Editorial


El No de los bolivianos
25 de Febrero de 2016


La oposición boliviana no puede cobrar como suya la victoria del No, pues si bien el referendo fue la oportunidad de unir a todos quienes se oponen a la continuidad de Morales, los motivos eran tan diversos que no es posible pensar en que dicha unión sea sostenible.

Después de dos días en vilo por los resultados del referendo celebrado el domingo, el martes en la noche se confirmó que la opción que rechazaba la modificación de la Constitución boliviana para elevar de dos a tres el número de mandatos presidenciales consecutivos permitidos, se impuso con el 51,31% de los votos frente al 48,69% del Sí. Un margen demasiado estrecho para dejar a las partes plenamente satisfechas, pero un pronunciamiento lo suficientemente claro para que el presidente Evo Morales reconociera, como lo hizo ayer mismo, que ni siquiera en su caso el pueblo iba a cambiar su histórica aversión por los gobernantes aferrados al poder ni se iba a jugar la carta de poner en riesgo la opción del cambio, en momentos en que el desgaste del actual mandato se empieza a evidenciar en el descontento popular por los recientes casos de corrupción conocidos y por la actitud soberbia y lejana a la gente que han ido tomando el presidente y su círculo más próximo en el poder.


Acostumbrado, como estaba, a ganar de manera arrasadora todas las elecciones a las que se había sometido en diez años de mandato (con hasta el 60% de respaldo popular), Evo Morales, al mejor estilo de los gobernantes progresistas, no tuvo el menor asomo de autocrítica sino que culpó a una supuesta guerra sucia, a las redes sociales y al racismo por el resultado adverso. Un duro golpe para el mandatario, quien acusó en carne propia los efectos adversos de una campaña polarizada hasta el extremo, que sacó a relucir por primera vez escándalos como el de la lobista Gabriela Zapata, con quien admitió haber tenido un romance y un hijo. No hay duda alguna de que las redes sociales jugaron, por primera vez, un papel importante en esta contienda, pues fue a través de ellas que los ciudadanos conocieron los detalles de este asunto, al margen de los intentos oficiales de desmentir que se hubiera configurado alguna conducta reprochable.


Sin importar el margen final del resultado, que por cierto se esperaba más amplio a favor del No por parte de los opositores, teniendo en cuenta las encuestas previas a las votaciones y los sondeos a boca de urna, el hecho contundente es que se ha roto el fuerte bloque de respaldo que Evo Morales y el partido Movimiento Al Socialismo (MAS) habían logrado amasar por una década, lo que da paso al escenario de unas elecciones presidenciales, en 2019, sin candidato presidente y, peor aún para el oficialismo, sin una figura clara que pueda mantener la ideología de gobierno más allá del caudillo. Porque algo que también resulta evidente es que Morales no tenía planes de heredar su legado político, o de lo contrario no habría considerado optar por mantenerse un periodo más en el poder.


Aunque Morales señaló de manera reiterada ayer que iba a respetar el resultado de las elecciones, también lanzó una afirmación que puede prestarse para muchas interpretaciones: “Hemos perdido la batalla, pero no la guerra”. Es inevitable remitirse al escenario de Venezuela en 2007, cuando Hugo Chávez perdió un referendo que buscaba que se aprobara la reelección indefinida y luego optó por reformar la Constitución para lograr su cometido. Sea que Morales, juicioso alumno del fallecido coronel, opte por tomar atajos para atornillarse en la silla presidencial o no, en su cabeza debe tener claro que necesita, desde ya, pensar en un sucesor. Tarea que no será fácil, pues muchos de sus primeros compañeros en el poder se alinearon con la opción del No, lo que puede ser síntoma de un factible resquebrajamiento en su partido, bien por el agotamiento natural tras los catorce años que completará en el poder (su actual periodo concluye el 22 de enero de 2020), o bien por la intención de buscar sus propias opciones para alcanzar la presidencia. El reto para Morales es que su sucesor aglutine a sus seguidores, pues cualquier división se la cobrarán en las urnas.


La oposición boliviana, por su parte, no puede cobrar como suya la victoria del No, pues si bien el referendo fue la oportunidad de unir a todos quienes se oponen a la continuidad de Morales en la Presidencia, los motivos eran tan diversos que no es posible pensar en que dicha unión sea sostenible para elegir un único candidato presidencial que haga frente, con opción de triunfo, a la carta del oficialismo. El panorama opositor es hoy en Bolivia similar al de los primeros años del chavismo en Venezuela: diversidad de grupos sin afinidades que buscan, cada  uno, satisfacer su propio interés. En este caso, hay desde grupos políticos de derecha, ideológicamente opuestos al discurso progresista, hasta grupos indígenas que acusan a Morales de discriminarlos, así como desencantados por la corrupción y el incumplimiento de promesas. En tales circunstancias, y con miras a unas elecciones presidenciales dentro de tres años, la oposición no tiene nada ganado. Por el contrario, aún debe luchar contra un poder que sigue contando con el respaldo de la mitad del electorado. Reconocemos en este resultado un avance hacia el enriquecimiento del debate democrático boliviano, lejos de los mesianismos, y esperamos que el oficialismo deje de lado los abusos de poder y permita al pueblo boliviano tener una transición tranquila y ajustada a la ley en la próxima contienda electoral.