habana es empezar a construir un país de la tolerancia y el cambio social, para reducir la exclusión y la inequidad; para ello es fundamental que nos aceptarnos como lo que somos: un país de regiones y multiétnico, donde no puede haber una sola historia, ni mucho menos una sola a verdad. Lo único que nos debe unir es el compromiso por el cambio social en un país democrático, equitativo y respetuoso del otro, así sea diferente.


Finalmente, quisiera recordar un hermoso texto de Estanislao Zuleta sobre la guerra, cuando dice que “para combatir la guerra con una posibilidad remota, pero real de éxito, es necesario comenzar por reconocer que el conflicto y la hostilidad son fenómenos tan constitutivos del vínculo social, como la interdependencia misma, y que la noción de una sociedad armónica es una contradicción en los términos. La erradicación de los conflictos y su disolución en una cálida convivencia no es una meta alcanzable, ni deseable, ni en la vida personal-en el amor y la amistad-, ni en la vida colectiva. Es preciso, por el contrario, construir un espacio social y legal en el cual los conflictos puedan manifestarse y desarrollarse, sin que la oposición al otro conduzca a la supresión del otro, matándolo, reduciéndolo a la impotencia o silenciándolo”. No se trata de suprimir el conflicto, por el contrario hay que humanizarlo y dignificarlo, toda una pedagogía para la Paz.