Columnistas


Cuando un amigo se va
Autor: Hernán Mira
27 de Febrero de 2016


“Si la vida es sagrada, la historia de Colombia es un sacrilegio interminable”

“Si la vida es sagrada, la historia de Colombia es un sacrilegio interminable” Horacio Arango S.J. q.e.p.d.


Hay golpes tan duros en la vida… y uno de esos golpes, que tan bien los describe el gran poeta César Vallejo, es la muerte súbita de esa gran persona, excelente ciudadano, magnífico sacerdote jesuita y gran amigo Horacio Arango Arango. Muchas veces ocurre que uno conoce tarde a seres humanos con quienes quisiera haber logrado una amistad más duradera y casi eterna en el tiempo. Pero la vida es así, corre como el agua y cuando no lo pensamos se nos va entre los dedos, la nuestra a la de los amigos que han dejado una huella imborrable en nosotros y en la sociedad. 


A Horacio lo conocí hace unos años, por una de mis alumnas, familiar de él, y mi condición de ex alumno del colegio que, a propósito, me permitió ver la muy buena evolución de jesuitas como él, comprometidos a fondo en la formación de ciudadanos íntegros, estudiantes con pensamiento crítico, en la equidad y en la dignidad igual  de todas las personas. Desde un primer momento nos encontramos en el intercambio de ideas que compartimos, elaboramos, depuramos y en un diálogo que hoy daría todo porque fuera interminable.


La muerte de Horacio remueve lo más hondo en nosotros. Son esos golpes  tan bien descritos por Vallejo en su poema Los Heraldos Negros. 


“Como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma. ¡Yo no sé! 


Son pocos; pero son. Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.


Serán tal vez los potros de bárbaros atilas; o los heraldos negros que nos manda la muerte”.


De la memoria de Horacio nos debiera quedar principalmente su pensamiento, sus ideas y planteamientos, equilibrados en su modo de ser y bondad; un legado que nos deja para tratar de continuar ese camino que muy bien nos señaló. Era un convencido y comprometido con que había que cambiar esta cultura antioqueña tan proclive al odio, la venganza, la violencia y conducirla hacia la reconciliación y el perdón. Fue un trabajador sin descanso por la paz y convencido de lo conveniente del actual proceso, como un primer paso para llegar a esa paz que construimos entre todos con el perdón y la reconciliación.


Recojo unos pocos de sus párrafos, entre tantos, que se me quedan grabados. “Es urgente que nos reconozcamos heridos como sociedad y que comprendamos la naturaleza y la hondura de los golpes que hemos sufrido, para que podamos pasar de la memoria herida a la sabia memoria de las heridas.” Sobre el perdón y el olvido, discutidos constantemente, hace esta sencilla y sabia reflexión: “perdonar es dejar que el pasado sea pasado, que las heridas permanezcan en la memoria para alertar la tentación de repetir la infamia, pero sin cargar de odio el presente”.


Sobre la responsabilidad que tuvimos y tenemos en el rumbo del país, decía que el conflicto es de nosotros mismos “que nos hemos hecho enemigos unos de otros con la indiferencia y que nos hemos aislado, dejando a los que sufren abandonados a su propia suerte. Por eso, nosotros mismos, como sociedad civil, somos los primeros responsables del proceso de reconciliación que debe rodear el eventual acuerdo del gobierno y las Farc y somos responsables de la paz y la reconciliación, aún en el caso de que no se llegara a la firma de un acuerdo”. Y este era su profundo anhelo de paz “donde el respeto por la dignidad humana sea el valor fundamental y la lucha por la equidad como justicia sea la única batalla que estemos dispuestos a librar.”


La muy dolorosa muerte de Horacio, obliga a terminar con esta estrofa de León De Greiff: 


“Señora muerte que se va llevando todo lo bueno que en nosotros topa!...


Solos –en un rincón- vamos quedando los demás... ¡gente mísera de tropa!”