Columnistas


Preguntas sin respuesta
Autor: Jorge Arango Mejía
13 de Marzo de 2016


Hace tiempo ha comenzado la abrumadora campaña ideada por el Gobierno para obligar al pueblo a aprobar en bloque los más disímiles asuntos. Se le preguntará a la gente si aprueba el Acuerdo de Paz firmado en La Habana.

Hace tiempo ha comenzado la abrumadora campaña ideada por el Gobierno para obligar al pueblo a aprobar en bloque los más disímiles  asuntos. Se le preguntará a la gente si aprueba el Acuerdo de Paz firmado en La Habana con la asociación para delinquir denominada  Farc. Y ni siquiera se le advertirá que ese acuerdo comprende centenares de temas diferentes. Esto no ocurre sino en Colombia.


Pero en relación con el plebiscito, hay preguntas que la gente se hace porque son elementales. Basta analizar algunas de ellas.


La primera, por su importancia y por el insoportable sufrimiento de millares de familias colombianas  (y hasta extranjeras), se refiere al secuestro. ¿Cuántos son los secuestrados civiles que aún permanecen en poder de las Farc? Nadie lo sabe y, al parecer, éste es un asunto que no desvela al presidente Santos ni a sus delegados en La Habana. Es de esos temas vedados en otros tiempos en las reuniones sociales, como algunas enfermedades. ¿Dónde están esos secuestrados? ¿Aún viven o fueron asesinados por sus secuestradores?


La última pregunta está fundada en motivos conocidos por todo el mundo. Una vez secuestrada la persona, comienzan las exigencias por su liberación. Como es natural, de conformidad con la lógica perversa de estos criminales, la duda  sobre la capacidad económica del   cautivo y de su familia, siempre la resuelven según  su codicia. Esto los lleva a fijar sumas exageradas, casi inalcanzables para las víctimas del delito y para sus parientes. Y así empieza la inhumana negociación.


A medida que pasan los días, aumentan las posibilidades de que el desenlace del episodio sea el asesinato. Y no es raro el caso de quienes  pagan y no logran reunirse con el secuestrado, porque a éste sus captores lo liberan de una manera diferente a la pactada: lo matan.


Antes de firmar cualquier papel en La Habana, Santos tiene que estar seguro de que no hay en Colombia un solo secuestrado en manos de estos bandidos.


El segundo tema se relaciona inescindiblemente con el primero: ¿dónde está el tesoro de las Farc? ¿Qué se hicieron los centenares de miles de millones de pesos que han conseguido con sus actividades delictivas: secuestro, extorsión, narcotráfico, robo, asaltos a bancos etc?


Ahora salen con el cuento de su pobreza infinita. Y el Gobierno no sólo les asegura su impunidad sino que les asigna una remuneración por no hacer nada, durante cinco años. Al parecer se han puesto de acuerdo en que sea un millón ochocientos mil pesos mensuales. Que el ministro de Defensa llama estipendio, como si con esta palabreja se borrara el hecho real de que se está pagando por no delinquir. ¿A qué dedicaran sus ocios estos delincuentes? Sin lugar a dudas, a  maquinar nuevos delitos. Nadie que tenga cinco dedos de frente se los imagina rezando o haciendo penitencia como cartujos.


Y queda una última pregunta: ¿hay algún ingenuo que piense que van a renunciar a sus negocios preferidos, el narcotráfico y la minería por fuera de la ley? Es hecho público y notorio que durante estos años de negociaciones, han continuado produciendo coca y heroína y cultivando sus relaciones comerciales con los traficantes mexicanos. ¿Por qué hacer a un lado esa próspera industria? ¿Y quién impedirá que sigan destruyendo la selva, en busca de oro y de otros metales preciosos? 


En conclusión: pretender que los colombianos vayan a las urnas a aprobar lo que no conocen ni conocerán jamás, es considerarlos mentecatos, incapaces de decidir sobre sus asuntos, los propios y los de la comunidad.


SOBRE UN GENTILICIO


En noviembre de 2012, el Concejo de Armenia, por medio de un Acuerdo, determinó que el gentilicio de los nacidos en esta ciudad, es armenio, que es el mismo que corresponde a los nacidos en la antigua república de Armenia. En ese Acuerdo, que hoy es de obligatorio cumplimiento para todos, en especial para las autoridades municipales,  se ordena emplear  que este gentilicio en todos los documentos oficiales. En consecuencia, todas esas tonterías de la “Placita Cuyabra” de la anterior administración municipal, son ostensibles quebrantos de una norma vigente.


El término “cuyabro” era un antiguo apodo, peyorativo, que usaban los de Calarcá. Los armenios, en esos lejanos tiempos, les pagaban en la misma moneda, pues los llamaban “carrascaleños”, para dar a entender que sus tierras eran un pedregal.