Columnistas

V韈timas gestoras de paz
1 de Febrero de 2016


Las v韈timas colombianas merecen un reconocimiento especial por su comportamiento durante este proceso de paz. Ha sido y sigue siendo impecable.

Diana Sofia Giraldo


Las víctimas colombianas merecen un reconocimiento especial por su comportamiento durante este proceso de paz. Ha sido y sigue siendo impecable. Un ejemplo que deberíamos exaltar con orgullo pero que, infortunadamente para el proceso, no se valora en toda su dimensión. Su vocación de perdón ha querido ser instrumentalizada, poniendo en riesgo la restitución plena de sus derechos.


Han debido estar en el centro de las gestiones, en la primera línea de los temas a tratar en las conversaciones de La Habana y no lo estuvieron. No fueron interlocutores reales. Las víctimas se vieron obligadas a librar una batalla para que se admitiera su existencia, otra para que las escucharan y otra para que el reconocimiento de sus derechos sea algo más que menciones propagandísticas en documentos hábilmente escritos como una maraña de indescifrables, diseñados en acuerdo con los abogados de las Farc, para exonerar a las Farc y culpar al resto de colombianos. Es una negociación donde la contraparte juega con la ansiedad del Gobierno por conseguir “la paz” a cualquier precio, que dejará al país empeñado por muchos años pagando los compromisos, económicos e institucionales, adquiridos.


Todo esto a pesar de haberse expedido por el Congreso, con apoyo del Gobierno, una Ley de Víctimas que significa un avance mundial en esta materia. Su aplicación, sin embargo, se abre paso difícilmente entre la burocracia que entorpece las acciones gubernamentales en nuestro país.


Al comienzo del proceso fueron evidentes los propósitos de ignorarlas o minimizar su presencia. Las Farc se empeñaron en negar rotundamente que hubiera víctimas de sus acciones. Después las clasificaron como efectos colaterales. Pero como era imposible ocultar la existencia de millones de ellas, se inventó una mezcla de víctimas de distintos actores armados, de manera que las de las Farc se diluyeran entre ese maremágnum.


Por poco resulta un proceso de paz sin víctimas de las Farc. 


Y cuando fue evidente que estas no abrigaban sentimientos de venganza, se admitieron sus derechos a tener verdad, justicia y reparación. Advirtiéndoles enseguida que sí tenían esos derechos pero que debían conformarse con poca verdad, poca justicia y poca reparación. 


Desde hace años venimos proponiendo que las víctimas sean gestoras de paz. Tienen el perfil ideal, gozan de amplia credibilidad que afianzan con los padecimientos sufridos, conocen como nadie todos los aspectos del conflicto hasta en sus más mínimos detalles y, como principales afectados por la violencia, son los más convencidos de las bondades de la paz. Son los gestores de paz naturales. ¿Por qué no aprovechar ese invaluable material para construir un nuevo país con la verdadera paz?


Los guerrilleros indultados por el Gobierno viajaron enseguida a La Habana, para recibir informes de los negociadores sobre el avance del proceso y regresar a “hacer pedagogía” entre las bases. 


Las víctimas siguen excluidas. El secuestrado que pasó diez años amarrado a un árbol a duras penas es reconocido como víctima. Lo mencionan como “rehén” y quienes lo mantuvieron allí ya anuncian que lo demandaran ante la nueva justicia mixta que se pacta en La Habana. Mientras tanto ellos harán “pedagogía de la paz”.