Palabra y obra

The town of light and whispers: images that invent acts of listening
El pueblo de la luz y los susurros: imágenes que inventan escuchas
26 de Febrero de 2016


El experto presenta una revisión de cuatro de las producciones que serán proyectadas en el Festival Internacional de Cine de Cartagena Ficci.


Sebastián Wiedemann


Cineasta-investigador 


Editor y Curador Hambre - Espacio Cine Experimental


Para Susana, que me ha enseñado que hay un pueblo que sólo existe en las 


imágenes.


Del 56 Festival Internacional de Cine de Cartagena Ficci preferiríamos no decir, pues decir de las imágenes es también decir de una lógica de aproximación y domesticación de las mismas. Lógica de la crítica cinematográfica que ve narrativas, historias, personajes, referencias, erudiciones, citaciones, anécdotas, tecnicismos, etc., antes que una relación cuerpo a cuerpo con la energía vital de las imágenes, en su ser luz y susurro. 


El acotado espacio de estas líneas impone que sea sólo entre imágenes que dialoguemos, con el mar de sensaciones que ellas arrastran para intentar dar un mínimo de consistencia a lo que ellas nos fuerzan a pensar. Aun así, si quien acompaña esta breve composición entre palabras e imágenes, tiene la suerte de ver estos cuatro films, dentro o fuera del Ficci 56, quizás resuenen con mayor elocuencia las intuiciones que intentamos hilar. Sólo les pedimos a los lectores que se desapeguen del deseo de que estas líneas den cuenta, expliquen, interpreten o den un juicio de valor a los films aquí convocados. Sólo les pedimos que se dejen arrastrar por la experimentación afectiva y sensorial de una escritura con y entre imágenes que se propone afirmar que las imágenes tienen vida propia.


Cuatro films, cuatro movimientos singulares que destilan elementos y procedimientos que dicen de algo que nos gustaría llamar “el pueblo de la luz y los susurros”. Hay un pueblo que sólo existe en las imágenes y entendemos aquí por pueblo no únicamente aquel que se dice colectivo humano, más también todo colectivo de afecciones y percepciones que da vida a modos de existencia singulares y extrahumanos que, por ser inmateriales o invisibles, pueden aparecer exclusivamente en las imágenes. Hay un pueblo que sólo existe en las imágenes, de allí que ellas inventen y se inventen escuchas para que este pueda emerger. Un cierto animismo sensorial que abre nuestra percepción, para que esta se efectúe como escucha de las lógicas humanas que dicen de lo “no-humano”, que encuentra su ánima en las imágenes como cuerpos luminosos y susurrantes. ¡Sí, las imágenes tienen vida propia! 



1. Oscuro animal

Director: Felipe Guerrero 


País: Colombia


Duración: 107 minutos


Año: 2016


La selva se impone como una envolvente sonora, estamos sumergidos en ella, y la primera imagen que vemos son aguas que se abren camino a través de su densa vegetación. Un cuerpo femenino camina hacia un claro y algo la fuerza a detenerse al mismo tiempo que hace con que comience a arder en su interior. Algo siniestro acecha y convida y diremos que el Oscuro animal es doble: oscuro animal de la selva, oscuro animal del hombre. La selva insistirá en permear los cuerpos que arden, por más que finalmente ellos se decidan a escuchar el oscuro animal del hombre. Violencia sin rostro, que suena a puñaladas y tiros, arrastrará los cuerpos hasta la incertidumbre de la urbe.  Sin embargo, detengámonos en la escucha que la imagen como oscuro animal de la selva inventa. 


Hay un pueblo que gana vida entre las sonoridades de la selva y la cámara, expectante y observadora, hace que los cuerpos fatigados y ardientes puedan respirar. Un ritmo vital, el mismo que corre por las aguas que ya vimos al inicio, impregna los cuerpos y les da aliento. Un pueblo, que sólo existe en la relación sonoridades-selva y una cámara que abre brechas para que cuerpos fulgurantes puedan insistir en la vida. Es un pueblo que no se deja ver, pero que se hace sentir en las sonoridades como hálito de vida. Estamos sumergidos en la selva, pero su fuerza es subterránea a los cuerpos, pues este pueblo-sonoridades-selva al mismo tiempo que familiar e indiferente no es más que un susurro. Lo escuchamos y nos invita. 


El cuerpo femenino que se multiplica por tres lo escucha en su interior mientras arde y busca una línea de fuga que lo hará arribar a la ciudad. Pero será el cuerpo infante quien no sólo escuche, quien acepte su llamado. El cuerpo femenino puede continuar gracias al pueblo-hálito-de-vida que las sonoridades de la selva susurran, pero son los cuerpos infantes quienes hacen continuar este susurro. Dos infancias ocupan un claro de la selva y con una rama juegan a darle voz al viento. El susurro de la selva es modulado en un gesto de jugar y así un pueblo puede continuar. 


La imagen gana una dimensión efectiva de escucha en el gesto de una cámara y puesta en escena que por un breve instante, más que dejar respirar a los cuerpos, dejó respirar al viento. El oscuro animal del hombre nos puede llevar inequívocamente a la urbe. El oscuro animal de la selva puede mover cuerpos, ser envolvente sonoro y hacer aparecer un pueblo de susurros en el jugar de infancias que aún no fueron consumidas por la sombra del horror. 




2. Noche herida

Director: Nicolás Rincón Guille


País: Colombia


Duración: 87 minutos


Año: 2015


Creeríamos que los recuerdos nos pertenecían, sin embargo ellos son un conglomerado de sensaciones inmemoriales que viven en el tránsito de voces que por momentos los acogen. Son un pueblo que aparentemente dice de nosotros, pero somos nosotros quienes decimos de ellos cuando nos atraviesan y hacen de nuestra voz su temporaria posesión y morada. Una cámara que no pretende poseer u organizar nada se dispone a contemplar cómo este pueblo emerge, en el relevo de voces de un nieto y su abuela. 


Un haz de luz entre ellos balancea el susurro que poco a poco decanta, mucho más la coloratura sutil del pueblo-recuerdos que es convocado, que la veracidad de un hecho. La imagen se compone como escucha y variación entre escuchas, y mientras el tono lúdico del nieto le da una liviandad a la canción del pueblo-recuerdos, el silencio crepuscular de la abuela crea un contrapunto ante el modo como la aparición del pueblo acontece. La imagen dura, el nieto lee, la voz embaraza la atmósfera con la presencia del pueblo-susurros-recuerdo. La imagen insiste como visualidad pues la pregnancia sonora hace que la luz resuene en la penumbra, hace que los cuerpos sean umbrales de memoria. La cámara insiste en acompañar el cotidiano de cuerpos que ganan densidad cuando el pueblo susurrante de los recuerdos los habita. La abuela puede decir que no quiere recordar, pero es sólo por la insistencia de este pueblo en poseer su voz que ella y su nieto pueden continuar.




3. Aracati

Directoras: Aline Portugal y Julia de Simone


País: Brasil


Duración: 62 minutos


Año: 2015


El pueblo de los susurros esta vez encuentra su mayor aliado en el viento. La imagen exprofesamente se propone inventarse escucha de viento. En su inmaterialidad, él se hace presencia que baña por completo a las visualidades y sonoridades. Su imponencia hace que la cámara se disponga prudente y cautelosa a cada movimiento que da. Cámara que en su distancia y medida justa reverencia su fuerza, para que este se pueda manifestar como pueblo que todo lo toca, todo lo mueve, todo lo destruye. Se podrá decir que el pueblo del viento que susurra imágenes también existe fuera de ellas y de hecho la voz del “observador de vientos” nos dirá esto. Pero es sólo en la imagen que este pueblo gana una singularidad como multiplicidad y es su propia multiplicidad la que mueve a la imagen. 


La imagen se inventa escucha al percibir las hélices que hacen variar el ritmo del viento, al hacer resonar este pueblo con la voz del “observador” que nos dice que el viento vive al lado del río y nace en las olas del mar, que trae la lluvia y es un ser sobrenatural que se lleva hasta los sombreros. La imagen lo escucha al contemplarlo sobre la superficie de las aguas, al ver cómo hace de las arquitecturas una impermanencia donde la tierra y el polvo entre escombros bailan y se encuentran.


Todo cuerpo en la imagen es móvil para que el pueblo susurrante del viento pueda proliferar. La oscuridad de la noche toma la imagen, llevando a las visualidades a su umbral más fino, aun así, esta es motivo para que el pueblo de los susurros se haga uno con el de luz. La imagen comienza a arder. Fuego vivo que pinta al viento de rojo y amarillo. Viento-humo-neblina colorido. Naranja fulgurante que se alza en la oscuridad como pueblo de susurros y luz unidos. Pueblo inmaterial que se ha hecho visible y audible en la escucha de una imagen que no dudó en alucinar la existencia de este y que el “observador” ya afirmaba cuerpo a cuerpo en su murmullo-canción. 




4. The sky trembles and the earth

Director:


Ben Rivers


País: Reino Unido


Duración: 98 minutos


Año: 2015


¿Cómo escuchar al pueblo de la luz y los susurros que vive en las imágenes que se alimentan y se inventan escucha en el desierto? En el desierto todo se deshace, sobre todo la percepción, de allí que la imagen se manifieste como una perpetua construcción explicitando y dejando la vista en la superficie de su arquitectura y procedimientos de composición. Entre piedras y arena la imagen se presenta como superposición de camadas sensoriales. Por momentos, las visualidades se divorcian de las sonoridades y una puede anteceder a la otra o intensificar la presencia de su compañera por su ausencia.  El pueblo de la luz y los susurros gana potencia, pues la imagen como escucha es un proceso de desertificación de la percepción. Nada es dado, todo es una construcción y por lo tanto todo es una alucinación. 


La imagen, como capas que se envuelven unas en otras, crea laberintos y pasajes por donde el pueblo de la luz y los susurros se fuga, al mismo tiempo que una percepción alucinatoria se abre camino.  Nada suena, nada es visto como debería ser y justo por ello puede existir. Las sonoridades arrebatan los cuerpos y los empujan a caer en trance. Los cuerpos caen bajo el efecto de la luna y dejan de ver un rostro determinado para convertirse en un caleidoscopio luminoso, para ser una danza de reflejos de luz que llama al sol. 


El susurro del desierto se entrelaza con el ruido provocado por los movimientos del cuerpo-danza-reflejos-de-luz. En el desierto todo es fugitivo, todo renace de un modo diferente a cada día en las dunas. De allí que sólo podamos rozar al pueblo de la luz y los susurros en los surcos que el delirio de la imaginación nos proporciona. La imagen es una construcción constante y en ella el pueblo de la luz y los susurros viene y va. Vaivén en el que todo movimiento debe hacerse digno de correr tras la luz y los susurros, no tras la voluntad de los hombres. El cuerpo-danza-reflejos-de-luz corre vertiginosamente para alcanzar el sol antes que el ocaso llegue. Corrida en la que la imagen abre un tiempo fuera del tiempo, un tiempo que sólo puede existir en ella y que causa vibraciones cuando su cualidad de escucha realiza la existencia del pueblo de la luz y los susurros como la incesante aparición y disipación de conglomerados energéticos y vitales. La imagen vibra, la imagen late, la imagen está viva a cada paso que se corre en dirección al sol.  


Las imágenes están vivas y hay un pueblo que sólo existe en ellas. Ellas inventan escuchas, se inventan escuchas como canales y pasajes. De allí que la imagen sea mucho más un problema de variación energética que de narración. 


Cuatro films, cuatro entradas, cuatro invitaciones a desertificar nuestra percepción, a dejarla alucinar para que el contorno de los cuerpos, que hacen a la imagen más allá de su figuración, nos dejen sentir que hay otros pueblos además del nuestro. 


El pueblo de las imágenes, que aquí llamamos pueblo de la luz y los susurros a cada gesto que hemos visto en estos cuatro casos afirma nuestra existencia.  Esta escritura experimental y delirante a riesgo de ser rechazada y/o incomprendida por pedir que coloquemos nuestra percepción en umbrales poco transitados, de modo vertiginoso y súbito se propone una reciprocidad y afirma que ellas, las imágenes, ya son en sí mismas un modo de existencia singular.


¡Sí, las imágenes tienen vida propia!