Columnistas


Del debate al combate
Autor: Álvaro González Uribe
13 de Febrero de 2016


Ha sido muy comentada la diatriba mediante la cual la estudiante Sara Abril increpó al presidente Santos durante su reciente intervención en la Universidad Nacional.

@alvarogonzalezu


Ha sido muy comentada la diatriba mediante la cual la estudiante Sara Abril increpó al presidente Santos durante su reciente intervención en la Universidad Nacional. Sin embargo, también se ha ido volviendo famosa la carta dirigida a la estudiante por Julián De Zubiría Samper, investigador y pedagogo, profesor de bachillerato de Sara y director del colegio donde esta estudió, el Instituto Alberto Merani de Bogotá.


En redes sociales, en reuniones públicas y privadas, al igual que en espacios radiales y de TV, los debates políticos por fortuna están abundando en Colombia. Pero la carta del profesor De Zubiría nos hace reflexionar sobre la calidad de esos debates y en consecuencia sobre su utilidad y aportes a las problemáticas que abordan.


Debatir por debatir no tiene sentido, y en la mayoría de los casos las discusiones, que deberían ser fuente de conclusiones y de nuevas ideas, no pasan de ser exposiciones ciegas de un lado y del otro, muchas veces atropelladas, profusas, difusas y confusas; el diálogo no existe porque poco se escucha al interlocutor ni hay interés en escucharlo. Se llega a los debates con un discurso propio inamovible.


Pero, además, y de allí la importancia de la carta del profesor De Zubiría, los colombianos nos hemos vuelto expertos en triquiñuelas y mañas dialécticas.


En lógica existen las denominadas falacias (razonamientos no válidos o incorrectos con apariencia de válidos o correctos), entre las cuales está la falacia “ad hominem” mencionada por el profesor De Zubiría en su carta: “Discutir contra la persona y no contra sus argumentos se conoce en la lógica como falacia ‘ad hominem’ y se presenta cuando no nos referimos a las ideas de nuestro interlocutor, sino a la persona o lo que él representa”.


Al margen del contenido del discurso de la estudiante (por mi parte comparto algunas de sus ideas, no todas), mi interés es resaltar cómo, entre otras perversiones o ignorancias, este tipo de razonamientos errados está impidiendo en Colombia que los debates sean constructivos.


Y no solo impera la falacia “ad hominem”, sino también la que podríamos llamar su contraria, que en lógica se denomina argumento “ad verecundiam”, según el cual se da como verdadero un razonamiento simplemente porque proviene de cierta persona sin importar el contenido.


Simpatías u odios ciegos hacia líderes o sectores políticos, es decir fanatismos, son las causas de esta tara de las dialécticas. Van contra la inteligencia, el razonamiento y la búsqueda de la verdad. Por tanto, son socialmente perjudiciales porque nunca conducen a las soluciones sino a ahondar las diferencias intoxicándolas además con epítetos y, en varios casos, llevándolas muy cerca de la violencia cuando no es que las depositan en ese mundo bruto.


Lo hemos leído y escuchado de varias formas: La guerra es la negación de los argumentos. La guerra o la violencia en general son el “argumento” de quien no quiere, no puede o no sabe discutir con razones. Pero también los insultos, los gritos y los abucheos son expresiones violentas, pues tienen como intención herir al contradictor o constreñirle el uso de la palabra. Algunos dirán que eso es democracia y libre expresión, quizá lo sea en algunos casos, pero, ¿de qué sirven una democracia y una libre expresión que no enriquecen los argumentos?, ¿es acaso libre expresión acallar, tergiversar o evadir la palabra del contradictor? La democracia -con sus manifestaciones- debe ser inteligente para que de verdad contribuya al desarrollo integral de los pueblos, entre cuyas condiciones está la paz.


Las falacias en todas sus formas lógicas, las rechiflas, usar -abusar- la libertad de expresión para impedir la libertad de expresión del otro, las injurias y los insultos, casi todos provenientes de los fanatismos aunque también de la ignorancia -o de ambos-, empobrecen e incluso impiden el debate sano y productivo. Tenemos que aprender a discutir si queremos construir a Colombia en medio de las inevitables diferencias que son normales y por fortuna existen porque enriquecen.