Columnistas


Apuntes sobre un vecino
Autor: Sergio De La Torre
24 de Enero de 2016


La crisis venezolana, marcada por la escasez, colas interminables, carestía e inflación disparadas, que ya afectan a sectores sociales medios que antaño gozaban de una relativa holgura, ha llegado al punto en que no se resuelve.

La crisis venezolana, marcada por la escasez, colas interminables, carestía e inflación disparadas, que ya afectan a sectores sociales medios que antaño gozaban de una relativa holgura, ha llegado al punto en que no se resuelve sino con un giro de 180 grados. Un timonazo que devuelva el país hacia atrás a ver si se endereza, como se recuperan a veces, mediante tratamiento de choque, ciertos enfermos graves que todavía transpiran.


Dicha crisis alcanzó su clímax, que hoy equivale a una bancarrota. Con el petróleo acercándose a los 20 dólares pronto no habrá cómo subsidiar a los chavistas que aún permanecen firmes, y que son cada vez menos en su ovejuna lealtad, pues ya no es posible alimentarlos solo con consignas y arengas contra enemigos externos que no existen sino en la propaganda gubernamental. Ellos también requieren de víveres, que ya empiezan a faltarles. Lo cual es síntoma claro de la quiebra generalizada: los subsidios ya no alcanzan ni para los correligionarios. En rigor, ellos ya forman parte de los “escuálidos”, como Chávez llamaba burlonamente a sus contradictores. Empero, los escuálidos de ahora no son, como antes, solo los herejes, desviados de la doctrina oficial, sino también los que sufren hambre y desnutrición. Que, creo saber, es la acepción primigenia de tan descriptivo vocablo. 


El segmento generalmente adicto al régimen (que en esta década se calcula en casi medio país) viene contrayéndose a ritmo acelerado, como lo demostraron las últimas elecciones. Aritméticamente cuenta cada vez menos, si bien ello se compensa allá con el grito agresivo y el zumbido intermitente de gamberros motorizados en las calles para amedrentar a la ciudadanía. Todos sabemos lo que pesa el miedo en la política cuando las tiranías abusan de la fuerza para silenciar el disenso e inmovilizar la protesta. Lo alarmante ahora es que el chavismo (languideciente modelo de utopías en el trópico caribeño, disfraz de nobles quimeras y vanas promesas para ocultar la falacia e inviabilidad de un proyecto fallido en todas partes) agotó los recursos y salvaguardias que la democracia ofrece a quienes en franca lid son derrotados y cuyo espacio va siendo ocupado por los triunfadores. El chavismo, que tiene un origen cuartelario y una vocación mussolinesca en sus métodos y en la praxis política (no es sino ver y oír a Diosdado Cabello) es muy propenso al atropello y la acción directa. En el ejercicio de tales recursos y derechos, propios del vencido, se sobrepasa fácilmente, como sucedió con la provisión de las once vacantes del Tribunal Supremo, hecha para descompletarle a la oposición su amplia mayoría parlamentaria, bien ganada en las urnas. Pero repetimos: el margen de maniobra dentro de la institucionalidad, con estas y otras tropelías, se le está acabando a Maduro. Quien, además, sin el carisma y la marrulla de su antecesor, es persona tan torpe que cada que abre la boca se desmejora a sí mismo mientras mejora a sus rivales. Bien podrían sus amigos encerrarlo en su despacho, debidamente amordazado. Pues ahora lo único que le ayuda, para ir sobreviviendo a la marea que lo envuelve y al desconsuelo que despierta entre sus propios fieles, es que Diosdado, su segundo, resultó peor que él, o sea más sórdido y peligroso.


El presiente Maduro que, desesperado renguea, tropezando aquí y allá, sin hallar la salida ni saber adonde dirigir sus pasos, atribuye la caída de los precios del crudo a una conspiración internacional contra Venezuela, olvidando que todos los países petroleros, incluyendo a Estados Unidos, Arabia Saudita, etc. la vienen padeciendo por igual. Y acusa de paso a la “aristocracia bogotana”, dizque movida por el odio que le sembró Santander hacia su país, de querer arruinarlo. Son argumentos tan manidos e ineficaces para lo que Maduro se propone en medio de la debacle que lo arrastra, que ya suenan como un chiste viejo, de esos que divierten y aburren a la vez. Y del cual en próxima ocasión nos ocuparemos más a espacio.