Columnistas


La otra mesa
Autor: 羖varo Gonz醠ez Uribe
23 de Enero de 2016


Ante los evidentes adelantos de las negociaciones de La Habana, es cada vez m醩 necesario que el Gobierno Nacional y la mayor cantidad posible de opositores al proceso construyan y desarrollen una agenda conjunta; una mesa sustantiva.

@alvarogonzalezu


Ante los evidentes adelantos de las negociaciones de La Habana, es cada vez más necesario que el Gobierno Nacional y la mayor cantidad posible de opositores al proceso construyan y desarrollen una agenda conjunta; una mesa sustantiva que trascienda y remplace los adjetivos vanos y los improperios. Varios lo han dicho: no tiene sentido cambiar una guerra por otra, con el agravante de que la segunda puede dar al traste con el fin de la primera.


No puede ser que un país que pueda lo más, como es terminar un conflicto armado de más de 50 años, no pueda lo menos, como es acabar un conflicto netamente político de apenas cinco años. Me niego a creer semejante insensatez; me niego a creer que entre dos sectores legales e institucionales -gobierno y oposición- pueda haber más diferencias que entre un sector legal y otro ilegal.


Por ejemplo, eso de que el Gobierno está plegado o aliado a las Farc es una afirmación efectista para tratar de reducir la contradicción a dos partes: Gobierno-Farc versus oposición. De ser así, también suspicazmente podría decirse que la oposición y las Farc son aliados, pues las decenas de trabas que el grupo insurgente ha puesto al proceso darían para pensar que no lo quieren, y aunque varias de esas trabas han sido graves (como los 11 soldados asesinados en el Cauca), se han ido sorteando hasta llegar al punto actual de no retorno para el bien de la paz. No ha ocurrido lo mismo con la oposición, aunque debemos reconocer que ha cedido en algunos puntos. Gobierno, Farc y también oposición deben ser aliados en el instrumento: el diálogo.


Es innegable que varios de los temas que se tratan en La Habana despiertan divergencias porque son profundos. Por eso hay que sentarse y discutirlos con razones y sin pasiones. Sin embargo, el tono y el contexto de la gran mayoría de las discusiones dejan ver que su combustible es la política electoral y los odios personales, lo cual es una irresponsabilidad de todas las partes.


Con excepción de la época posterior a la primera Independencia -la de la Patria Boba- no recuerdo un momento en la historia de Colombia que requiera más sensatez y responsabilidad de quienes estamos en la institucionalidad.


Los primeros llamados a tener mucha mesura e inteligencia son el Gobierno y los congresistas afines. Mientras más se avance, más cuidado deben tener: no armar camorras politiqueras, no mezclar temas, no caer en revanchismos o en el “¿vieron que sí?”. Humildad y grandeza son dos valores que ahora más que nunca deben tener tanto el Gobierno como la misma guerrilla de las Farc.


A veces uno lee y escucha defensas del proceso de La Habana que parecen urdidas por los opositores al mismo, con una falta de tacto que da grima. No nos engañemos: hay partidarios de las negociaciones a quienes estas solo les interesan por oportunismo u odios personales. En ambas partes hay mezquindades.


Nicanor Restrepo decía que la paz es de una fragilidad extrema. Por eso hay que buscarla, negociarla, conseguirla, tratarla y conservarla con guantes de seda, con sutileza, con el mayor de los cuidados posibles.


El proceso de paz ha llegado a un punto que muchos jamás se imaginaron, pero es hora de entender que de ese proceso -en espacios diferentes- también deben hacer parte los colombianos que a él se oponen ya sea radicalmente o con glosas más o menos profundas. Es decir, abrir otro apéndice que puede constituirse en un gran proceso, en el “gran proceso de Colombia” para que la paz integral se logre y se mantenga como un proyecto nacional único. Soy un convencido de que el diálogo siempre termina triunfando.


Aunque suene iluso, es el momento de abrir una mesa de diálogos entre gobierno y opositores al proceso con las características específicas que amerite el caso, porque de ningún modo se trata de igualar a estos con las Farc, ni más faltaba siquiera pensarlo. Insisto: me niego a creer que eso sea más difícil que el montaje de la mesa de La Habana. Un facilitador internacional de gran peso sería una ayuda clave para este momento clave.