Columnistas


Pierre Teilhard de Chardin
Autor: Lucila Gonzalez de Chavez
29 de Febrero de 2016


El pr髕imo mes de abril se cumplen sesenta y un a駉s de la muerte del insigne sacerdote jesuita Teilhard de Chardin (1881 - 1955), paleont髄ogo y fil髎ofo franc閟; tan controvertido por sus aseveraciones, sus ideas, sus estudios, sus convicciones.

El próximo mes de abril se cumplen sesenta y un años de la muerte del insigne sacerdote jesuita Teilhard de Chardin (1881 - 1955), paleontólogo y filósofo francés; tan controvertido por sus aseveraciones, sus ideas, sus estudios, sus convicciones. Una de ellas: la vida, la materia y el pensamiento están involucrados en el proceso de la evolución; por ello, a este proceso debe atribuírsele un sentido.


Pero, tan fuerte personalidad, tan evolucionada mentalidad, tan paladín de la fe, como lo fue el genial sacerdote, en todos sus años de luchas y de mordientes críticas fue saliendo triunfante de tanto escándalo.


En 1981 (cien años después del nacimiento del jesuita), el papa Juan Pablo II ordenaba que un cardenal publicara, en su nombre, en el periódico del Vaticano:


“...lo que nuestros contemporáneos recordarán… es el testimonio de la vida coherente de un hombre poseído por Cristo en lo más profundo de su alma. Estaba preocupado por honrar tanto la fe como la razón”.


Y Benedicto XVI afirmó que:


“Teilhard tuvo una gran visión que culmina en una verdadera liturgia cósmica en la cual el cosmos se convertirá en una hostia viviente”.


Pero lo que yo quiero compartir, con usted amigo lector - desde el fondo de mi alma creyente – son estas iluminadas y paradigmáticas palabras del jesuita, que bien podríamos llamar una ferviente oración, para ser conscientes del abandono de la vida y de la presencia de la muerte:


“Fue una alegría para mí, oh Dios, en medio de la lucha, sentir que al buscar mi realización, estaba intensificando vuestro dominio sobre mí; fue también una alegría, bajo el impulso íntimo de la vida, o en el juego favorable de los acontecimientos, abandonarme a vuestra Providencia. Ahora que encontré la alegría de utilizar todas las formas de crecimiento para haceros o dejaros crecer en mí, concededme que yo de buena voluntad acepte esta última fase de comunión, durante la cual yo os poseeré para disminuirme en Vos.


 Habiéndoos percibido como aquel que es un YO MAYOR, concededme, que, llegada mi hora, pueda reconoceros bajo las especies de cada fuerza extraña u hostil que me parece destinada a destruirme o desarraigarme.


Cuando las señales de la edad empiezan a marcar mi cuerpo (y todavía más, cuando afecten mi mente); cuando el mal que me deberá disminuir o llevar, me ataque desde fuera o nazca dentro de mí; cuando llegue el momento doloroso en que yo me dé cuenta, repentinamente, del hecho de que estoy enfermo o envejecido; y, sobre todo, en ese último momento cuando yo sienta que estoy perdiendo el control de mí mismo, y que estoy absolutamente pasivo entre las manos de las grandes fuerzas desconocidas que me formaron; en esos momentos negros, oh Dios, concededme que yo pueda entender que sois Vos (contando que mi fe sea bastante fuerte) quien estáis dolorosamente apartando las fibras de mi ser para penetrar hasta la médula de mi substancia y llevarme dentro de Vos.


Cuanto más profunda e incurablemente el mal se incruste en mi carne; tanto más seréis Vos a quien yo estaré abrigando, Vos como un principio amoroso y activo de purificación y desapego. Cuanto más se abra el futuro delante de mí como un abismo deslumbrante o un túnel obscuro, tanto más confiado podré estar de rendirme y perderme en Vos, de ser asimilado por vuestro cuerpo, Jesús.


Sois la fuerza irresistible y vivificante, oh Señor, y porque vuestra es la energía, porque de nosotros dos Vos sois infinitamente el más fuerte, es a Vos a quien cabe consumirme en la unión que nos soldará uno al otro. Concededme, por tanto, algo más precioso todavía que la gracia que todos los fieles imploran. No basta que yo muera comulgando. Enseñadme a tratar a mi muerte como a un acto de comunión”.


“Te confío, Jesús, desesperadamente, mis últimos años activos, mi muerte: que no logren debilitar lo que tanto he deseado completar en Ti, Señor”.


Pierre Teilhard de Chardin 


Obra: Himno del Universo