Columnistas


Los dueños de la ciudad
Autor: Pedro Juan González Carvajal
16 de Febrero de 2016


Uno de los grandes hitos de la humanidad se genera cuando los humanos deciden ser sedentarios y vivir en grupo en un territorio que han de compartir.

parte de sus libertades y se establecen mecanismos de administración que permitan la viabilidad y sostenibilidad de este nuevo tipo de aglomeramiento humano. 


¿De quién es la ciudad? La respuesta simple es que simultáneamente es de todos, pero por ello mismo, de nadie.


¿De quién es Medellín? ¿Del alcalde de la ciudad, del gobernador del Departamento? ¿Del presidente de la República? ¿O será de los gremios económicos y sectoriales? ¿O será de las Fuerzas Militares y de Policía o de los Combos u otras organizaciones criminales? ¿Será de alguna iglesia en particular? ¿Será de algunas empresas o de algún conglomerado económico? ¿Será de los hinchas del Nacional o del Medellín?  ¿De quién diablos será?


La respuesta es sencilla, aun cuando los comportamientos de algunos de los actores la traten de desvirtuar de manera intermitente, o en algunos casos, continua. La ciudad sigue siendo de nadie en particular y de todos en general. Los ciudadanos periódicamente elegimos a algunos conciudadanos para que temporalmente tomen las riendas de la ciudad y aseguren que la calidad de vida de sus habitantes a partir del desarrollo y el bienestar, pueda darse con equidad, preservando la libertad y haciendo vívida la justicia social.


La ciudad no es del alcalde, ni del gobernador ni del presidente, pues ellos son simples funcionarios a quienes hay que agradecer su vocación y voluntad de servicio, en bien de la comunidad, de manera temporal. Tampoco es de los gremios económicos y sectoriales, pues ellos le dan voz a sus representados, de acuerdo con los intereses particulares que legítimamente defienden. Aun cuando la frontera es el ámbito legal, la ciudad no es un escenario de confrontación entre buenos y malos, sino un lugar de encuentro y de coexistencia pacífica. Cualquier alteración de este ordenamiento atenta frontalmente contra la viabilidad de este proyecto social. Tampoco pertenece a ninguna iglesia, puesto que su propósito fundamental sería asegurar el respeto y la tolerancia entre sus distintos grupos de adeptos. Ninguna empresa o grupo económico que desarrolle actividades en el territorio es dueña de la  ciudad, por más recursos y por más influencia y capacidad de lobby que  posea. Mucho menos de los hinchas de los equipos locales, por más que sobresalgan en el panorama local cuando hay fecha futbolística.


Por más importante que sea la persona o la institución, la ciudad debe alcanzar su propia identidad, su propia madurez, su propia proyección para poder representar y obtener con responsabilidad las expectativas y los objetivos de la comunidad que en ella se asienta.


¿Cómo lograr esto? A través de la definición de objetivos superiores que deben servir de guía a los gobernantes de turno para que actúen como buenos administradores que saben reconocer los logros alcanzados por sus antecesores, que saben hacer los ajustes y correcciones pertinentes y que con creatividad y respeto puedan hacer propuestas inteligentes que beneficien a la mayoría y coadyuven a la consecución del bienestar y la felicidad de todos.


Una sociedad no se construye a partir de “llaneros solitarios”. Se requiere de un gran espíritu asociativo generoso y colaborativo, para que todos podamos defender de manera legítima nuestros intereses, sin sacrificar los altos objetivos comunes. Esto no es del que más grite, del que quiera aparecer en la primera fila, del que más se muestre en los medios de comunicación, del que más saliva tenga y más hojaldres  trague. No. Esto es de todos y de ahí la gran responsabilidad que tenemos como miembros de la comunidad, como ciudadanos. Alcaldes, presidentes de empresas, Jerarcas de instituciones militares, religiosas o sociales, son todos muy importantes por sus títulos o posiciones, pero todos están en función de todos. Quien se quiera elevar por encima de los demás, gracias al nivel que ocupa en términos institucionales y organizacionales,  refleja simplemente su pequeñez como humano. El humano grande lo es porque es un gran humano, no por el cargo de ocupa, para peor, de manera temporal. 


Rescatemos del anonimato, este pensamiento: “Si tus sueños son grandes, es porque tu capacidad de lograrlos también lo es”.