Editorial


La nueva cara de la Fifa
28 de Febrero de 2016


Gianni Infantino sabe que tendrá sobre sí el ojo vigilante de millones de aficionados y no puede permitirse echar en saco roto las promesas de cambio sobre las cuales fundamentó su campaña.

El fútbol mundial cuenta desde el viernes con un nuevo timonel, el suizo Gianni Infantino, a quien 115 de las 209 federaciones nacionales  afiliadas a la Fifa, le encomendaron la urgente tarea de liderar el cambio de la entidad, golpeada desde hace nueve meses por un escándalo de corrupción de proporciones, que si bien no ha afectado el desarrollo de los torneos y competencias en el ámbito global, sí está empezando a mostrar una inmensa brecha en los balances financieros de la entidad por el retiro de varios de sus más importantes patrocinadores. Como máximo dirigente del único deporte que ha logrado romper las barreras de la cultura y la religión, Gianni Infantino sabe que tendrá sobre sí el ojo vigilante de millones de aficionados en todo el mundo, por lo cual no puede permitirse echar en saco roto las promesas de cambio sobre las cuales fundamentó su campaña.


Como bien se recuerda, en mayo de 2015 el Congreso de la Fifa fue alterado por el arresto de siete de sus dirigentes, a petición de la justicia de los Estados Unidos, acusados de fraude, estafa y lavado de dinero en las operaciones de venta de derechos de transmisión y mercadeo de los torneos avalados por la entidad, siendo la Confederación Suramericana de Fútbol (Conmebol) y la Confederación de Centroamérica y el Caribe (Concacaf) las que salieron más lesionadas de la causa judicial que aún sigue su curso. Los sucesos posteriores a esa fecha, que han ido ahondando en la crisis de corrupción y que forzaron la dimisión del entonces presidente Joseph Blatter, fueron haciendo cada vez más fuerte el clamor internacional por cambios drásticos en la Fifa, una organización encriptada en anacrónicas costumbres, habituada a obstruir la injerencia gubernamental y amparada en un halo de supuesta inmunidad que se atrevió a romper la secretaria de Justicia norteamericana, Loretta Lynch. Muestra de lo que ha sido la Fifa en su historia, es que en 104 años de historia, Infantino será apenas su noveno presidente, lo que deja un promedio de trece años por mandato.


Y si bien la figura simpática y sonriente del nuevo presidente despierta ciertas suspicacias por el hecho de ser suizo -como Blatter- y de venir de la Confederación Europea (Uefa), donde se desempeñaba como Secretario General y mano derecha de Michel Platini, imputado también por corrupción, hay que decir que Infantino representa, después de muchos años, el triunfo de las confederaciones en las que el fútbol ha alcanzado un mayor desarrollo como espectáculo y como negocio, como son la suramericana y la europea, y no la voluntad de las confederaciones cuyo poderío estaba en el número de votos, como África y Asia, pero cuyo desarrollo del fútbol como deporte parece un objetivo subordinado al aprovechamiento político y económico de la actividad. No hay que olvidar que en pleno Congreso Extraordinario, un pequeño grupo de opositores al régimen de Bahréin se manifestó en contra del jeque Salman bin Ebrahim Al Khalifa, uno de los candidatos a la presidencia de la Fifa, a quien acusaban de dictador y de torturar a deportistas. Lo que puede esperarse en este sentido, es que, como dijo el propio Infantino en su primer encuentro con la prensa, el fútbol regrese a la Fifa y con él los cambios y los desarrollos que permitan tener un deporte transparente, y que aficionados, jugadores, entrenadores y dirigentes se sientan comprometidos a ser parte de un gran movimiento que impacte favorablemente a las sociedades donde se practica.


Tales cambios, tal y como fueron aprobados ya por la propia Fifa, pasan por una clara separación entre las funciones “políticas” y de gestión; la transformación del Comité Ejecutivo en un Consejo que fije la dirección estratégica de la organización; la inclusión de la mujer en dicho consejo, al menos una por cada una de las seis confederaciones existentes; la publicación de los sueldos del presidente, los miembros del Consejo y el secretario general; la limitación a un máximo de doce años de los mandatos para el presidente, los miembros del Consejo y los miembros de la Comisión de Auditoría;  la reducción del número de comisiones permanentes para mejorar la eficacia del proceso de toma de decisiones; la creación de una nueva comisión que dé representación a futbolistas, clubes y ligas, y un mejor control de los flujos monetarios. Aunque no está explícito en este listado de reformas, el mundo del fútbol también espera que se abra el debate definitivo para la inclusión de ayudas tecnológicas al desarrollo de los encuentros como única vía de acercarse a la transparencia, como en el tenis, el fútbol americano o el rugby.


Esperamos, pues, que los esfuerzos del nuevo presidente no se centren en cambiar únicamente la imagen de la Fifa, como repitió insistentemente Infantino tras su elección, pues la imagen va a depender en todo momento de cómo se hagan las cosas por dentro, de que se respeten los derechos y la dignidad  de los jugadores; de que se eliminen efectivamente las prácticas abiertas a la corrupción que han regido hasta ahora y que las autoridades del fútbol rindan cuenta de su gestión en todos los niveles, algo que todavía hoy está en el plano de la utopía.