Columnistas


¡Ya no es noticia!
Autor: Jorge Arango Mejía
28 de Febrero de 2016


Ya se acerca el fin de febrero y los jueces civiles y de familia de Bogotá no han regresado al trabajo, después de sus vacaciones anuales. Éste es un hecho grave. Sin embargo, ya no es noticia en la prensa de Bogotá: es como si no existieran.

Ya se acerca el fin de febrero y los jueces civiles y de familia de Bogotá no han regresado al trabajo, después de sus vacaciones anuales. Éste es un hecho grave. Sin embargo, ya no es noticia en la prensa de Bogotá: es como si no existieran. O, peor aún, como si a la gente no le importara la administración de justicia.


¿Por qué se ha llegado a esta lamentable situación? Sencillamente, por el desprestigio de la rama judicial, vale decir, de una gran cantidad de jueces y magistrados. Siempre que me refiero a este tema, hago la salvedad, por razones elementales, de que hay excepciones, encargados de dispensar justicia que cumplen a cabalidad sus deberes, que trabajan  con honradez y que obran de buena fe.


Hay, para comenzar, una increíble morosidad en los juzgados. A pesar de los términos perentorios, los negocios duermen en los anaqueles el sueño de la injusticia. Y el mal ejemplo lo dan las altas cortes, comenzando por el Consejo de Estado.


Hay muchas razones para esa lentitud. La primera y principal, la pereza de los funcionarios.


La segunda, la acción de tutela y las acciones populares. Como estas dos acciones tienen un trámite preferente, el juez que recibe una de ellas está obligado a posponer el trámite de otros negocios. Y la gente echa mano de tales acciones precisamente para buscar pronta y cumplida justicia. Por eso dije alguna vez que en esto hay un círculo vicioso de naturaleza diabólica: como la justicia tarda demasiado, la gente acude a las tutelas; y entre más tutelas se presentan, más lenta es la justicia.


Y aquí, en este problema de los procesos interminables, hay otra causa de corrupción. Cuando los interesados se desesperan porque sus negocios se estancan, no falta alguien que les diga que la maquinaria judicial se puede aceitar con unos pesos. Y muchos aceptan el consejo, que una veces da resultados y otras no, pero que siempre envilece a los funcionarios.


Si se compara con otras épocas, hay que concluir que las buenas maneras han desaparecido de los despachos judiciales. Hoy día los empleados se dan aires de importancia y proceden como si su obligación no fuera atender al público, a los abogados y a las demás personas que se ven obligadas a concurrir a esas oficinas.


Ya el gobierno, que una vez fracasó en su empeño, ni siquiera se atreve a mencionar el tema de la reforma judicial. Reforma que se estrellaría contra una realidad: el mal no está en las normas sino en los encargados de aplicarlas. Alguien decía, con toda razón, que prefería un buen juez con leyes malas que un mal juez con leyes buenas. 


Y, en general, no pueden los empleados judiciales quejarse de las oficinas, que son cómodas en su mayoría. Como también son buenos los equipos con los cuales trabajan.


Durante los años en que he ejercido la profesión de abogado, nunca había visto una situación tan deplorable como la de estos tiempos. No pasa un mes sin que se destape un escándalo. Y uno se pregunta: ¿cuántos no quedarán para siempre en la oscuridad, cubiertos sus autores por el manto de la impunidad?


Y como si lo anterior no fuera suficiente, estamos a las puertas de la llamada justicia transicional. Que no será más que una burla de los criminales que se sumará a todas las atrocidades que han cometido. Con toda razón, el  Director de Human Rights Watch manifestó: “Un análisis minucioso de lo que contienen los acuerdos permite concluir que es simplemente un acuerdo de impunidad. Un acto que terminará sacrificando los derechos de las víctimas del conflicto armado.”


Mientras tanto, la situación económica y fiscal se deteriora aceleradamente. Ya se hizo un recorte en el Presupuesto de la Nación, por seis billones de pesos, suma casi igual a la que se recibió por la venta de Isagén, negocio que nadie entendió ni aprobó. Va llegando el tiempo en que no habrá nada para vender o en que lo poco que quede no tenga compradores.  


Y a pesar de todas las evidencias, la gigantesca propaganda oficial seguirá pregonando las maravillas del régimen...