Columnistas


Niñez, indolencia, hipocresia
Autor: Alvaro T. López
23 de Febrero de 2016


Cuando nació el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, con la impronta llerista (de Carlos Lleras Restrepo) estábamos asistiendo a uno de los cuatrienios con mayores logros en materia de organización del Estado en favor de los ciudadanos.

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Cuando nació el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, con la impronta llerista (de Carlos Lleras Restrepo) estábamos asistiendo a uno de los cuatrienios con mayores logros en materia de organización del Estado en favor de los ciudadanos del montón, de los más vulnerables. La L.75 de 1968, llamada Ley Cecilia, reguló asuntos de vital importancia que iban desde la reorganización y modernización de los elementos de la filiación hasta los de atención y protección a la niñez. En su artículo 50 creó precisamente el Icbf como un instrumento que ponía a Colombia a la vanguardia en materia de legislación sobre los derechos de la niñez y la familia, con herramientas eficaces y la eliminación de los injustos paradigmas que solo se comparaban con el pecado original.


La entidad que inició labores con el propósito laudable de atender un universo poco considerado por los colombianos, ha devenido en la lánguida burocracia de hoy, a ciencia y paciencia de los colombianos, sin que haya mayores presiones, reclamos o críticas al Gobierno. La hipocresía con que manejamos los problemas sociales en Colombia, también se puede aplicar al de la niñez desamparada. La forma misma en la que se han disparado las redes en campañas para “salvar” a los niños de La Guajira, no hace sino recalcar dos aspectos del problema, que el uno es la rampante inoperancia del Icbf, más dedicado a disimular que a su objeto social, y el otro es la indolencia con la que se tratan asuntos que no dan dividendos, como el hambre de los niños.


En la administración departamental de Aníbal Gaviria, se organizaban jornadas lideradas por la primera dama, precisamente para paliar el escabroso estado de desnutrición y abandono de los niños y las familias de los municipios de Antioquia. Fue un esfuerzo grande, criticado por muchos que calificaban de excesivo el gasto del gobernador en estas materias. Si esto pasa en un departamento como Antioquia, se podrá imaginar uno lo que sucede en otras latitudes en las que los recursos son menores, en los que fenómenos como en desplazamiento forzado y la inequidad golpean permanentemente a la población. La guerra, la pobreza y la ausencia del Estado generan, necesariamente, la violación de los derechos de los niños, y lo hemos permitido inveteradamente.


Habría que indagar a las “almas caritativas” que se jalan los pelos en las redes, qué opinan sobre el lamentable estado de nuestros emberás mendigando en las aceras, mientras los niños sucios y famélicos se exponen a los peligros de la calle; hay jóvenes mujeres que apenas si llegan a la pubertad, exhibiendo su preñez en las aceras de Medellín. No solo los niños de La Guajira tienen el derecho a ser rescatados de las absurdas tradiciones tribales y de la indolencia del Estado. Ni siquiera nos importa el drama de nuestros barrios; no hacemos nada por restarle inequidad a la vida de las familias pobres de nuestra ciudad; pero es muy cómodo criticar desde lejos a La Guajira, o al Vichada, o al África. Organicemos primero el propio entorno, no seamos hipócritas.