Columnistas


Degradación del blanco
Autor: José Alvear Sanin
17 de Febrero de 2016


En casi todos los códigos visuales el color blanco indica limpieza, inocencia, nobleza, rectitud. El negro recuerda la muerte; el verde, la vida; el morado, el luto...

En casi todos los códigos visuales el color blanco indica limpieza, inocencia, nobleza, rectitud. El negro recuerda la muerte; el verde, la vida; el morado, el luto...


Blancos son el ajuar del bautismo, el vestido de la primera comunión, las flores y el traje de la novia, la toga pretexta, la sotana del pontífice, la bata de médicos y enfermeras, el cordero pascual, el armiño, los cisnes de Rubén Darío (“unánimes en un lago de azur”) y la paloma de la paz...


En la simbología política, los conservadores suelen ser azules. Los socialismos son rojos, desde la bandera y su himno, el ejército y el librito de Mao, hasta la inofensiva rosa empuñada de tantas social-democracias. En la demagogia de Mussolini (que tanto influyó en la retórica de Jorge Eliécer Gaitán y Gilberto Alzate), la camisa es negra, para que oculte las heridas del héroe que se desangra luchando. Las camisas pardas alternan con las negras de las SS en la demencia nazi; el verde-oliva castrista se asocia con paredón y hambruna; la boina roja de Chávez, con gárrula palabrería; y las Farc tienen su verde y su camuflado, para no seguir enumerando colores, símbolos y emblemas.


No me ocuparía de este tema, si no estuviéramos presenciando la degradación del blanco, ¡convertido ahora en el color de la revolución! Todos hemos observado el abrazo de Timochenko y Santos. Sus manos se engarzan mientras el jefe, Raúl Castro, les agarrra los brazos y los tres se confunden en inextricable nudo. 


Si observamos la insólita escena, nos sorprende el inmaculado color blanco de las idénticas guayaberas, nuevo uniforme de la revolución de los “constructores de la paz” (¡ah!, la cocaína también es blanca...)


Humberto de la Calle, ni más faltaba, no puede dejar de lucir el simbólico y níveo atuendo que ahora usan ambas “altas partes” confabuladas. Un frecuente visitante de los Castro, Pepe Mujica, lobo caduco con piel de oveja, exhibe también el cándido atuendo, mientras Timoleón, con alba guayabera, sonríe en la carátula de la gran revista gobiernista.


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¡A las Farc les ha ido tan mal como narcotraficantes, que el gobierno colombiano tiene que pagar al cubano un millón de dólares anuales por el arrendamiento de las mansiones que ocupan sus jefes en La Habana, y encimarles otro tanto para que puedan tener internet! (Las dos orillas, enero 19/ 2016).


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En la indignante lista de toneles de mermelada repartidos por el gobierno a los desinteresados promotores de su paz, encabezada por Sergio Jaramillo ($ 3.500 millones); seguido por León Valencia ($ 1.400 millones); Antanas ($ 830 millones); y Mora Rangel ($ 600 millones); figura De la Calle con apenas 700 milloncitos. Esa cifra debe ser revisada, porque sería increíble que el costoso abogado y taimado jefe entregador fuese quien menos dinero recibiera en la astronómica piñata.  


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En un pequeño y bien cincelado libro, “Una danza contra el viento”, Álvaro Jiménez Guzmán repasa todas las infames violencias que azotan nuestros campos, mientras cierta desdeñosa y lejana oligarquía bogotana prepara su entrega a la peor de las bandas que los han martirizado.