Columnistas

En los rines
Autor: Henry Horacio Chaves P.
29 de Enero de 2016


Hemos escuchado que un negocio está “en los rines” cuando va mal. Pero parece que la expresión no es del todo acertada, por lo menos desde el punto de vista económico, aunque la moral se haga a un lado.

@HenryHoracio


Hemos escuchado que un negocio está “en los rines” cuando va mal. Pero parece que la expresión no es del todo acertada, por lo menos desde el punto de vista económico, aunque la moral se haga a un lado. Para que nos entendamos, excuse el lector que comente una anécdota:La Navidad pasada, un amigo fue víctima en Bogotá del robo de una llanta de su vehículo, una camioneta de gama media. Cuando me lo contó pensé que era la de repuesto, pero no; se trató de una de las que llevaba en uso; en cuestión de minutos los ladrones parquearon un carro al lado para hacer sombra, desmontaron la llanta y se la llevaron. Parece que en la capital es una práctica frecuente.


Apenas comenzaba la odisea. En plena capital, resultaba imposible conseguir la llanta, de especificaciones muy comerciales, y más difícil dar con el rin. Intentó sin suerte en varios concesionarios y talleres especializados e incluso averiguó aquí en Medellín para que se la enviaran, pero nada. Dos días después logró que en un concesionario del norte de Bogotá le vendieran lo que necesitaba. Inicialmente le hablaron de un precio y más tarde le cobraron casi la mitad. Ante la reducción del costo, mi amigo preguntó extrañado y la respuesta fue: en Bogotá todo puede pasar. 


Como tenía urgencia de regresar a Medellín y poca esperanza de conseguir en esas fechas lo que buscaba, terminó comprando en ese concesionario la llanta que necesitaba con su rin. Un rin que hoy suponemos era robado. Llamativo que en un negocio de prestigio y bien ubicado se consigan ese tipo de elementos. Pero no es el único.


Una escasez de llantas para otra camioneta de un pariente, me llevó a temer que existiera un “cartel del caucho” como los que se han evidenciado en diversas industrias, o por lo menos una operación especulativa para subir los precios. Me dediqué a averiguar con distintos proveedores y comprendí que las llantas se consiguen casi todas, de distintas marcas y a precio variable. Lo complejo de alcanzar es el rin. Y como si nada, en las servitecas y talleres autorizados de los concesionarios advierten que se consigue de segunda. ¿Pero son robados?, pregunto. “No siempre”, me responden. O sea que a veces sí, pero no le importa a quien lo ofrece.


Ahí es cuando creo que el negocio está en los rines, muy cerca de tocar fondo en la cultura de la legalidad. Con un “no siempre”, nos excusamos de averiguar el origen de las cosas baratas y terminamos favoreciendo un mercado de lo robado que obviamente fomenta el robo del que nosotros mismos seremos las víctimas. Un negocio que se aprovecha de la urgencia, la necesidad y el desespero de quien necesita algo, pero que le deja las ganancias a quienes prefieren no averiguar mucho, mirar para otro lado y hacer como que no saben nada. Una moral elástica que a veces nos acompaña y nos permite relativizar las cosas, pero que de tanto usarse se vuelve corriente. Por eso, los artículos robados se transan a plena luz del día y bajo los avisos de neón de marcas reconocidas y no necesariamente en los oscuros callejones.


Alguno dirá que descubrí el agua tibia, pero aún dudo hasta dónde los propietarios de reconocidas marcas y negocios saben que sus sistemas de facturación, por ejemplo, permiten negociar con artículos robados. Si se puede hacer una vez se podrá siempre, de modo que la solución es fácil pero requiere un compromiso ético de los dueños de los negocios y de quienes trabajan allí. ¿Estarán dispuestos así no sea tan buen negocio?