Editorial

El reality republicano
22 de Febrero de 2016


La nominación del magnate será inevitable a menos que los republicanos se decanten por una de las opciones que siguen en carrera y que, a nuestro juicio, debería ser el senador por el estado de Florida, Marco Rubio.

Carolina del Sur se convirtió el sábado en la sepultura de las aspiraciones presidenciales de Jeb Bush, quien anhelaba prolongar la historia de su familia en la Casa Blanca disputando una pelea dinástica ante la demócrata Hillary Clinton en las elecciones del próximo mes de noviembre. Este escenario, que muchos daban por seguro, no será posible por el auge de la figura populista y provocadora de Donald Trump, quien no sólo le aguó la fiesta a la familia Bush sino que, luego de celebradas tres primarias, se está acercando cada vez más a la nominación del Partido Republicano, ante la mirada incrédula de quienes nunca lo tomaron en serio y que ahora se ven abocados a alinearse a uno de los cuatro rivales sobrevivientes: Marco Rubio, Ted Cruz, John Kasich y Ben Carson.


Después de que a mediados del año pasado fuera el favorito gracias a su experiencia política, que lo hacía la opción del establishment (cuyos donantes se volcaron a apoyarlo), John Ellis Bush, hijo de George Herbert Walker Bush y hermano de George Walker Bush, se despidió de su carrera hacia la Casa Blanca tras perder las primarias de Iowa, New Hampshire y Carolina del Sur. En el camino también habían quedado Mike Huckabee, Rand Paul, Rick Santorum, Carly Fiorina, Chris Christie y Jim Gilmore, a quienes los primeros resultados también les habían dejado claro que el electorado no los iba a acompañar. Para nosotros, Bush representaba una de las opciones más serias en juego, por su talante presidencial, su conocimiento de la política y la profundidad de sus propuestas, más allá de que se compartieran o no, que sí aportaban contenido a los debates. Su decisión es coherente con su personalidad, pues ha puesto su sentido patriótico por encima de su  objetivo personal, invitando de este modo a los demás candidatos, y al electorado mismo, a definirse prontamente por un solo candidato que sea firme oponente a la nominación de Trump.


Se empieza, pues, a configurar el momento crucial de la campaña política que dará inicio a la dinámica que ponga freno, de manera definitiva, al fugaz ascenso de la candidatura de Donald Trump, quien ha sabido aprovechar la división del electorado y ganar la atención mediática con sus excentricidades. Su muy astuta mezcla de demagogia e independencia respecto a lo políticamente correcto, ha logrado captar la atención, lo que ha quedado plasmado en encuestas en las que muchos norteamericanos, entre ellos personas que no han votado en las últimas cuatro elecciones, se han dejado seducir por el efecto reality show en que el magnate ha convertido el debate y que le ha permitido enfocarlo en los terrenos y respuestas efectistas que ocultan su inexperiencia en el servicio público. En ese estado de cosas, la tendencia puede continuar y la nominación del magnate será inevitable a menos que, como ya dijimos, los republicanos se decanten por una de las opciones que siguen en carrera y que, a nuestro juicio, debería ser el senador por el estado de Florida, Marco Rubio.


Por los resultados de las primarias en Iowa, New Hampshire y Carolina del Sur, es previsible que John Kasich y Ben Carson den pronto su paso al costado. Cruz y Rubio serían, entonces, los llamados a encarar a Trump. Aunque ambos tienen ascendencia latina, Marco Rubio es quien cuenta con una mayor fortaleza entre esta población, lo cual resulta crucial en este momento de la campaña, sin contar con que hasta ahora ha sido Cruz el que ha soportado la mayor cantidad de ataques por parte de Donald Trump. En una confrontación cara a cara entre estas dos figuras, Rubio sería quien tendría más elementos para dar la pelea y lograr revertir la polarización que Trump ha creado, en momentos en que, al parecer, a su imagen no le hacen mella ni las referencias directas que a él ha hecho el propio presidente Barack Obama ni el papa Francisco, quien la semana pasada, al finalizar su visita a México, señaló que alguien que “piensa sólo en construir muros, no es cristiano”.


Por el lado demócrata las cosas parecen en orden tras los caucus de Nevada, también el sábado, donde Hillary Clinton parece haber reganado confianza y ha completado dos de tres citas ganadas, pues ya lo había hecho en Iowa, aunque con márgenes estrechos sobre un sorprendente Bernie Sanders, de 74 años, cuyo discurso socialista y anti-establishment lo han convertido en el “Trump” demócrata. Las ideas populistas y demagógicas de Sanders, casi irrealizables, le han granjeado simpatía entre las juventudes que no se han aproximado a votar por primera vez, lo cual puede jugar en su contra en este sistema de elecciones y en un país como Estados Unidos, que se ha caracterizado por elegir opciones de centro en cualquiera de los partidos.


Lo cierto es que fenómenos como Trump y Sanders, de salir airosos en las nominaciones, pondrían al electorado ante unas elecciones únicas y trascendentales, a las que podría sumarse la opción de Michael Bloomberg, otro empresario, pero también político, que ha estado en los dos partidos y que a veces se pone a favor o en contra del establishment, quien jugaría como independiente en un país en el que nunca han ganado las tercerías. Él cree tener las credenciales para salir al rescate del país ante las nuevas “amenazas”. Seguiremos atentos a estas elecciones de quien, sin lugar a dudas, jugará un papel preponderante en el futuro de la humanidad.