Columnistas

Sin horizontes
Autor: Dario Ruiz Gómez
1 de Febrero de 2016


Asociamos la palabra horizonte a un significado pragmático que se nos ha inculcado desde la niñez, “tener un horizonte”, es tener como meta lograr una cómoda posición económica, bajo los principios feroces del consumismo.

Asociamos la palabra horizonte a un significado pragmático que se nos ha inculcado desde la niñez, “tener un horizonte”, es tener como meta lograr una cómoda posición económica, bajo los principios feroces del consumismo, contar con una fortuna consiste además en contar con éxito y reconocimiento social o sea el lograr “separarse de la plebe”. Una esquemática visión de esta feroz lucha por hacerse al poder económico y al éxito social dio Oliver Stone en “Wall Street” versión simplista de un problema que Balzac identificó plenamente en toda su complejidad humana. Pero en “El lobo de Wall Street” Scorcese amplió esta visión enfocándola hacia su verdadero alcance, la disolución moral de toda una sociedad que por un lado predica el puritanismo en las costumbres y por el otro afianza el sometimiento de la mujer bajo los caprichos de los dueños de estos poderes, las orgías, la vileza como estrategia respetable, la impunidad con que crece la trata de seres y la pornografía infantil. ¿Cómo gastar el exceso de capital, sino en estas extravagancias? ¿Cómo impedir que los mafiosos, especuladores, los nuevos multimillonarios rusos, chinos, norteamericanos, se aburran? Este es el horizonte de la sociedad líquida –la sociedad que ya carece de valores- que el gran Zygmunt Bauman a sus noventa y un años y con la maravillosa lucidez de un anciano define como una sociedad dominada por la ceguera moral. Entonces ¿Cuál es el significado de la palabra horizontes en nuestra sociedad colombiana? La pintura “Horizontes” de Francisco A. Cano muestra a una pareja en un momento de reposo en el largo camino que deben recorrer al salir de su tierra por razones económicas, no encontrar trabajo, sentirse ahogados por una sociedad injusta, lo que los ha llevado a “buscar esos nuevos horizontes” que, el varón señala con su dedo. Caminar es por un lado dejar atrás un mundo que no se llegó a aceptar, enfrentarse a lo desconocido e ir, como lo recuerda Antonio Machado, haciéndose en libertad, quien camina dice la filosofía peripatética será libre siempre. Fue la lección de los colonos desplazándose de la costa Este a las tierras desconocidas del llamado “lejano Oeste” en Estados Unidos. A su paso tachonado de grandes sufrimientos fueron creando la noción de territorio, legitimándolo. La colonización antioqueña fue un hito histórico en este sentido pero la violencia de los grupos armados permitió el desplazamiento de comunidades enteras desde hace varias décadas hacia los Llanos, hacia el Putumayo. 


El horizonte en este caso es la imagen misma de un anhelo de redención, de encontrar, por fin, los valles o las laderas que se convertirán en la heredad de una familia. Pero el cuadro de Cano carece hoy de cualquier significado ético en este sentido pues cada vez esos valles, esas laderas soñadas han ido desapareciendo bajo la mano de la irracionalidad económica, de la violencia implícita que supone en Colombia el despojo de la tierra. Para que una ciudad responda a los anhelos secretos de una colectividad es necesario contar con un horizonte que aloje las luces cambiantes del alba, del crepúsculo, contar con un sky line que defina la escala de los edificios, el derecho de cada ciudadano a contemplar el cambio de las horas del día, las luces de la noche. No podemos vivir sin la necesidad de contar con ese horizonte sobre todo cuando la infamia de la economía trata de sofocar este derecho convirtiendo los espacios en infiernos. ¿No vemos como cada día se agreden los cerros tutelares de la ciudad? Sofocados por los mercanchifles, por la corrupción ¿Dónde está el horizonte que marca nuestra necesidad de caminar? “En silencio – dice Rilke- los pájaros cruzan dentro de nosotros y yo que quiero ascender, miro hacia afuera, pero es dentro de mí que el árbol crece”